Lechuga

Miguel volvía, como todos los miércoles, de hacer sus compras semanales en la verdulería que quedaba a la vuelta de su casa.

Como tantas otras veces, volvía con bolsas en ambas manos que le marcaban hasta dejarle unos surcos color bermellón que tardaban varios minutos en disiparse.

Con destreza guardó todo en la pequeña heladera de su departamento y, con satisfacción, observó el placer de no ver ningún espacio sin ocupar. Sabía que el efecto duraría sólo dos días, tres como mucho, pero no podía evitar sentir ese calor en el pecho que tan bien le hacía.

Un par de días después, Miguel se dispuso a hacerse una ensalada de lechuga, tomate y repollo colorado. Sacó los elementos y cortó varias hojas de lechuga, las tiró en la pileta para lavarlas. En ese momento notó un repugnante y gigantesco hongo en una de las hojas.

Apuntó el chorro de agua directamente hacia la verde-azulada asquerosidad con la esperanza de que salga en su mayoría por la presión del agua.

—¡Hey!¡Hey! ¡Eso duele!

Miguel se dio vuelta presa del susto ante la inesperada voz.

—Che, Roberto. Acá abajo. Sacame el agua de la cara.

Miguel miró hacia el hongo sobre la hoja de lechuga. Sin realmente pensarlo, cerró la canilla de agua.

—Gracias, mucho mejor Roberto. Mi nombre es Trix. Un gusto.

—Mi… mi nombre es Miguel, no Roberto —las palabras apenas se escuchaban.

—¿Estas seguro? Tenes cara de Roberto. Para mi sos un Roberto.

—Si, si… seguro.

—¿Seguro que sos Roberto?

—No, seguro que soy Miguel…

—Quien soy yo para juzgar la cara de las personas. Si decís que te llamas Marcos, sos Marcos.

—Miguel

—Es lo que dije, Miguel

—¿Cómo…? ¿Cómo es que podes hablar?

—No lo sé ¿Cómo podes vos?

Miguel no sabía como contestar a eso.

—Entonces… ¿Qué hago? ¿Esta hoja de lechuga es tu territorio…?

—Toda la planta de lechuga que tenes en la mano es parte de mi cuerpo, vivo en armonía con toda su esencia.

—Pero… hace dos minutos corté esta hoja para lavarla. Me estaba haciendo una ensalada

—¿¡QUÉ!? ¿¡POR QUÉ CORTASTE LA HOJA?! ¿QUÉ CLASE DE SÁDICO SOS?

—¡POR QUE ME IBA A HACER UNA ENSALADA!

Trix no respondió, comenzó a balbucear hasta que finalmente exhaló por última vez.

Miguel se quedó mirando la hoja de lechuga por más de media hora, después fue al fondo de su casa y la enterró a pocos centímetros de profundidad. No dio ningún discurso, simplemente volvió a la cocina, tiró al tacho de basura las otras hojas de lechuga, los dos tomates y el repollo colorado. Abrió un paquete de galletas de agua y las comió despacio sentado en un rincón.

No volvió a comer una ensalada.

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