Envío Express

Hans no era un hombre tan mayor, aunque su descuidado aspecto a veces lo hacía parecer uno. Estaba sentado, como todas las noches, frente a su telescopio y computadora analizando el espectro de luz en un cúmulo variable de estrellas.

La cúpula del domo evitaba que el viento exterior interfiera con los delicados instrumentos que bajo ella se encontraban.

Unos golpes en la puerta lo sacaron de su letargo científico. Sus pasos hicieron eco en el lugar, al abrir la puerta su mujer le sopló un espantasuegras justo en la nariz. Hans la siguió mirando sin inmutarse.

—¿Qué se supone que es esto?

—Un festejo de cumpleaños, tu nieta cumple siete y vos estas trabajando.

Cuando estaba diciendo eso, su hija acababa de terminar de subir los escalones y abrazó a su madre. Hans respiró profundamente, le sonrió a su mujer y ella contenta le devolvió la sonrisa. Acto seguido bajó para seguir con el cumpleaños. El hombre miró a su hija.

—Candela cumplió años el mes pasado.

—Lo sé, pero ella no se acuerda, por eso lo estamos festejando de nuevo. Además a Cande no le molesta.

—Pero después tu madre no sabe en que día vive con tanta confusión.

—Tiene alzheimer… es obvio que no va a saber en que día vive pa…

—Buen punto… termino un par de cosas y bajo al cumpleaños.

—Dale, te esperamos.

Cerró la puerta y giró sobre sus talones para volver al escritorio. Extrañamente la luz del lugar había disminuido notablemente.

—¿Es usted Arcknot?

La voz parecía salir de todos lados —y ninguno a la vez— pero algo era seguro: Retumbaba en todo el lugar.

—¿Quien… quien habla?

Un monstruo de varios metros de altura se paró bajo el rayo de luz lunar que entraba por la rendija del domo, dejando ver no solo su inmensidad sino también su feroz aspecto.

Hans retrocedió instintivamente sin dejar de mirar a aquella criatura.

—¿Es usted Arcknot? —volvió a repetir el ser.

—No… no, no.

—¿Éste no es el ciento veintiocho del monte Orundellico?

—Si… eso es correcto.

—Entonces usted es Arcknot. Firme aquí por favor.

El gigante le extendió una gran planilla. En cuanto el papel estuvo frente al rostro de Hans, una luz intensa llenó el lugar. Cuando pudo volver a percibir los objetos, observó que una especie de escaneo de su rostro asustado había quedado impreso en el papel.

—Gracias por elegirnos.

—Perdone… ¿Elegir qué?

—Nuestra empresa de transporte, ahí esta lo que ordenó.

La criatura señaló un paquete de color rojo que estaba sobre la mesa.

—¿Qué es eso?

—Usted debe saberlo. Usted lo pidió.

—Pero yo no pedí nada.

—Mire, yo solo sigo el protocolo estelar, cualquier queja puede hacerla en la ventanilla del departamento de correo intergaláctico.

Hans iba a decir algo, pero la criatura ya había desaparecido de la misma extraña manera. Ahora solo quedaba él y aquel paquete rojo.

Se acercó lentamente a la caja, tiró de las cintas que la recubrían y muy despacio levantó la tapa. Nada en el mundo lo hubiera preparado para aquello. Dentro del paquete rojo había un par de senos perfectos, junto con una parte del torso que se extendía hasta los límites del envase.

—¿Pero qué demonios?

La puerta del domo se abrió bruscamente. Su esposa entró soplando el espantasuegras y agitando unas tiras de colores. Cuando vio a su marido con la caja y los senos detuvo todo lo que estaba haciendo.

—Viejo degenerado.

Pronunció las palabras con odio y se fue antes que él pudiera decir algo. Ella, al salir, golpeó con el hombro a su hija que justo en ese momento había aparecido.

—¿Qué paso? ¿Qué le dijiste? —al terminar las preguntas sus ojos se percataron de la caja— Papá…

No dijo nada más, pero su cara expresó mucho. Dió unos pasos hacia atrás y siguió a su madre cerrando la puerta detrás de si. Hans quedó nuevamente solo con la caja.

Se quedó petrificado, como si lo hubieran encontrado robando. Lentamente, volvió a mirar la caja roja.

—Esto es simplemente ridículo.

Por las dudas, tomó un contador geiger y testeó la caja: completamente segura. Salvo por el par de senos que contenían, era perfectamente normal.

