La Puerta

Esa mañana no podía despegarme de la almohada, mientras el despertador seguía intentando a los gritos recordarme que ya estaba atrasado para ir a trabajar.
El agua de la ducha ayudó un poco, haciéndome volver a la realidad, pero me tomó prácticamente media hora terminar de bañarme y otra media hora vestirme. El sueño hacía que todo se moviera más lento.

Al llegar a la puerta de calle, noté que había un sobre en el piso. Seguramente lo debió haber dejado el portero ayer a la noche y no me di cuenta.
El sobre tenía remitente del municipio de Caviahue-Copahue, en Neuquén. Eso me extrañó un poco, ya que no conocía a nadie de aquel lugar. Es más: Nunca había ido. Dentro del sobre había una hoja con el membrete oficial del municipio, y una cordial pero austera carta en la que me explicaban que un tío-abuelo mío (de cuya existencia yo no tenía conocimiento) había fallecido, y que yo era el único heredero.
Automáticamente se me fue el sueño que tenía.

Releí la hoja una y otra vez, para cerciorarme de que no lo había imaginado, ni que había insertado palabras producto de mi mente. Me senté para ordenar mis pensamientos; todo parecía aún un sueño. Al volver a guardar la hoja dentro del sobre me di cuenta de que había algo más adentro: Un pasaje en avión para ese mismo día, hacia Neuquén.
Sin terminar de comprender todo, llamé a mi trabajo y expliqué que tenía que viajar por la muerte de un familiar. Por suerte no me hicieron ningún problema.

El avión salió extrañamente a horario y el vuelo fue tranquilo. Llegada la hora del snack, dio pena ver como el servicio de catering sucumbió ante la economía del país.
Una vez más en tierra, no tuve problemas con la aduana local porque fui sin equipaje. Al salir del cuarto de “Arribos”, vi a un hombre mayor prácticamente calvo, de ojos hundidos y con grandes ojeras, sosteniendo un cartel con mí apellido mal escrito.
Me acerqué a aquel pobre hombre y me presenté. Me miró con ojos cansados, dejó de sostener el cartel a la altura de su pecho y dijo algo que no llegué a entender, mientras se daba media vuelta y se dirigía hacia la puerta.

El viaje hasta el municipio fue tranquilo. Yo aproveché para disfrutar de los hermosos paisajes. Al bajar, el viejo chofer me dio la mano y nuevamente dijo algo que no llegué a entender.

Apenas entré al municipio me encontré con Gutiérrez, el abogado que había firmado la carta sobre mi tío-abuelo. Era un hombre relativamente bajo y ancho, con un bigote demasiado fino para su contextura que le daba un aire gracioso. El remate del chiste, sin embargo, fue su creciente calvicie, que intentaba disimular con los cabellos de los costados de la cabeza.

En ese momento me enteré que mi bisabuelo había estado por esas pampas; y se ve que el picarón anduvo coqueteando con alguna lugareña. Me pregunté si mi abuelo supo alguna vez que tuvo un hermano.

Gutiérrez me entregó un nuevo sobre, aclarando que era una carta que me dejó mi difunto tío-abuelo.
Encontré dentro un par de hojas amarillas por el tiempo, llenas de una caligrafía exquisita. Me contó en aquellas líneas parte de su vida y que, siendo el único familiar que le quedaba, todo lo que él poseía era ahora mío. No puedo decir que había en esas palabras algo extraño, pero un tinte de temor se dejaba traslucir a través de ellas. De lo que no tenía ni idea, era qué o quién le inspiraba ese terror.

Gutiérrez me entregó las llaves de la casa junto con un pequeño papel donde estaba anotada la dirección. Le di la mano y me retiré del municipio.
Esperaba encontrar afuera al viejo chofer, pero al parecer tenía otras cosas para hacer. Paré un taxi en la calle y le leí la dirección del papel. El taxista me miró y abrió la boca como si fuera a decir algo, pero se arrepintió.

