Movimiento Solar

Los habitantes de la ciudad hacían su vida diaria. Estaba la gran mayoría trabajando dado el horario y la gran masa de gente circulaba por las calles.

Sin embargo fue una jornada que pocos olvidarían. La causa fue que el mediodía se prolongó demasiado (algunos tardaron más que otros en darse cuenta) pero con el correr de los minutos y con ellos las horas, el rumor se convirtió en el único tema en la boca de todos: Aparentemente el sol había dejado de moverse.

Los expertos hicieron unas conjeturas preliminares, pero no llegaron a una explicación que los satisficiera. Por lo tanto se designo una agrupación gubernamental sin fines de lucro: La I.C.A.S. (Investigación del Cese Aparente del Sol).

A la semana de haber formado el comité partieron hacia la cúpula celeste. Todos los ciudadanos estaban atentos a los informes que se transmitían por radio y televisión. El comité tardó un poco mas de lo esperado debido a un pequeño percance el cual les obligo a cambiar unas de las llantas.

Cuando llegaron, bajaron del auto todos los científicos y el más joven dijo:

—Tengo una idea, puede ser tan descabellada que quizás funcione.

Se acercó lentamente a la cúpula celeste, puso sus dos manos sobre ella y empujó hacia arriba. A su espalda escuchó unas rápidas risas y la voz seca y profunda del Dr. Lin.

—Querido joven, estamos agradecidos por su entusiasmo. Pero estamos en el oeste no en el este, debe usted empujar hacia abajo.

Las risas no se detuvieron y el joven tomó varios colores. No dijo una palabra y empujó hacia abajo. Nada, la cúpula no mostró ninguna intensión de moverse.

Todos tuvieron su turno de probar teorías, pero ni la música, ni el aceite, ni siquiera un ramo de flores pudieron lograrlo.

Volvieron desconcertados. Después de analizar la situación por casi un mes, idearon un proyecto faraónico: Consistía en excavar un túnel intentando llegar así mas allá de la cúpula celeste. Tal idea estaba basada en la hipótesis de que se había acabado la energía responsable del movimiento. Hubo voces en contra que gritaban “¿Qué hacemos si no poseemos la energía suficiente? ¿O la calidad siquiera?” Pero una cosa a la vez, primero estaba saber el qué y después el cómo.

Cavaron durante semanas, las semanas se hicieron meses y los meses sumaron catorce hasta que llegaron. No exactamente donde querían porque se encontraron con algo que no esperaban: La cúpula celeste, era en realidad, una esfera celeste.

Desanimados, se miraron unos a otros, un nuevo callejón sin salida les había enterrado una posible solución.

En la conferencia de prensa estaban todos con caras largas, pero la mayoría de la gente no asistió. Había pasado tanto tiempo desde la detención del Sol que habían readaptado sus vidas.

Las horarios de trabajo eran más flexibles, los bancos abrían más horas y la inseguridad había disminuido. La economía había sentido un crecimiento, sobre todo en el sector textil (ampliamente debido a la creciente venta de cortinas dobles y triples.)

Y la vida siguió en la ciudad, como siguen todas las cosas.

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Envío Express

Hans no era un hombre tan mayor, aunque su descuidado aspecto a veces lo hacía parecer uno. Estaba sentado, como todas las noches, frente a su telescopio y computadora analizando el espectro de luz en un cúmulo variable de estrellas.

La cúpula del domo evitaba que el viento exterior interfiera con los delicados instrumentos que bajo ella se encontraban.

Unos golpes en la puerta lo sacaron de su letargo científico. Sus pasos hicieron eco en el lugar, al abrir la puerta su mujer le sopló un espantasuegras justo en la nariz. Hans la siguió mirando sin inmutarse.

—¿Qué se supone que es esto?

—Un festejo de cumpleaños, tu nieta cumple siete y vos estas trabajando.

Cuando estaba diciendo eso, su hija acababa de terminar de subir los escalones y abrazó a su madre. Hans respiró profundamente, le sonrió a su mujer y ella contenta le devolvió la sonrisa. Acto seguido bajó para seguir con el cumpleaños. El hombre miró a su hija.

—Candela cumplió años el mes pasado.

—Lo sé, pero ella no se acuerda, por eso lo estamos festejando de nuevo. Además a Cande no le molesta.

—Pero después tu madre no sabe en que día vive con tanta confusión.

—Tiene alzheimer… es obvio que no va a saber en que día vive pa…

—Buen punto… termino un par de cosas y bajo al cumpleaños.

—Dale, te esperamos.

Cerró la puerta y giró sobre sus talones para volver al escritorio. Extrañamente la luz del lugar había disminuido notablemente.

—¿Es usted Arcknot?

La voz parecía salir de todos lados —y ninguno a la vez— pero algo era seguro: Retumbaba en todo el lugar.

—¿Quien… quien habla?

Un monstruo de varios metros de altura se paró bajo el rayo de luz lunar que entraba por la rendija del domo, dejando ver no solo su inmensidad sino también su feroz aspecto.

Hans retrocedió instintivamente sin dejar de mirar a aquella criatura.

—¿Es usted Arcknot? —volvió a repetir el ser.

—No… no, no.

—¿Éste no es el ciento veintiocho del monte Orundellico?

—Si… eso es correcto.

—Entonces usted es Arcknot. Firme aquí por favor.

El gigante le extendió una gran planilla. En cuanto el papel estuvo frente al rostro de Hans, una luz intensa llenó el lugar. Cuando pudo volver a percibir los objetos, observó que una especie de escaneo de su rostro asustado había quedado impreso en el papel.

—Gracias por elegirnos.

—Perdone… ¿Elegir qué?

—Nuestra empresa de transporte, ahí esta lo que ordenó.

La criatura señaló un paquete de color rojo que estaba sobre la mesa.

—¿Qué es eso?

—Usted debe saberlo. Usted lo pidió.

—Pero yo no pedí nada.

—Mire, yo solo sigo el protocolo estelar, cualquier queja puede hacerla en la ventanilla del departamento de correo intergaláctico.

Hans iba a decir algo, pero la criatura ya había desaparecido de la misma extraña manera. Ahora solo quedaba él y aquel paquete rojo.

Se acercó lentamente a la caja, tiró de las cintas que la recubrían y muy despacio levantó la tapa. Nada en el mundo lo hubiera preparado para aquello. Dentro del paquete rojo había un par de senos perfectos, junto con una parte del torso que se extendía hasta los límites del envase.

—¿Pero qué demonios?

La puerta del domo se abrió bruscamente. Su esposa entró soplando el espantasuegras y agitando unas tiras de colores. Cuando vio a su marido con la caja y los senos detuvo todo lo que estaba haciendo.