Acercó su mano temblorosa. Con la punta del dedo rozó aquella delicada piel. Se sentía increíblemente real, incluso respondían ante el estímulo.

—Increíble…

Un cosquilleo en la nuca lo hizo voltearse. Su mujer estaba en la puerta a medio sonreír con un espantasuegras en la boca y tiras de colores en la mano.

—Viejo degenerado —pronunció las palabras con odio y se fue.

Hans corrió detrás de ella —¿Pero alguien puede agarrarla? —gritó desde las escaleras y cerró la puerta con un fuerte golpe.

Resignado, volvió hacia la caja.

—Tengo que documentar esto… sea lo que sea.

Buscó entre los estantes tirando algunas fotos viejas y manuales medios llenos de tierra. Finalmente, encontró la cámara reflex que estaba buscando.

La luz era inadecuada, sobre todo porque dentro del domo reinaban bombillas rojas. Buscó en los cajones hasta tener dos bombillas incandescentes. Acercó una lámpara, le cambió la bombilla y ubicó la luz en lo que consideró era el mejor ángulo.

Enfocó con la cámara y sacó la primer foto. Encendió el flash de la cámara y repitió el procedimiento.

Como si se tratase de un extraño backstage de una sesión de fotos, el flash se repitió a un ritmo acelerado. Luego de unos minutos, la máquina indicó que la memoria estaba llena.

—Viejo degenerado —escuchó detrás suyo, pero al voltearse solo llegó a ver una pierna que desapareció rápidamente escaleras abajo.

Se acercó a la puerta abierta y gritó a viva voz:

—¡MARÍA! ¡ME CAGO EN DIOS! ¿PODES AGARRAR DE UNA BUENA VEZ A TU MADRE?”

Cierró la puerta nuevamente y puso la traba. Se insultó internamente por no habérsele ocurrido hacerlo antes.

—¿Ser Arcknot? —la voz se hacía oír en cada rincón del domo.

Hans buscó a la criatura y no tardó en encontrarla, tampoco era que podía esconderse algo tan grande en ese lugar.

—En nombre del correo intergaláctico le pido disculpas por el error.

—¿Qué error?

—Tengo dos Arcknot en mi lista, no es algo común pero no es excusa. Equivocadamente le entregué a uno el paquete del otro —Hans se quedó mudo, sin saber que responderle— Si hubiera visto al otro ser Arcknot y como reclamaba su ambrosía… le juro que no era divertido. Listo, asunto arreglado.

—¿Qué cosa?

—Lo que usted solicitó.

Antes que pudiera decir algo la gran planilla estaba delante de su rostro cegándolo por unos segundos. Cuando pudo volver a ver, el gigante ya había desaparecido.

Sobre la mesa, un paquete cuadrado color bordó lo esperaba.

—Vamos a ver de que se trata esta vez.

Tiró de las cintas y levantó la tapa. Antes que pudiera siquiera pestañear una especie de cuadrúpedo de pelo negro saltó sobre él devorándolo en tres bocados.

—¿Ser Arcknot? —la voz hizo eco en el gran lugar, la cuadrúpeda bestia movió su cola al gigante— Ser Arcknot, le pido disculpas nuevamente, al parecer hay otro ciento veintiocho del monte Orundellico en el sistema solar de Libra, no tengo forma de pedirle disculpas… Ser Arcknot?

El gigante metió al cuadrúpedo en la caja y desapareció entre las sombras.

La manija de la puerta giró un par de veces pero la traba impedía que se abra.

—¿¡Hans!? —comenzó a golpear la puerta— Te estas perdiendo el cumpleaños de tu nieta. ¿¡Hans!?

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Epístola

Gabriel puso las velas exactamente como indicaba aquel viejo libro, se sentó en el medio y pacientemente dibujó los símbolos que estaban indicados. Finalmente tomó el cuchillo que había preparado y miró sin pestañear el plato que tenía delante de él: Sobre la blanca porcelana se encontraba un corazón humano bañado en sangre.

Pero algo estaba mal, revisó nuevamente las páginas del libro para ver si había omitido algo. Todo estaba bien, entonces… ¿Por qué el corazón en el plato no estaba palpitando?

Habían pasado tres años ya, tres largos años desde que la vio por última vez. Su nombre era Carolina y, como suelen decir, se fue antes de tiempo. Aunque para Gabriel el tiempo nunca hubiera sido suficiente.