La casa de mi tío-abuelo estaba en las afueras de la ciudad. No era lo que se dice una vivienda humilde, o al menos no era lo que yo esperaba que tuviera algún familiar mío.
Dentro, la gran casa mostraba su verdadera cara: El empapelado hecho jirones, varios vidrios rotos y la suciedad que se había apoderado de cada rincón.
Las habitaciones eran desastrosas, abandonadas hace años a su suerte. Me estaban haciendo considerar el estado mental del recién fallecido.
En el segundo piso encontré, casi ocultas, unas finas escaleras, y lentamente comencé a subirlas. El quinto escalón hizo un ruido hueco cuando lo pisé, cosa que me llamó la atención, pero no le di mayor importancia.

Aparentemente, mi tío-abuelo vivía en el altillo que había en el tercer piso, ya que era el único lugar donde encontré una cama con colchón; y a los costados algunas latas abiertas con gusanos dentro.
Lo que sí me llamó la atención, fueron una serie de dibujos que estaban marcados en el piso: Tenían cierta apariencia geométrica, pero no eran iguales a nada que hubiera visto antes.

Sin darme cuenta, el tiempo fue pasando y la luz exterior fue disminuyendo. Prendí las velas que había en la precaria mesa junto a la cama con una caja de fósforos que encontré en la misma mesa, y corrí asqueado hacia la otra punta del altillo las latas llenas de gusanos.
Cuando me senté en el viejo colchón un escalofrío recorrió mi espalda y se apoderó de todo mi cuerpo. Noté con terror que la luz de la vela sólo alcanzaba a iluminar hasta donde estaba trazado el mayor de los círculos en el piso. Después de aquella blanca línea, el resplandor se cortaba como si hubiera una cortina negra.
Temblando, subí los pies a la cama y me arropé con la agujereada frazada, sin dejar de mirar la azabache oscuridad que se extendía delante de mí.

Estaba a punto de quedarme dormido cuando escuché el ruido de una puerta abriéndose lentamente, quejándose interminablemente con un sonido agudo. Intenté esforzar mis oídos, tratando de percibir algo más, pero no sirvió de nada.

La espera era insoportable.
De pronto algo cayó en alguna parte de la casa y rodó por el piso unos metros. Mis músculos se petrificaron de tanto temblar. Ahora estaba seguro: Ya no estaba solo en aquella casa.
Escuché un nuevo ruido, un sonido hueco, como de madera al ser pisada. En ese momento, mi miedo era tal que prácticamente ni respiraba.

Detrás del muro de oscuridad, escuché sutiles pasos sin rumbo. También había una respiración entrecortada, como si algo estuviera olfateando.
En ese momento estuve tentado de apagar la vela, no quería que notara mi presencia en realidad. Pero cuando escuché como ─Lo que fuera que hubiera ahí─ se abalanzó sobre una de las latas con gusanos y comenzó a devorarla con exquisito placer, no pude ni siquiera parpadear del terror que me poseía. Noté incluso como mi pantalón se mojaba en mi entrepierna.

Pasaron unos segundos interminables en los cuales no escuché absolutamente nada hasta que, nuevamente, el sonido hueco de la madera rompió con aquella espera.
No sabía si estaba subiendo algo más, o si mi acompañante estaba bajando. Después de eso, no se escuchó nada más en toda la noche.

Por la mañana me sentía terriblemente cansado y me dolía todo el cuerpo. Me había orinado por el miedo que aún sentía y no tenía voluntad para bajar de la cama, pero tampoco quería pasar un segundo de más en ese lugar.

Finalmente, y juntando coraje de no sé dónde, me levanté de la cama. El lugar parecía nuevamente desierto. Arrastrando mis pies llegué hasta donde estaba dibujado el mayor de los círculos. Me daba miedo cruzarlo.
Fue en ese momento que vi lo que había quedado de la lata que aquella abominable criatura (si es que realmente era algo vivo) había atacado unas pocas horas atrás.
Presa del pánico retrocedí torpemente y, sin querer, mi pie se enganchó con un alambre que había en el piso, haciéndome perder el equilibrio y golpeándome fuertemente la cabeza contra el esquelético metal de la cama.

Cuando desperté casi no podía ver, en parte porque un hilo de sangre que había pasado justo por delante de mi ojo izquierdo; y en parte porque el Sol acababa de morir bajo los montes cercanos. La cabeza me dolía enormemente, pero por fortuna mi herida ya había cicatrizado.

Todavía aturdido por el golpe escuché ─Como había hecho la tarde anterior─ el ruido de una puerta abriéndose lentamente, quejándose con un sonido agudo.
Me arrastré hacia la mesa que estaba al lado de la cama y, tanteando en la creciente oscuridad, encontré las velas.
Presa del pánico, busqué la maldita caja de fósforos sin suerte.
Escuché el sonido hueco de la madera del quinto escalón de la pequeña escalera en el momento justo en que mi mano cayó sobre la esquiva caja de fósforos. Rápidamente y temblando de miedo, abrí la caja, saqué un fósforo y lo raspé contra el costado, logrando que emita un par de chispas pero sin prender.
Escuché pasos acercándose y la respiración entrecortada con un leve matiz de excitación.
Probé encender el fósforo una vez más, raspando la colorada cabeza contra el costado de la caja. Emitió nuevamente un par de chispas y, de repente, un halo de luz se formó milagrosamente alrededor de la cerilla. El pequeño fuego ardió parpadeante.

Una rápida brisa, como si alguien ─O algo─ hubiera soplado, apagó mi intermitente salvación.
Retrocedí temblando buscando otro fósforo en la pequeña caja. Tirando varios en el intento, logré finalmente agarrar uno con mis dedos y rápidamente lo raspé, prendiéndolo al instante. Instintivamente lo solté y repetí la acción.
Una y otra vez hice lo mismo; dejando en mi caótica huida migajas de fuego.

Muerto de miedo y temblando ante el horror desconocido, subí a la cama y choque contra la pared.
El fuego se aferró a algo (creo que a la agujereada frazada que abandoné en mi retirada) y las llamas se extendieron hacia las paredes del altillo.
El lugar se iluminó, pero sólo hasta donde estaba trazado el mayor de los círculos en el piso. Detrás de la pared oscura; podía escuchar pasos que iban y venían ansiosos.
El fuego alcanzó el techo, y excepto la cama donde estaba, las llamas estaban consumiendo prácticamente todo lo que había dentro de los círculos.
La única salida posible era la pequeña ventana que estaba sobre la cama y, sin realmente pensarlo, salté al vacío atravesando los cristales.
La caída de tres pisos era mejor que el descubrir lo que respiraba en las sombras de esa inmensa casa abandonada.

Cuando llegué al piso, sentí los huesos de mis piernas doblarse y reventar. El dolor fue terrible, pero en parte fue amortiguado porque no caí sobre la dura tierra, sino sobre unas maderas cubiertas de musgo y pasto.
Pasé a través de los tablones cayendo sobre la roca desnuda. Rodé un par de metros golpeándome una y otra vez, hasta que finalmente todo se detuvo.
Terminé tendido sobre el piso rocoso, sin poder mover ningún músculo debajo de mi cuello. El resto de mi cuerpo yacía inerte, sin responderme.

Logré mirar hacia el hueco que abrí al caer, y con horror observé que las maderas que había traspasado no eran otra cosa que el techo del sótano. Salté al vacío para terminar nuevamente dentro de esta abominable casa.

Fue en ese momento que escuché detrás de mí un ruido agudo, y al voltear vi en la otra punta del sótano una vieja puerta que se abría lentamente.

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One thought on “La Puerta

  1. Este cuento lo escribí el 11 de Febrero del 2010 y es un homenaje a Lovecraft (Autor que admiro).
    En diciembre del 2011 obtuve la 2ª mención de honor en el XXV certamen internacional “Continuidad de las voces 2011”, organizado por la Editorial de los cuatro vientos. De este concurso, se publicó una antología en dos tomos con todos los escritos participantes.
    La historia también salió publicada, en enero del 2017, en la web de cuatrobastardos.com

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