—Viejo degenerado.

Pronunció las palabras con odio y se fue antes que él pudiera decir algo. Ella, al salir, golpeó con el hombro a su hija que justo en ese momento había aparecido.

—¿Qué paso? ¿Qué le dijiste? —al terminar las preguntas sus ojos se percataron de la caja— Papá…

No dijo nada más, pero su cara expresó mucho. Dió unos pasos hacia atrás y siguió a su madre cerrando la puerta detrás de si. Hans quedó nuevamente solo con la caja.

Se quedó petrificado, como si lo hubieran encontrado robando. Lentamente, volvió a mirar la caja roja.

—Esto es simplemente ridículo.

Por las dudas, tomó un contador geiger y testeó la caja: completamente segura. Salvo por el par de senos que contenían, era perfectamente normal.

Acercó su mano temblorosa. Con la punta del dedo rozó aquella delicada piel. Se sentía increíblemente real, incluso respondían ante el estímulo.

—Increíble…

Un cosquilleo en la nuca lo hizo voltearse. Su mujer estaba en la puerta a medio sonreír con un espantasuegras en la boca y tiras de colores en la mano.

—Viejo degenerado —pronunció las palabras con odio y se fue.

Hans corrió detrás de ella —¿Pero alguien puede agarrarla? —gritó desde las escaleras y cerró la puerta con un fuerte golpe.

Resignado, volvió hacia la caja.

—Tengo que documentar esto… sea lo que sea.

Buscó entre los estantes tirando algunas fotos viejas y manuales medios llenos de tierra. Finalmente, encontró la cámara reflex que estaba buscando.

La luz era inadecuada, sobre todo porque dentro del domo reinaban bombillas rojas. Buscó en los cajones hasta tener dos bombillas incandescentes. Acercó una lámpara, le cambió la bombilla y ubicó la luz en lo que consideró era el mejor ángulo.

Enfocó con la cámara y sacó la primer foto. Encendió el flash de la cámara y repitió el procedimiento.

Como si se tratase de un extraño backstage de una sesión de fotos, el flash se repitió a un ritmo acelerado. Luego de unos minutos, la máquina indicó que la memoria estaba llena.

—Viejo degenerado —escuchó detrás suyo, pero al voltearse solo llegó a ver una pierna que desapareció rápidamente escaleras abajo.

Se acercó a la puerta abierta y gritó a viva voz:

—¡MARÍA! ¡ME CAGO EN DIOS! ¿PODES AGARRAR DE UNA BUENA VEZ A TU MADRE?”

Cierró la puerta nuevamente y puso la traba. Se insultó internamente por no habérsele ocurrido hacerlo antes.

—¿Ser Arcknot? —la voz se hacía oír en cada rincón del domo.

Hans buscó a la criatura y no tardó en encontrarla, tampoco era que podía esconderse algo tan grande en ese lugar.

—En nombre del correo intergaláctico le pido disculpas por el error.

—¿Qué error?

—Tengo dos Arcknot en mi lista, no es algo común pero no es excusa. Equivocadamente le entregué a uno el paquete del otro —Hans se quedó mudo, sin saber que responderle— Si hubiera visto al otro ser Arcknot y como reclamaba su ambrosía… le juro que no era divertido. Listo, asunto arreglado.

—¿Qué cosa?

—Lo que usted solicitó.

Antes que pudiera decir algo la gran planilla estaba delante de su rostro cegándolo por unos segundos. Cuando pudo volver a ver, el gigante ya había desaparecido.

Sobre la mesa, un paquete cuadrado color bordó lo esperaba.

—Vamos a ver de que se trata esta vez.

Tiró de las cintas y levantó la tapa. Antes que pudiera siquiera pestañear una especie de cuadrúpedo de pelo negro saltó sobre él devorándolo en tres bocados.

—¿Ser Arcknot? —la voz hizo eco en el gran lugar, la cuadrúpeda bestia movió su cola al gigante— Ser Arcknot, le pido disculpas nuevamente, al parecer hay otro ciento veintiocho del monte Orundellico en el sistema solar de Libra, no tengo forma de pedirle disculpas… Ser Arcknot?

El gigante metió al cuadrúpedo en la caja y desapareció entre las sombras.

La manija de la puerta giró un par de veces pero la traba impedía que se abra.

—¿¡Hans!? —comenzó a golpear la puerta— Te estas perdiendo el cumpleaños de tu nieta. ¿¡Hans!?

Epístola

Gabriel puso las velas exactamente como indicaba aquel viejo libro, se sentó en el medio y pacientemente dibujó los símbolos que estaban indicados. Finalmente tomó el cuchillo que había preparado y miró sin pestañear el plato que tenía delante de él: Sobre la blanca porcelana se encontraba un corazón humano bañado en sangre.

Pero algo estaba mal, revisó nuevamente las páginas del libro para ver si había omitido algo. Todo estaba bien, entonces… ¿Por qué el corazón en el plato no estaba palpitando?

Habían pasado tres años ya, tres largos años desde que la vio por última vez. Su nombre era Carolina y, como suelen decir, se fue antes de tiempo. Aunque para Gabriel el tiempo nunca hubiera sido suficiente.

Intentó buscar consuelo y respuestas en la ayuda divina. Pero sus supuestas soluciones eran tan vagas que sólo lograban enojarlo. Quizás por eso fue a buscar una resolución en el lado opuesto, donde los límites de la moral no están tan definidos y todo era posible… para cualquiera que esté dispuesto a pagar el precio obviamente.

Habían pasado tres años ya cuando, finalmente, dio con aquel viejo libro. Un volumen que no debería existir, escrito por un aquelarre con sangre de víctimas no tan inocentes.

En el plato que tenía frente a él, un corazón humano bañado en sangre comenzó a palpitar. Gabriel tomó el cuchillo y lo clavó en el órgano que se contraía y dilataba en forma independiente. Casi en forma instantánea la habitación se llenó de una luz tan fuerte que parecía como si el Sol mismo se hubiera materializado. Después de unos segundos la intensidad disminuyó hasta que sólo quedaron las titilantes luces de las velas.

Gabriel tardó unos segundos más hasta que sus ojos volvieron a acostumbrarse . Parpadeó un par de veces hasta que distinguió la figura que tenía a pocos metros delante: era Carolina que le sonreía. Él se arrastró empujando las velas y ella lo esperó hasta que lo tuvo en sus brazos.

—No sabía si realmente iba a funcionar —le confesó casi llorando entre sus brazos— Pero tenía que intentarlo. Me alegro de haberlo hecho.