Intentó buscar consuelo y respuestas en la ayuda divina. Pero sus supuestas soluciones eran tan vagas que sólo lograban enojarlo. Quizás por eso fue a buscar una resolución en el lado opuesto, donde los límites de la moral no están tan definidos y todo era posible… para cualquiera que esté dispuesto a pagar el precio obviamente.

Habían pasado tres años ya cuando, finalmente, dio con aquel viejo libro. Un volumen que no debería existir, escrito por un aquelarre con sangre de víctimas no tan inocentes.

En el plato que tenía frente a él, un corazón humano bañado en sangre comenzó a palpitar. Gabriel tomó el cuchillo y lo clavó en el órgano que se contraía y dilataba en forma independiente. Casi en forma instantánea la habitación se llenó de una luz tan fuerte que parecía como si el Sol mismo se hubiera materializado. Después de unos segundos la intensidad disminuyó hasta que sólo quedaron las titilantes luces de las velas.

Gabriel tardó unos segundos más hasta que sus ojos volvieron a acostumbrarse . Parpadeó un par de veces hasta que distinguió la figura que tenía a pocos metros delante: era Carolina que le sonreía. Él se arrastró empujando las velas y ella lo esperó hasta que lo tuvo en sus brazos.

—No sabía si realmente iba a funcionar —le confesó casi llorando entre sus brazos— Pero tenía que intentarlo. Me alegro de haberlo hecho.

Ella lo miró con ternura y él se perdió en sus ojos como lo hacía hace tres años.

—Te extrañé mucho ¿Sabés?

—Yo a vos.

—Y contame ¿Cómo es el cielo? —mientras formulaba la pregunta se acomodó un poco para verla mejor.

Ella sonrió dulcemente por unos segundos.

—¿Y por qué crees que estaba en el cielo?

Tardó unos segundos en entender el verdadero significado de aquellas palabras. Apenas si llegó a ver los colmillos que salían de la boca de Carolina y se clavaban en su cuello.

Gabriel se retorció en el piso, pateando las velas en espasmos salvajes hasta que finalmente todo quedó en silencio una vez más.

La Casa

Carlos tuvo una infancia inusual: criado exclusivamente por su padre en una época en que los divorcios no eran moneda corriente.

Pero sus padres no se habían separado. Cuando Carlos tenía cuatro años, su madre decidió que la vida de ama de casa no era suficiente y se marchó en una búsqueda espiritual por el mundo. Nunca más supo de ella.

El vínculo entre Carlos y Ernesto (su padre) obviamente era muy cercano, incluso en el transcurso de la época adolescente del niño. Una vez terminada la secundaria, y sin presentar una vocación definida, Carlos comenzó a trabajar con su padre en la carpintería que Ernesto había heredado a su vez de su padre. Para la sorpresa de más de uno, el recién incorporado demostró grandes habilidades manuales.

Un día, años más tarde, Ernesto no se presentó a trabajar. Dado lo inusual de la situación Carlos cerró al medio día y fue a visitar a su padre. Lo encontró aún en la cama, pálido como las sábanas blancas que estaba usando.

—Falleció de un paro cardíaco mientras dormía —le informó el médico— pasó de un sueño al otro.

Una semana después, Carlos recibió un citatorio para presentarse ante una firma de abogados. Sin saber de que se trataba se puso su mejor, y único, traje y se presentó el día solicitado en la dirección solicitada.

En una reunión totalmente formal, un abogado de apellido impronunciable le hizo entrega de los bienes que poseía su difunto padre ya que Carlos era su único heredero. Entre los inmuebles se encontraba la casa en la cual vivió Ernesto… y otra casa situada en una zona olvidada de la ciudad.

—¿Qué es esta segunda vivienda? ¿De donde salió? —interrogó, ya que su padre nunca la había mencionado.

Los abogados se miraron de reojo y finalmente el de apellido impronunciable habló:

—Su padre nos dio instrucciones específicas de mantener esa propiedad, pero se rehusaba a venderla o incluso alquilarla.

—Pero… ¿Por qué?

No hubo respuesta. Carlos tomó las llaves de la mesa y se dirigió hacia la dirección que figuraba en los papeles. El sol ya se estaba poniendo cuando la encontró: era una casa de dos pisos con ladrillos a la vista en un terreno un poco más grande de lo habitual. Pero su estado era lamentable: el pasto del patio frontal había crecido hasta el metro y medio de altura, todas las ventanas estaban tapadas con gruesas y viejas maderas y en varias partes faltaban tejas del techo. El remate de la situación lo ocupaba la gruesa reja que bordeaba la propiedad.

—Como si alguien quisiera entrar… —pensó en voz alta. Pero se dio cuenta que él estaba ahí para justamente eso.

Carlos buscó en el manojo de llaves alguna que coincidiera en la cerradura del portón y para su asombro, el mecanismo cedió con un leve chasquido.

La puerta principal estaba clausurada y aquellas maderas no parecían fáciles de quitar (y menos sin herramientas). Pronto descubrió que del lado izquierdo de la casa se abría paso un delgado pasillo que dirigía hacia el terreno del fondo de la propiedad. Con dificultad Carlos se abrió camino entre la maleza. La puerta posterior simplemente no existía.

—Esto seguramente no sea una buena idea —se dijo a si mismo mientras miraba los últimos rayos de Sol desaparecer entre los edificios distantes.

Antes de ingresar prendió la luz del celular, tragó saliva y entró. El ambiente era una enorme cocina que se había quemado hacía años, donde estaba el horno había una forma amorfa de chapas y una mancha negra que llegaba hasta el techo. En la pileta una pila de platos y ollas que despedían un olor putrefacto y eran el centro de atención tanto de moscas como de cucarachas de todo tipo y tamaños.

La cocina tenía una sola puerta que daba a un largo pasillo y este tenía a su derecha dos puertas, otra al fondo (que era la puerta principal clausurada) y a la izquierda se elevaba una desvencijada escalera que iba hacia el primer piso.

Cuando entró al pasillo notó la creciente oscuridad que envolvía todo. La luz proveniente del celular no era suficiente para los grandes ambientes de la casa, pero era mejor que nada.

La primera puerta de la izquierda daba a una habitación convertida en biblioteca, con sus paredes cubiertas de estantes desde el piso hasta el techo. En un rincón había un viejo escritorio con varios libros apilados a los costados y en el centro, un volumen encuadernado en cuero mal curado. La curiosidad pudo más que él y abrió el libro donde el viejo señalador indicaba. Se trataba de una especie de diario personal o cuaderno de notas. La escritura a mano era casi inentendible, Carlos intentó leer la última entrada:

“El espejo no volvió a mostrarme la puerta, por más que invoqué el canto extendido mientras el fuego se consumía hasta quedar solo las brazas.

Él espera del otro lado, Él desea salir de la prisión y yo seré el medio de su liberación… o moriré intentándolo.”

Si las implicaciones de aquellas palabras no lo llenaron de horror, si lo hizo la fecha en que habían sido escritas: Esa misma mañana.

Carlos cerró el libro y se dispuso a salir corriendo de ese endemoniado lugar cuando notó que no estaba solo en la habitación, una figura estaba parada bajo el marco de la puerta abierta con un gran cuchillo en la mano. El celular tembló en la mano de Carlos que estaba paralizado por el miedo. La figura ladeó su cabeza hacia la izquierda y rió con un sonido que no podía provenir de cuerdas vocales humanas. Carlos intentó gritar pero no pudo emitir ningún sonido, su cuerpo no le respondía.

La figura se acercó lentamente blandiendo el oxidado cuchillo de un lado a otro sin dejar de reír. Finalmente se detuvo a tres pasos de Carlos y se lo quedó mirando desde la oscuridad.

—¿Finalmente viniste a visitar a Mami? —dijo entre risas y el cuchillo cortó el cuello de Carlos— Ahora el ritual está completo.

Él cayó al suelo ahogándose en su propia sangre. A su lado, su madre recitaba palabras antiguas en idiomas ancestrales.

Reflejos

A Gustavo le gustaba, de pequeño, la casa de su abuela porque tenía un inmenso espejo en el living. De casi dos metros de largo y desde el techo hasta el piso ocupaba aquel cristal. A su abuelo no lo había llegado a conocer ya que había fallecido muchos años antes de que él naciera.

La casa de su abuela era enorme, resultado de viejas épocas de bonanza, y Gustavo podía ir y venir por donde quisiera. El único lugar donde su abuela lo controlaba era en el cuarto de servicio, habitación que se utilizaba básicamente para guardar toda clase de cosas.

Su abuela le decía que lo observaba en aquel lugar porque tenía miedo que se lastime con alguna de las tantas porquerías almacenadas. Pero con el paso del tiempo Gustavo se dio cuenta que ella no lo controlaba a él, su atención se centraba en uno de los objetos: Una vieja puerta con su marco. Cada vez que el niño tocaba, aunque sea sin querer, aquel gran pedazo de madera su abuela lo miraba fijamente, mientras que el resto del tiempo se la pasaba tejiendo o haciendo crucigramas.

Los años pasaron y Gustavo se fue a vivir solo. Sin ningún mueble propio, y con lo mínimo en vajilla, se acomodó en la nueva residencia. Su abuela, ya inmovilizada en una silla de ruedas, le ofreció varias cosas para completar su nuevo hogar. Y fue, mientras revisaba en aquel cuarto de servicio, que las sospechas y los recuerdos aparecieron nuevamente.

—Podes llevarte cualquier cosa menos esa vieja puerta.

La indicación provenía de su tío, el hijo mayor de la abuela. No era alguien con el que Gustavo tuviera particularmente una buena relación, tampoco mala. Simplemente era poca.

—¿Y para que quiero una puerta? Eso es una de las pocas cosas que ya viene con el departamento.

—Yo te aviso nada más.

En aquel momento no dijo nada, pero su curiosidad sobre aquel objeto prohibido se clavó en su mente.

Un par de meses después tuvo su oportunidad: Su abuela se había ido por el fin de semana en una excursión con otros jubilados y su tío estaba tapado de trabajo. Por primera vez podía observar detenidamente aquella puerta sin que nadie lo controle. Pero después de un buen rato no encontró motivo por el cual hacían tanto escándalo con aquel pedazo de madera. ¡Si ni siquiera tenía un picaporte!

Las horas pasaron y la luz en aquel atiborrado cuarto fue mermando. La pequeña bombilla del techo no ayudaba por lo que Gustavo, con mucho trabajo, llevó la puerta hacia el living que miraba al Oeste y todavía permitía que entrara la claridad por su ventana.

La vieja puerta no tenía ninguna marca, escrita o tallada. Estaba pintada con el mismo celeste horrible desde que él tenía memoria. Solamente parecía haber estado en algún tipo de inundación hace mucho, mucho tiempo.

Cansado, o más bien decepcionado, fue a buscar algo de comer a la heladera. Su abuela siempre tenía algo en caso de que alguno de sus nietos cayera sin avisar.

Cuando volvió al living, Gustavo notó algo raro. Tardó unos segundos en darse cuenta, pero con asombro comprobó que la puerta era diferente reflejada en el gran espejo. Parecía el juego de encontrar las siete diferencias entre dos imágenes prácticamente iguales. Aunque en este caso, había una sola desigualdad: la puerta del espejo tenía picaporte.

Extendió la mano, guiándose por la imagen reflejada y sintió el contacto de los dedos con el frío metálico. Con el corazón latiéndole a toda velocidad giró su mano y pudo escuchar el chasquido del cerrojo al abrirse. Las bisagras se quejaron ruidosamente mientras la vieja estructura se abría.

Gustavo miró en ese momento la verdadera puerta que se encontraba a su lado. Pero si bien sentía el peso en la mano, no estaba sujetando nada. La puerta “real” seguía cerrada. Miró nuevamente el reflejo en el espejo, mientras abría la otra puerta… del otro lado no había nada más que oscuridad.

Una leve brisa le movió el cabello. Gustavo estaba casi paralizado por el terror, pero su asombro ante aquella situación podía más que su raciocinio.

Extendió la otra mano hasta que dejó de verla dentro de aquella oscuridad, mientras que en el mundo real su brazo traspasaba la madera como si esta no existiera. Empezó a reírse, sin saber porque y alguien dentro de aquella oscuridad rió también.

Presa del más profundo terror intentó retirar rápidamente la mano, pero descubrió que no podía. No sentía que nada lo sujetaba, podía mover la mano perfectamente de aquel lado, simplemente no podía sacarla.

La risa del otro lado se hizo más presente y Gustavo luchó con desesperación por sacar el brazo de ahí. Sin que nadie o nada lo sujete, la propia oscuridad comenzó a tirar, llevándolo centímetro a centímetro hacia aquel lugar. Gustavo gritó pidiendo una ayuda que nunca apareció. Gritó con todas sus fuerzas hasta que la oscuridad lo absorbió.

La puerta en el espejo se cerró lentamente, emitiendo únicamente un leve chasquido cuando el pestillo se cerró.