Escondidas

El juego preferido de Martina era, por lejos, el de las escondidas. Le encantaba tener que ocultarse y esperar que otro la busque incansablemente.

Con el correr de los años se había vuelto bastante buena en el arte de camuflarse entre los objetos que la rodeaban. O al menos, eso es lo que ella se decía. El truco consistía en mantenerse perfectamente quieta, evitando de esa manera, producir cualquier sonido que delate su posición.

Esa mañana de sábado iba a jugar a la casa de Julieta, que era una de sus mejores amigas. Le gustaba ir porque Julieta tenía una hermana llamada Victoria, de tan solo dos años menor que ellas, que podían incluir en los juegos.

Los padres de su amiga la pasaron a buscar por su casa y ya en el auto las tres jugaban a las adivinanzas. Mientras manejaba, el padre les informó que tendrían que pasar por su trabajo unos minutos. Llegaron al gran edificio y las tres niñas rogaron a la Madre si podían bajar.

—Ignacio, quieren ir con vos ¿Se te complica mucho si las llevas?

—Ehhh. Sólo si prometen portarse bien y no hacer lío. Y ustedes dos cuidan a Victoria que es más chica ¿Entendido? —las tres niñas asintieron contentas.

—Yo me quedo en el auto que está lindo a la sombra —agregó la madre y rápidamente sacó la biografía que estaba leyendo.

Los cuatro bajaron del auto. El padre de Julieta las dejó en una sala de espera mientras entraba en una oficina a verse con alguien.

Las tres niñas aprovecharon para investigar. El lugar era increíble para jugar. Julieta pronto reconoció la puerta que daba al pasillo donde trabajaba su padre. Sabían que tenían prohibido entrar ahí, pero los adultos no estaban en ese momento.

—3,2,1… ¡Ahi voy! —avisó con todas sus fuerzas Julieta.

Frente a ella tenía el gran pasillo. Dos puertas a cada lado y una al fondo. Julieta tenía miedo que al estar ocupada en una de las habitaciones, su amiga o su hermana salgan corriendo de otra y lleguen a salvarse tocando la pared antes que ella.

Decidió que lo mejor era asomarse a cada una de las oficinas y ver que posibilidades había de que alguien este escondido ahí. Satisfecha con su táctica empezó por la primera puerta de la derecha: Se asomó y prendió la luz. Era el cuarto de archivos, cajas con papeles del piso al techo. Ahí no había lugar posible para esconderse. En cuanto Julieta se dio vuelta para encarar hacia la oficina del otro lado del pasillo vio, por el rabillo de su ojo, un movimiento detrás de la otra puerta de la izquierda.

Corrió y la abrió de un tirón. Justo para ver que alguien se ocultaba detrás del gran escritorio de su padre. Pisando apenas con la punta de los pies se acercó lo suficiente para descubrir a su hermana Victoria acuclillada.

—¡Piedra libre para Victoria detrás del escritorio! —las palabras no habían terminado de hacer eco en la habitación que las dos niñas ya estaban corriendo.

Julieta, al querer salir de la oficina, enganchó su vestido con el picaporte y casi la tiró al piso. Esto fue aprovechado por Victoria para llegar antes a la pared y salvarse. La pequeña no podía contener la sonrisa en su rostro de haber vencido, aunque con ayuda, a su hermana mayor.

Julieta debería encontrar si o si a Martina. De otra forma le tocaría contar de nuevo.

Quedaban dos puertas: la segunda de la derecha y la del fondo. Como la primera estaba cerrada con llave, Martina tendría que estar escondida en la habitación del fondo.

Julieta abrió la puerta y encendió la luz. Esa era la habitación más grande del lugar y donde su padre pasaba la mayor parte del tiempo.

—¡Julieta! ¿Qué te dije de jugar acá? —la voz resonó tanto que la pequeña tuvo que ahogar un grito.

—Pero Papá, no estábamos haciendo nada…

—Ya les dije que es peligroso. Salgan las dos, vayan con su madre. Termino un trabajo atrasado y estoy con ustedes.

—Esperá que le… —pero su padre no la dejó terminar.

—SALGAN, AHORA.

Julieta sabía que era imposible discutir. Ya su padre encontraría a Martina y la mandaría también afuera.

Tomó de la mano a su hermana y cruzaron la puerta.

Ignacio bufó, no le gustaba estar tan atrasado en su trabajo.

Prendió la radio y se relajó un poco al escuchar que pasaban una canción de su juventud. Ya más tranquilo, accionó el interruptor que habría la puerta del gran horno y empujó el féretro hacia adentro. Prendió las potentes llamas y se sentó a llenar los papeles de la cremación que si bien era simbólica, ya que había sólo objetos y no un cadáver, el papelerío era el mismo.

Nunca escuchó los gritos de Martina escondida adentro del ataúd.

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