Ella lo miró con ternura y él se perdió en sus ojos como lo hacía hace tres años.

—Te extrañé mucho ¿Sabés?

—Yo a vos.

—Y contame ¿Cómo es el cielo? —mientras formulaba la pregunta se acomodó un poco para verla mejor.

Ella sonrió dulcemente por unos segundos.

—¿Y por qué crees que estaba en el cielo?

Tardó unos segundos en entender el verdadero significado de aquellas palabras. Apenas si llegó a ver los colmillos que salían de la boca de Carolina y se clavaban en su cuello.

Gabriel se retorció en el piso, pateando las velas en espasmos salvajes hasta que finalmente todo quedó en silencio una vez más.

La Casa

Carlos tuvo una infancia inusual: criado exclusivamente por su padre en una época en que los divorcios no eran moneda corriente.

Pero sus padres no se habían separado. Cuando Carlos tenía cuatro años, su madre decidió que la vida de ama de casa no era suficiente y se marchó en una búsqueda espiritual por el mundo. Nunca más supo de ella.

El vínculo entre Carlos y Ernesto (su padre) obviamente era muy cercano, incluso en el transcurso de la época adolescente del niño. Una vez terminada la secundaria, y sin presentar una vocación definida, Carlos comenzó a trabajar con su padre en la carpintería que Ernesto había heredado a su vez de su padre. Para la sorpresa de más de uno, el recién incorporado demostró grandes habilidades manuales.

Un día, años más tarde, Ernesto no se presentó a trabajar. Dado lo inusual de la situación Carlos cerró al medio día y fue a visitar a su padre. Lo encontró aún en la cama, pálido como las sábanas blancas que estaba usando.

—Falleció de un paro cardíaco mientras dormía —le informó el médico— pasó de un sueño al otro.

Una semana después, Carlos recibió un citatorio para presentarse ante una firma de abogados. Sin saber de que se trataba se puso su mejor, y único, traje y se presentó el día solicitado en la dirección solicitada.

En una reunión totalmente formal, un abogado de apellido impronunciable le hizo entrega de los bienes que poseía su difunto padre ya que Carlos era su único heredero. Entre los inmuebles se encontraba la casa en la cual vivió Ernesto… y otra casa situada en una zona olvidada de la ciudad.

—¿Qué es esta segunda vivienda? ¿De donde salió? —interrogó, ya que su padre nunca la había mencionado.

Los abogados se miraron de reojo y finalmente el de apellido impronunciable habló:

—Su padre nos dio instrucciones específicas de mantener esa propiedad, pero se rehusaba a venderla o incluso alquilarla.

—Pero… ¿Por qué?

No hubo respuesta. Carlos tomó las llaves de la mesa y se dirigió hacia la dirección que figuraba en los papeles. El sol ya se estaba poniendo cuando la encontró: era una casa de dos pisos con ladrillos a la vista en un terreno un poco más grande de lo habitual. Pero su estado era lamentable: el pasto del patio frontal había crecido hasta el metro y medio de altura, todas las ventanas estaban tapadas con gruesas y viejas maderas y en varias partes faltaban tejas del techo. El remate de la situación lo ocupaba la gruesa reja que bordeaba la propiedad.

—Como si alguien quisiera entrar… —pensó en voz alta. Pero se dio cuenta que él estaba ahí para justamente eso.

Carlos buscó en el manojo de llaves alguna que coincidiera en la cerradura del portón y para su asombro, el mecanismo cedió con un leve chasquido.

La puerta principal estaba clausurada y aquellas maderas no parecían fáciles de quitar (y menos sin herramientas). Pronto descubrió que del lado izquierdo de la casa se abría paso un delgado pasillo que dirigía hacia el terreno del fondo de la propiedad. Con dificultad Carlos se abrió camino entre la maleza. La puerta posterior simplemente no existía.

—Esto seguramente no sea una buena idea —se dijo a si mismo mientras miraba los últimos rayos de Sol desaparecer entre los edificios distantes.

Antes de ingresar prendió la luz del celular, tragó saliva y entró. El ambiente era una enorme cocina que se había quemado hacía años, donde estaba el horno había una forma amorfa de chapas y una mancha negra que llegaba hasta el techo. En la pileta una pila de platos y ollas que despedían un olor putrefacto y eran el centro de atención tanto de moscas como de cucarachas de todo tipo y tamaños.

La cocina tenía una sola puerta que daba a un largo pasillo y este tenía a su derecha dos puertas, otra al fondo (que era la puerta principal clausurada) y a la izquierda se elevaba una desvencijada escalera que iba hacia el primer piso.

Cuando entró al pasillo notó la creciente oscuridad que envolvía todo. La luz proveniente del celular no era suficiente para los grandes ambientes de la casa, pero era mejor que nada.

La primera puerta de la izquierda daba a una habitación convertida en biblioteca, con sus paredes cubiertas de estantes desde el piso hasta el techo. En un rincón había un viejo escritorio con varios libros apilados a los costados y en el centro, un volumen encuadernado en cuero mal curado. La curiosidad pudo más que él y abrió el libro donde el viejo señalador indicaba. Se trataba de una especie de diario personal o cuaderno de notas. La escritura a mano era casi inentendible, Carlos intentó leer la última entrada:

“El espejo no volvió a mostrarme la puerta, por más que invoqué el canto extendido mientras el fuego se consumía hasta quedar solo las brazas.

Él espera del otro lado, Él desea salir de la prisión y yo seré el medio de su liberación… o moriré intentándolo.”

Si las implicaciones de aquellas palabras no lo llenaron de horror, si lo hizo la fecha en que habían sido escritas: Esa misma mañana.

Carlos cerró el libro y se dispuso a salir corriendo de ese endemoniado lugar cuando notó que no estaba solo en la habitación, una figura estaba parada bajo el marco de la puerta abierta con un gran cuchillo en la mano. El celular tembló en la mano de Carlos que estaba paralizado por el miedo. La figura ladeó su cabeza hacia la izquierda y rió con un sonido que no podía provenir de cuerdas vocales humanas. Carlos intentó gritar pero no pudo emitir ningún sonido, su cuerpo no le respondía.

La figura se acercó lentamente blandiendo el oxidado cuchillo de un lado a otro sin dejar de reír. Finalmente se detuvo a tres pasos de Carlos y se lo quedó mirando desde la oscuridad.

—¿Finalmente viniste a visitar a Mami? —dijo entre risas y el cuchillo cortó el cuello de Carlos— Ahora el ritual está completo.

Él cayó al suelo ahogándose en su propia sangre. A su lado, su madre recitaba palabras antiguas en idiomas ancestrales.

Reflejos

A Gustavo le gustaba, de pequeño, la casa de su abuela porque tenía un inmenso espejo en el living. De casi dos metros de largo y desde el techo hasta el piso ocupaba aquel cristal. A su abuelo no lo había llegado a conocer ya que había fallecido muchos años antes de que él naciera.

La casa de su abuela era enorme, resultado de viejas épocas de bonanza, y Gustavo podía ir y venir por donde quisiera. El único lugar donde su abuela lo controlaba era en el cuarto de servicio, habitación que se utilizaba básicamente para guardar toda clase de cosas.

Su abuela le decía que lo observaba en aquel lugar porque tenía miedo que se lastime con alguna de las tantas porquerías almacenadas. Pero con el paso del tiempo Gustavo se dio cuenta que ella no lo controlaba a él, su atención se centraba en uno de los objetos: Una vieja puerta con su marco. Cada vez que el niño tocaba, aunque sea sin querer, aquel gran pedazo de madera su abuela lo miraba fijamente, mientras que el resto del tiempo se la pasaba tejiendo o haciendo crucigramas.

Los años pasaron y Gustavo se fue a vivir solo. Sin ningún mueble propio, y con lo mínimo en vajilla, se acomodó en la nueva residencia. Su abuela, ya inmovilizada en una silla de ruedas, le ofreció varias cosas para completar su nuevo hogar. Y fue, mientras revisaba en aquel cuarto de servicio, que las sospechas y los recuerdos aparecieron nuevamente.

—Podes llevarte cualquier cosa menos esa vieja puerta.

La indicación provenía de su tío, el hijo mayor de la abuela. No era alguien con el que Gustavo tuviera particularmente una buena relación, tampoco mala. Simplemente era poca.

—¿Y para que quiero una puerta? Eso es una de las pocas cosas que ya viene con el departamento.

—Yo te aviso nada más.

En aquel momento no dijo nada, pero su curiosidad sobre aquel objeto prohibido se clavó en su mente.

Un par de meses después tuvo su oportunidad: Su abuela se había ido por el fin de semana en una excursión con otros jubilados y su tío estaba tapado de trabajo. Por primera vez podía observar detenidamente aquella puerta sin que nadie lo controle. Pero después de un buen rato no encontró motivo por el cual hacían tanto escándalo con aquel pedazo de madera. ¡Si ni siquiera tenía un picaporte!

Las horas pasaron y la luz en aquel atiborrado cuarto fue mermando. La pequeña bombilla del techo no ayudaba por lo que Gustavo, con mucho trabajo, llevó la puerta hacia el living que miraba al Oeste y todavía permitía que entrara la claridad por su ventana.

La vieja puerta no tenía ninguna marca, escrita o tallada. Estaba pintada con el mismo celeste horrible desde que él tenía memoria. Solamente parecía haber estado en algún tipo de inundación hace mucho, mucho tiempo.

Cansado, o más bien decepcionado, fue a buscar algo de comer a la heladera. Su abuela siempre tenía algo en caso de que alguno de sus nietos cayera sin avisar.

Cuando volvió al living, Gustavo notó algo raro. Tardó unos segundos en darse cuenta, pero con asombro comprobó que la puerta era diferente reflejada en el gran espejo. Parecía el juego de encontrar las siete diferencias entre dos imágenes prácticamente iguales. Aunque en este caso, había una sola desigualdad: la puerta del espejo tenía picaporte.

Extendió la mano, guiándose por la imagen reflejada y sintió el contacto de los dedos con el frío metálico. Con el corazón latiéndole a toda velocidad giró su mano y pudo escuchar el chasquido del cerrojo al abrirse. Las bisagras se quejaron ruidosamente mientras la vieja estructura se abría.

Gustavo miró en ese momento la verdadera puerta que se encontraba a su lado. Pero si bien sentía el peso en la mano, no estaba sujetando nada. La puerta “real” seguía cerrada. Miró nuevamente el reflejo en el espejo, mientras abría la otra puerta… del otro lado no había nada más que oscuridad.

Una leve brisa le movió el cabello. Gustavo estaba casi paralizado por el terror, pero su asombro ante aquella situación podía más que su raciocinio.

Extendió la otra mano hasta que dejó de verla dentro de aquella oscuridad, mientras que en el mundo real su brazo traspasaba la madera como si esta no existiera. Empezó a reírse, sin saber porque y alguien dentro de aquella oscuridad rió también.

Presa del más profundo terror intentó retirar rápidamente la mano, pero descubrió que no podía. No sentía que nada lo sujetaba, podía mover la mano perfectamente de aquel lado, simplemente no podía sacarla.

La risa del otro lado se hizo más presente y Gustavo luchó con desesperación por sacar el brazo de ahí. Sin que nadie o nada lo sujete, la propia oscuridad comenzó a tirar, llevándolo centímetro a centímetro hacia aquel lugar. Gustavo gritó pidiendo una ayuda que nunca apareció. Gritó con todas sus fuerzas hasta que la oscuridad lo absorbió.

La puerta en el espejo se cerró lentamente, emitiendo únicamente un leve chasquido cuando el pestillo se cerró.

Legado

Esta historia comienza de manera diferente, el final será el comienzo. Pues los tiempos apremian y la historia del pueblo debe permanecer.

El enemigo ha bloqueado todas las salidas posibles. A decir verdad, las únicas dos, la fortaleza en la que nos encontramos fue construida con el fin de resistir, y es por ello que esta entre las montañas de esta cordillera.

Mi nombre es Pioy, soy el escriba de su majestad Kjie, la princesa – guerrera.

El ultimo capitulo del pueblo de Qwer comienza hace cinco lunas, cuando una nube de polvo oscureció los cielos del norte. Un ejército tan innumerable que llegaba al horizonte y la tierra misma marchaba a su paso.

La invasión había comenzado.

No hubo amenazas, ni peticiones. Degollaron salvajemente a los enviados de la reina y se limitaron a esperar. Analizando la fortaleza, pero sin atacar. Al menos por un tiempo.

Su majestad Kjie, organizó la defensa en persona. Y demostró su valentía en la primera luna. Cuando el enemigo intentó atacar los muros externos. Fueron fácilmente aplastados, con simples aceites y fuego. El pueblo se tranquilizó detrás de los muros, pues sintió una victoria fácil y sencilla. Kjie sabía que no sería así.

La siguiente noche la muerte cruzó los muros. Lluvias de flechas envenenadas sisearon los cielos nocturnos durante horas. Diezmando nuestra infantería.

Varias noches consecutivas duró su ataque. Solo cuando la pálida Luna asomaba por el este despertaba la muerte y al desaparecer el último hilo de plata en el oeste, tan misteriosamente como el ataque había comenzado, cesaba.

El corazón de los hombres nobles de Qwer se llenó de terror ante la oscuridad de los invasores que esperaban el momento mas allá de los altos muros.

Se ideó un plan. Vhok, mano derecha de su majestad en las batallas y Rey de su corazón, saldría por el camino del oeste, cruzando la cordillera hacia el sur. Hacia el pueblo de Wzex, a dos lunas de distancia. Juntos los ejércitos de Qwer y Wzex podrían librar batalla justa.

Pero Vhok no regreso. Ningún ejercito vino en ayuda. Y mi señora Kjie se hundió en las tinieblas ante la pérdida.

Sabíamos que era el fin.

A la siguiente luna, una luz destelló en las murallas. Su majestad Kjie en persona, con la armadura de plata de Luna, volvía a comandar la defensa. Jamás se la vio tan decidida, su voz parecía contagiar de ánimo guerrero a todo aquel que la escuchara.

Y la esperanza en Qwer renació.

En el renacimiento de la última Luna, la balanza se puso de nuestro lado. Ante todo pronóstico, un ejército emergió del oeste. Los invasores del norte retrocedieron ante el milagro, pero no atacaron. Siguieron esperando, pacientemente.

El ejército del oeste, comandado por Vhok se acercaba a las murallas. Justo entre el enemigo y la fortaleza. Como una lanza de luz.

Las rampas se abrieron. Pero sólo Vhok pasó a través de ellas. Los jinetes se ubicaron al pie de la muralla, enfrentando al enemigo.

Vhok cabalgó sin interrupciones hasta la presencia de su amada y reina, su majestad Kjie, la princesa – guerrera. Los que presenciamos el encuentro, jamás lo olvidaremos.

Los ojos de su majestad irradiaban lo que su alma sentía. Hasta el último momento, cuando la daga de Vhok se clavaba en su cuerpo y el traidor intentaba huir por la ventana.

La herida no fue mortal, y su majestad fue llevada ante los médicos supremos, bajo la gran montaña.

Vhok logró escapar. Aquellos que lo vieron contaron que su rostro era la cara misma del terror y el dolor. Salto desde la cima de la gran muralla hacia el vacío exterior. Ignora esta cansado cuerpo los motivos y el destino del que fue una vez un gran hombre y guerrero para el pueblo de Qwer.

La herida sanó rápidamente, pero no así su majestad que según manifestó en sus últimas palabras “la traición no se perdona, se paga con la vida del traidor. Pero si se traiciona el amor, ya no hay vida posible”.

Los médicos supremos nada pudieron hacer contra la voluntad de su majestad, Kjie, la princesa – guerrera.

Así es como la luz del pueblo de Qwer se apagó, bajo las entrañas de la gran montaña. Y con ella la esperanza de todo un pueblo.

Las leyes de Qwer establecían un apoderado hasta el surgimiento de su próxima majestad. Día que jamás llegaría para nuestro pueblo.

El enemigo del norte, ahora reforzado por nuestros propios hombres, permaneció inmóvil, dejando que el dolor nos debilitara. Esperando pacientemente hasta la hora precisa.

Tarde nos dimos cuenta del trágico rumbo que el destino nos deparaba. Los invasores no pensaban gastar ni siquiera un puñado de sus hombres.

Desviaron el río Ght, para que su cause se encontrase directamente contra la gran muralla de nuestra ciudad.

Usaron nuestra mayor defensa como arma.

El terreno en desnivel permitió que la muralla actuara como dique. Conteniendo el agua.

El enemigo seguía esperando mas allá. Sus planes eran claros y tarde los habíamos comprendido.

Finalmente el agua rebasó la defensa exterior. La ciudad se inundó lentamente. Aquellos que intentaban escapar eran acribillados con flechas envenenadas. Los que permanecían, morían ahogados.

Pronto renacerá nuevamente la Luna del este, y con ella, el último hilo de vida del pueblo de Qwer. No sé cuantas vidas quedan detrás de las murallas o si soy el único sobreviviente de lo que fue alguna vez, una próspera civilización.

La oscuridad del cielo deja entrever la próxima luz mortecina que nacerá, y con ella moriré.

Puedo sentir el suelo temblar como hace cinco lunas, cada vez mas fuerte, cada vez más cerca.

Dios mío, ahí vienen…

Elección

Mis ojos se abrieron con la pesadumbre de la mañana. El sol me daba directamente en los ojos.

—¡Amor! ¿Por qué abriste las cortinas?

—Perdón señor, el nivel de luminiscencia será graduado para su comodidad.

La voz era suave, pero monótona. Cuando logré abrir finalmente los ojos, encontré una máscara metálica a pocos centímetros de mi cara que me “observaba” fijamente. Pegué un grito (admito que quizás demasiado agudo y alejado de lo varonil) y al levantarme mi cabeza golpeó fuertemente contra el techo de lo pequeño que era el espacio.

—¿Se encuentra usted bien?

—Si, si… Gracias —mentí.

—En cuanto se sienta mejor, avíseme y dispondremos para usted los servicios pre solicitados.

—¿De qué estás hablando?

Me di cuenta que le estaba hablando a un robot de forma humanoide. Sin embargo, me generó más dudas pensar si tenía que tratarlo de “usted” o como un objeto, que el hecho de que sea un robot.

—Es normal que se sienta desorientado. Ahora lo llevaré a la sala de recreación.

Las piernas me temblaban, pero el fuerte brazo del androide me sirvió de sostén.

La puerta se abrió sin producir sonido alguno. La nueva habitación era color bordó y había en el centro un sillón que no se veía muy cómodo. El androide me llevó y me ayudó a sentarme. Él se quedó parado a mi lado.

Una voz, que parecía venir de todos lados, dijo:

—Bienvenido al programa de selección. A continuación le haremos unas breves preguntas para que usted, rápidamente, pueda disfrutar de su elección preferida. ¿A qué género desea pertenecer?

Después de unos segundos escuché una voz a mi lado:

—Tiene que responder señor —era el androide.

—¿Responder qué?

—Si desea ser hombre o mujer.

—Pero… Soy hombre —llevé mi mano para asegurarme que todo estaba en su lugar y respiré aliviado al comprobarlo.

—Usted a elegido “Hombre” —la voz retumbó en todo el lugar— ¿Qué raza prefiere? Recuerde que tiene la posibilidad de la improbabilidad, donde aleatoriamente se le asignará una.

—¿De qué está hablando?

Al unísono, la voz de la habitación y el androide me respondieron:

—Este es el programa de selección de personalidad, donde mediante preguntas simples usted podrá seleccionar su propia vida virtual. ¿Desea ser un pirata? ¿O quizás un conde? Todo es posible, sólo debe seleccionarlo y dedicarse a vivir su vida.

—Pero yo no quiero volver a la cosa de dormir, yo quiero ver el futuro. Quiero recorrer… lo que sea esto.

—Selección no computable, por favor, vuelva a intentar —dijo la voz de la habitación.

—¡Que no quiero dormir! Quiero ver las cosas que hay acá.

—Eso es imposible señor —esta vez fue el androide el que habló— Todos los seres de esta unidad están en las cápsulas. Ha sido así por miles de años.

—NO-QUIERO-DORMIR —dije remarcando con mis dedos cada una de las palabras.

Se escuchó un silbido agudo insoportable, intenté taparme los oídos pero no pude moverme.

—Selección de improbabilidad activada.

¡Que no! Quería gritar, pero mi cuerpo no me respondía. Sólo podía ver como una especie de imagen hacía zapping. Me estaba esforzando tanto en gritar que no vi donde se detuvo.

El androide me subió a una camilla y me llevó de regreso. En todo el trayecto yo seguía intentando gritar, pedir auxilio, algo.

Finalmente todo quedó sumergido en la oscuridad.

Mis ojos se abrieron despacio porque el sol me cegaba. Una mano, que estaba agarrada a la mía, me hacía una caricia.

—Al fin nos despertamos.

Me llevó un tiempo entender. Cuando logré ver, observé ante mí el mar más hermoso que pudiera imaginar. Bajo mis pies la arena más blanca y junto a mí, el hombre que me hablaba.

Pegué un salto alejándome de él.

—¿Qué pasa mi amor? —me dijo con una voz que intentaba ser tierna o dulce.

No-no-no-no-no. Incluso antes de comprobarlo, lo sabía. Bajé la vista y me encontré con un par de tetas enormes, agarradas por una diminuta bikini.

—¡Dios! ¡Tengo tetas! —no pude evitar decir.

—Y debo decir que son hermosas —me dijo él.

Le iba a responder todo el diccionario de puteadas. Pero eso no sucedió, es más: nada sucedió. Nunca más.

Mi rostro se puso colorado. Lo miré a los ojos y extendiéndole la mano le dije:

—¿Vamos de vuelta al agua?

Sonrió y se puso de pie. Me tomó de la mano y los dos fuimos corriendo hacia aquel hermoso mar. Yo sólo podía pensar en lo afortunada que era al haber encontrado a un hombre que me hiciera tan feliz.

Culpable

Escondido en el fondo de ese vagón de tren abandonado puedo escuchar a lo lejos como se acerca la gente de la policía. Los perros de rastreo no paran de aullar sabiendo que la presa se encuentra cerca.

Pero para que entiendan mi historia, debo remontarme a unos siete años atrás, en aquella fatídica noche cuando sin querer maté a un hombre.

Yo había cumplido mis catorce años y en el campo donde vivía junto a mi familia, era ya edad suficiente para ser tratado como un adulto completo. Era una noche sin luna cuando mis padres y mis dos hermanos me dejaron solo en la casa. Mis padres porque se habían ido a una peña y mis dos hermanos estaban cazando en el monte.

No teníamos ni televisión ni radio, la verdad que no había mucho para hacer así que me había ido a acostar temprano.

Estaba durmiendo cuando un ruido afuera hizo gruñir a Roberto, el perro que dormía a los pies de mi cama. Mi padre me había contado varias veces de algunos cuatreros que, amparados por la noche, entraban a llevarse verduras de la huerta que teníamos en el fondo.

Asustado entré en el cuarto de mi hermano Agustín y agarré el fusil que tenía colgado en la cabecera de la cama, busque las balas que ocultaba entre la ropa interior y una vez cargada el arma salí con el Roberto a la oscuridad.

—¿Quien anda ahí? —grité entrecortadamente.

No tuve respuesta.

El Roberto se paralizó y comenzó a gruñir para el lado de la calle. Entrecerré los ojos para ver mejor y vi una sombra que tambaleándose se acercaba.

—Quieto o disparo, quienquiera que sea.

Aquella figura llevó su mano a la cintura y antes de que pudiera sacar su arma disparé, creo que lo hice más para asustarlo que otra cosa. Se escuchó un ruido seco y eso fue todo.

Volví a entrar a la casa y salí con el farol. A los pocos metros encontré al intruso con un agujero justito en el medio de los ojos. Se trataba de Alberto, el vecino de al lado que había vuelto de la peña con algunas copas de más y el muy borracho se había equivocado de casa.

Ahí me encontraba yo, con el Roberto a mis pies, el fusil en la mano y un cadáver desangrándose. Instantáneamente el miedo me abrazó ¿Cómo iba yo a explicar esto? Todos sabían en el pueblo que el Alberto y nosotros no nos llevábamos bien. Tuvimos varios encontronazos por la forma en que él trataba a sus perros (los tenía siempre atados con una cadena) e incluso alguna que otra vez las cosas se habían ido a las manos.

Y yo ahora estaba con el cuerpo del Alberto acostado dentro del terreno familiar.

Hice lo que tenía que hacer: volví a entrar a la casa, agarré un bolso pequeño y metí adentro la ropa que tenía limpia, abracé al Roberto por última vez y cabalgando en el Felipe abandoné la casa para nunca más volver.

El Felipe era mi caballo, ya entrado en años pero fiel. El pobre no aguantó la vida del monte y tuve que sacrificarlo a los pocos meses. Y así me quedé solo, viviendo en el monte norte donde no iba nadie ya que no había nada para cazar. Cada tanto me acercaba a los ranchos que estaban más alejados del pueblo y me llevaba algún chancho y lo carneaba. Con eso comía algunos meses.

Me había convertido en la peor criatura que existía bajo el cielo de Dios: Era un cuatrero. Pero la virgencita sabía que lo hacía por necesidad y no por vagancia. Le rezaba todas las noches pidiéndole perdón por los males que le ocasionaba a otra gente, pero que eran necesarios para que yo pueda comer y seguir viviendo.

Con el tiempo deje de volver al pueblo y me interné más en el monte. Ahí había suficiente para que una alma pecadora pueda redimirse sin lastimar a nadie.

Los días se hicieron meses y los meses se hicieron años. Pasó mucho tiempo sin que volviera a ver a otro cristiano.

Pero hace cosa de dos meses escuché a unos caballos relinchar a lo lejos. Cautelosamente me acerqué y vi a un hombre uniformado de verde junto a la policía de mi pueblo. No llegué a escuchar de que estaban hablando pero el asunto me dio mala espina y me fui volando de ahí.

Pero no estaban solos, eran en total como veinte hombres que estaban rastrillando el monte. No tardaron mucho en descubrir mi choza, pero para cuando lo hicieron yo ya me encontraba lejos.

Mi mala suerte era grande y cuando descubrí la otra patrulla que venía rastrillando el monte en sentido contrario ya estaba metido en la trampa.

Retrocedí hasta donde puede y finalmente encontré unos vagones abandonados de lo que era el ferrocarril. El tren ya no andaba desde que yo era pequeño, fruto del avance de nuestro país y el olvido de los pequeños pueblos como el nuestro.

Escondido en el fondo de este vagón de tren abandonado pude escuchar a lo lejos como se acercaba la gente de la policía. La luz del sol ya estaba desapareciendo y, pensando que quizás el manto de la noche me protegería, veo que la policía trajo linternas poderosas.

Los perros se volvieron locos en la puerta del vagón abandonado y cuando la abrieron me dejaron ciego con tantas luces apuntándome.

Me agarraron entre al menos tres y me esposaron. Yo no puse resistencia, estaba débil de comer tan poco y además seamos sinceros: me merezco mi castigo.

Apuntándome con sus escopetas me bajaron del monte y me puserion dentro de un vehículo sin ventanas. Agotado perdí la conciencia mientras me llevaban.

Me desperté detrás de las rejas de la comisaría. Me dieron un plato de comida y me preguntaron quien soy. Les dije mi nombre pero no me conocieron. Creo que todos estábamos bastante confundidos por eso.

Trajeron a alguien para que me corte el pelo y me saque la espesa barba que me había crecido en todos estos años.

El comisario se sentó a mi lado y me vuelve a preguntar quien soy.

—Juan Villalba —le digo nuevamente.

—Villalba… Villalba. ¿Y usted dice que vivía en este pueblo?

—Si, en la calle Padre Domingo al fondo.

Se ve que el comisario estaba en el pueblo hace un par de años nomas y no conocía a mi familia. Vuelve a la media hora y con rostro compungido se sienta a mi lado.

—Temo decirle que su familia ya no vive más en esa casa, se encuentra abandonada hace años.

—Claro… lo entiendo —es todo lo que llegué a balbucear.

—Se fueron luego del asunto de su hermano.

Ahí fui yo el que miró extraño al comisario.

—¿Usted no sabe nada? —preguntó.

Y moviendo la cabeza de lado a lado le respondí que no.

—Fue hace varios años ya, antes de que yo venga a parar de comisario aquí. Su hermano le dio un tiro en la cabeza a Alberto Santini. Lo encontraron con el arma en la mano y el cadáver seco en el piso.

Su hermano dijo todo el tiempo que había llegado del monte, donde se había ido a cazar. Pero no tenía ninguna presa con él. Lo encontraron culpable y lo colgaron al día siguiente.

Su familia se vio tan relegada por todo el pueblo que no pasó ni un mes que ya se habían ido vaya a saber Dios a donde. Acá no le dijeron a nadie.

—¿El agustín esta muerto?

—Bueno… si, mató a un hombre. Fue justicia. Lamento que no lo supiera. Nosotros estábamos buscando a un preso que se escapó cuando lo encontramos a usted entre los montes. Nadie va por aquellos lugares.

No pude decirle nada al comisario. Supongo que él confundió mis lágrimas cuando comencé a llorar por el Agustín.

El extraño caso del hombre que tenía una bombilla por cabeza

Fue hace algunos años ya, más de los que deberían y sin embargo tan pocos. Todo empezó cuando un paisano llegó al grito que la luz mala se venía. Al principio pensamos que Alfonso (ése era el nombre del gaucho) había estado disfrutando un poco más de la cuenta de los placeres etílicos o que finalmente la soledad de la pampa había causado estragos en la mente del pobre hombre. Mientras intentábamos calmar su verborragia asfixiante, alguien señaló hacia el horizonte donde, efectivamente, una tenue luz titilaba. El silencio que nos invadió a todos no puede expresarse en blanco y negro. Incluso los perros dejaron de chumbar.

Recién cuando estaba a unos cincuenta metros todos lo vimos con claridad, en parte gracias a la propia luminosidad que aportaba. Don Rogelio, a pesar de tener una voz predominantemente gruesa, chilló como un cabrito y cayó en seco como si fuera un títere al que le cortan las cuerdas. Al menos media docena corrieron despavoridos gritando que el fin había llegado.

Cuando aquel hombre estuvo cerca de la Yolanda se escuchó una voz muy dulce y tranquila que dijo:

—Buenas noches.

Al mismo tiempo que toda esa esfera iluminada se inclinaba levemente hacia adelante.

—Buenas noches… —respondió la Yolanda.

Y así siguió saludando a todos los que allí nos encontrábamos. Instantáneamente tal gesto de caballerosidad –prácticamente perdido en estos días– hizo que aquel hombre nos caiga en gracia.

Fuimos todos –incluido el recién llegado– al bar “Imperial” situado a escasos metros. El ambiente era cálido mientras el vino de la casa se repartía de mano en mano, el único entre todos que no bebió fue el forastero, decía que la bebida no era lo suyo.

—¿Y qué es lo suyo? —preguntó en un momento Braulio.

—Otras cosas.

Y en verdad que eran varias otras cosas, aquel individuo sabía desde agricultura hasta de astronomía. Su rasgo más característico era sin embargo la amabilidad que emanaba de aquella bombilla parlante. Nunca elevaba la voz, nunca tomaba una pregunta como un tema demasiado fácil para responder. A todo le daba su justo lugar.

Tal fue la buena impresión que causó en todos los habitantes, que en las elecciones que hubo para alcalde el hombre con la bombilla por cabeza ganó por amplio margen sin siquiera haberse postulado.

Lamentablemente nunca llegó a ejercer su puesto, faltando menos de una semana para asumir el cargo lo encontramos la Yolanda y yo tumbado en la cama. Al principio pensamos que simplemente se había quedado dormido –cosa rara, dado que siempre se levantaba con el alba– pero la triste realidad era otra: el filamento de su cabeza estaba cortado, seguramente sucedió mientras dormía, o al menos eso esperamos.

A su funeral acudieron incluso gente de pueblos linderos. En cada rostro se podía observar el dolor, pues aquel hombre había tocado el corazón de cada uno de nosotros.

Jamás supimos su nombre, ni de donde provino. Pero en nuestro pueblo no importa el pasado, sino la marca que se deja al pasar.

Iván

Cuando nació, el médico le dio el chirlo de bienvenida a este mundo y el niño lloró ante el rubor de su trasero dolorido y el ardor del aire en sus pulmones. Inmediatamente después de eso se quedó en silencio, miró a los ojos a cada uno de los que estaban en la sala de parto finalizando en el médico que lo tenía agarrado de los pies y dijo:

—Yo sé.

Dos enfermeras se desmayaron, la tercera salió corriendo al grito de “hijo é diablo” pero el médico pasado los primeros segundo de terror al escuchar la voz del recién nacido, pudo ver en esos pequeños ojos un océano de conocimiento.

De inmediato fue catalogado como “especial” y se lo puso en condiciones para su estudio. Pasaron dos años, pero el niño no volvió a mostrar ninguna característica especial o anormal, por lo cual fue puesto nuevamente en tutelaje de sus padres biológicos. En cuanto estuvieron los tres solos, el niño los llevó de la mano a la habitación, cerró la puerta delicadamente y seriamente los miró.

—Que no vuelva a pasar.

—Pero querido… —comenzó la madre intentado hacer una explicación.

—Mi nombre es Iván.

—¿Iván? —fue la respuesta instantánea de ambos padres.

—¿Algún problema con mi nombre?

No se animaron a responder, tan sólo negaron con la cabeza.

De decir algo realmente positivo del pequeño Iván sería que era totalmente independiente: no hacía falta cambiarle pañales, o alimentarlo.

Cuando el joven tenía aproximadamente cinco años, su padre pasó por la puerta del cuarto del primogénito encontrándola abierta. El pequeño estaba ensimismado sobre algo colocando piezas, cables y tornillos como si hubiera hecho aquella tarea miles de veces.

A pesar de las peculiaridades de su hijo, al hombre lo inundó un profundo sentimiento de orgullo y cariñosamente se acercó.

—¿En que estasssssAAAAHHHHHHHHHHHHH —no pudo pasar por el marco de la puerta— ¿Qué carajo es esto?

—Se llama “Campo de fuerza”. Sirve para alejar a intrusos como tu, el ente biológico del cual emergí y esa abominación de cuatro patas llamada “Alex, el gato”.

—Esto, esto es realmente maravilloso hijo…

—Lo sé.

El pequeñín dejó lo que estaba haciendo y miró al que con ojos llenos de lágrimas esperaba del otro lado de la puerta. Al principio pensó que había seteado el campo de fuerza demasiado fuerte, pero al rato comprendió que compartía una conexión especial con aquel mamífero vertebrado, vivíparo y casi racional.

En la escuela, si bien era el mejor de su clase con un promedio de diez en todas las asignaturas (salvo en educación física) también tenía ciertos problemas con sus compañeros. El punto máximo fue cuando le pusieron veinticuatro amonestaciones por disparar un rayo paralizante de su invención a todos los niños del curso. “No les va a causar mayores daños cerebrales de los que ya les provocaba la profesora” fue lo único que dijo en su defensa.

Se negaba a ser abanderado alegando que eso era para “alimentar el ego y una competencia que estaba muy por debajo de su nivel”.

En casa las cosas se habían acomodado. Iván le hacia a su padre los formularios de impuestos y retenciones mientras se secaba después de algún baño y su madre disfrutaba de una cocina totalmente automática que manejaba menús de todo el mundo.

Alex había desaparecido misteriosamente sin dejar rastros.

Ambos padres decidieron de común acuerdo que mandar al pequeño a la escuela era una pérdida de tiempo y de la capacidad del querubín. Iván estaba encantado con su nueva máquina para insertar ideas en la mente de homo sapiens sapiens adultos.

Un tranquilo sábado de octubre, el niño mostró -quizás por primera vez- signos de emoción, había terminado una tarea después de casi un año: el condensador positrónico de materia.

Llamó nerviosamente a sus padres y estos fueron corriendo hacia el cuarto de su hijo creyendo que le había pasado algo (ya que nunca había gritado hasta entonces).

—Entren, quiero que sean testigos de mi magnificencia.

Su madre entró pensando que desde que el pequeño nació no había vuelto a poner pie en aquella habitación. Su padre en cambio parecía un mimo en el pasillo.

—No hay campo de fuerza conectado padre.

—Ah, bien hijo, bien.

Los dos se sentaron en las sillas previamente ubicadas para que el efecto de la luz/sombra sea el adecuado.

—Contemplad al CPM.

—¿¿SINDROME PRE MENSTRUAL?? —gritó su madre casi sin aire.

—¿Síndrome? ¡Síndrome es con “S”! ¿Y cómo una máquina va a tener un síndrome pre-menstrual? Es una máquina.

—Tampoco creía que una máquina pudiera hacer Mole de Huajapam, pero Jaime puede.

—¿Jaime? —preguntó el pequeño.

—El coso de la cocina, lo llamo “Jaime”. Como el robot de la serie.

—¿El coso es la máquina? ¿Que serie? —miraba a su padre y a su madre intermitentemente— ¿Te llega sangre hasta ahí arriba? Recuérdame que después te haga un escaneo general.

Ella aplaudió contenta.

—Ahora, el motivo por el cual están aquí —continuó Iván— ante ustedes el CP… el condensador positrónico de materia.

—Es hermoso —dijo su madre.

—Increíble —dijo su padre.

—No tienen idea de lo que es —dijo Iván.

—No —fue la respuesta de ambos.

—Básicamente es un teletransportador, se los voy a demostrar teletransportándome al patio trasero de la casa.

Activó algunos interruptores, accionó unos botones y de repente una esfera gris turbulenta se formó en el medio del aire, como si fuera una pelusa o una pelota de nubes de tormenta. Giró una palanca y la esfera se expandió a un óvalo.

—Y ahora…. —un extraño ruido hizo que no continúe hablando.

—BANZAAAAAAAAAAIIIIIIIIIIIII.

Alex, el gato saltó gritando desde el óvalo hacia la cara de Iván. Maldiciendo y peleando rodaron de izquierda a derecha de la habitación mientras los padres atónitos contemplaban la escena. Finalmente el minino triunfó sobre el pequeño con un clásico bloqueo de llave de brazo sobre la espalda.

—¿Que significa todo esto? —el énfasis en la voz de su padre se debía más al orgullo de ver perder en una pelea a su hijo que a otra cosa.

—Centinela interdimencional Señor —dijo ceremonialmente Alex. Ante la mirada incrédula del humano continúo— Su hijo es un fugitivo de la ley. Verá, en el útero de la señora, se creo sin querer un pasaje interdimencional, el pequeño Iván aprovechó dicho pasaje para su beneficio usurpando los conocimientos de la biblioteca real galáctica. