Iván

Cuando nació, el médico le dio el chirlo de bienvenida a este mundo y el niño lloró ante el rubor de su trasero dolorido y el ardor del aire en sus pulmones. Inmediatamente después de eso se quedó en silencio, miró a los ojos a cada uno de los que estaban en la sala de parto finalizando en el médico que lo tenía agarrado de los pies y dijo:

—Yo sé.

Dos enfermeras se desmayaron, la tercera salió corriendo al grito de “hijo é diablo” pero el médico pasado los primeros segundo de terror al escuchar la voz del recién nacido, pudo ver en esos pequeños ojos un océano de conocimiento.

De inmediato fue catalogado como “especial” y se lo puso en condiciones para su estudio. Pasaron dos años, pero el niño no volvió a mostrar ninguna característica especial o anormal, por lo cual fue puesto nuevamente en tutelaje de sus padres biológicos. En cuanto estuvieron los tres solos, el niño los llevó de la mano a la habitación, cerró la puerta delicadamente y seriamente los miró.

—Que no vuelva a pasar.

—Pero querido… —comenzó la madre intentado hacer una explicación.

—Mi nombre es Iván.

—¿Iván? —fue la respuesta instantánea de ambos padres.

—¿Algún problema con mi nombre?

No se animaron a responder, tan sólo negaron con la cabeza.

De decir algo realmente positivo del pequeño Iván sería que era totalmente independiente: no hacía falta cambiarle pañales, o alimentarlo.

Cuando el joven tenía aproximadamente cinco años, su padre pasó por la puerta del cuarto del primogénito encontrándola abierta. El pequeño estaba ensimismado sobre algo colocando piezas, cables y tornillos como si hubiera hecho aquella tarea miles de veces.

A pesar de las peculiaridades de su hijo, al hombre lo inundó un profundo sentimiento de orgullo y cariñosamente se acercó.

—¿En que estasssssAAAAHHHHHHHHHHHHH —no pudo pasar por el marco de la puerta— ¿Qué carajo es esto?

—Se llama “Campo de fuerza”. Sirve para alejar a intrusos como tu, el ente biológico del cual emergí y esa abominación de cuatro patas llamada “Alex, el gato”.

—Esto, esto es realmente maravilloso hijo…

—Lo sé.

El pequeñín dejó lo que estaba haciendo y miró al que con ojos llenos de lágrimas esperaba del otro lado de la puerta. Al principio pensó que había seteado el campo de fuerza demasiado fuerte, pero al rato comprendió que compartía una conexión especial con aquel mamífero vertebrado, vivíparo y casi racional.

En la escuela, si bien era el mejor de su clase con un promedio de diez en todas las asignaturas (salvo en educación física) también tenía ciertos problemas con sus compañeros. El punto máximo fue cuando le pusieron veinticuatro amonestaciones por disparar un rayo paralizante de su invención a todos los niños del curso. “No les va a causar mayores daños cerebrales de los que ya les provocaba la profesora” fue lo único que dijo en su defensa.

Se negaba a ser abanderado alegando que eso era para “alimentar el ego y una competencia que estaba muy por debajo de su nivel”.

En casa las cosas se habían acomodado. Iván le hacia a su padre los formularios de impuestos y retenciones mientras se secaba después de algún baño y su madre disfrutaba de una cocina totalmente automática que manejaba menús de todo el mundo.

Alex había desaparecido misteriosamente sin dejar rastros.

Ambos padres decidieron de común acuerdo que mandar al pequeño a la escuela era una pérdida de tiempo y de la capacidad del querubín. Iván estaba encantado con su nueva máquina para insertar ideas en la mente de homo sapiens sapiens adultos.

Un tranquilo sábado de octubre, el niño mostró -quizás por primera vez- signos de emoción, había terminado una tarea después de casi un año: el condensador positrónico de materia.

Llamó nerviosamente a sus padres y estos fueron corriendo hacia el cuarto de su hijo creyendo que le había pasado algo (ya que nunca había gritado hasta entonces).

—Entren, quiero que sean testigos de mi magnificencia.

Su madre entró pensando que desde que el pequeño nació no había vuelto a poner pie en aquella habitación. Su padre en cambio parecía un mimo en el pasillo.

—No hay campo de fuerza conectado padre.

—Ah, bien hijo, bien.

Los dos se sentaron en las sillas previamente ubicadas para que el efecto de la luz/sombra sea el adecuado.

—Contemplad al CPM.

—¿¿SINDROME PRE MENSTRUAL?? —gritó su madre casi sin aire.

—¿Síndrome? ¡Síndrome es con “S”! ¿Y cómo una máquina va a tener un síndrome pre-menstrual? Es una máquina.

—Tampoco creía que una máquina pudiera hacer Mole de Huajapam, pero Jaime puede.

—¿Jaime? —preguntó el pequeño.

—El coso de la cocina, lo llamo “Jaime”. Como el robot de la serie.

—¿El coso es la máquina? ¿Que serie? —miraba a su padre y a su madre intermitentemente— ¿Te llega sangre hasta ahí arriba? Recuérdame que después te haga un escaneo general.

Ella aplaudió contenta.

—Ahora, el motivo por el cual están aquí —continuó Iván— ante ustedes el CP… el condensador positrónico de materia.

—Es hermoso —dijo su madre.

—Increíble —dijo su padre.

—No tienen idea de lo que es —dijo Iván.

—No —fue la respuesta de ambos.

—Básicamente es un teletransportador, se los voy a demostrar teletransportándome al patio trasero de la casa.

Activó algunos interruptores, accionó unos botones y de repente una esfera gris turbulenta se formó en el medio del aire, como si fuera una pelusa o una pelota de nubes de tormenta. Giró una palanca y la esfera se expandió a un óvalo.

—Y ahora…. —un extraño ruido hizo que no continúe hablando.

—BANZAAAAAAAAAAIIIIIIIIIIIII.

Alex, el gato saltó gritando desde el óvalo hacia la cara de Iván. Maldiciendo y peleando rodaron de izquierda a derecha de la habitación mientras los padres atónitos contemplaban la escena. Finalmente el minino triunfó sobre el pequeño con un clásico bloqueo de llave de brazo sobre la espalda.

—¿Que significa todo esto? —el énfasis en la voz de su padre se debía más al orgullo de ver perder en una pelea a su hijo que a otra cosa.

—Centinela interdimencional Señor —dijo ceremonialmente Alex. Ante la mirada incrédula del humano continúo— Su hijo es un fugitivo de la ley. Verá, en el útero de la señora, se creo sin querer un pasaje interdimencional, el pequeño Iván aprovechó dicho pasaje para su beneficio usurpando los conocimientos de la biblioteca real galáctica. Lo estuvimos rastreando durante casi treinta y dos años hasta que dimos con él.

—Pero mi hijo tiene sólo siete años.

—Siete años humanos, treinta y dos años según nuestra percepción.

—Ah…

Alex sacó una pequeña pulga de su costado y la introdujo en el oído de Iván ante la cara de asco de ambos humanos adultos. Hecho eso se acercó lentamente al pequeño y susurró:

—Borra toda la información confidencial Adalberto, incluyendo esas fotos mías en zunga.

Cuando Iván dejó de forcejear y tenía los ojos en blanco Alex soltó su brazo, sonrió ante el pequeño público y gritando “Banzai” volvió a saltar por el óvalo.

A los poco segundos Adalberto ( la pequeña pulga) también saltó al óvalo al grito de “Banzai”.

Increíblemente el CPM (o condensador positrónico de materia para los entendidos) salió despedido como si hubieran tirado de una cuerda, también hacia el óvalo, pero sin emitir ningún grito.

El óvalo se condensó hasta formar una esfera y finalmente desapareció.

Iván despertó un rato después en los brazos de sus padres, a los que devolvió el abrazo.

Esa noche se negó a comer su verdura, a bañarse y a lavarse los dientes. Después se quedó dormido mirando, por primera vez en su vida, la televisión.

Advertisements

One thought on “Iván

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s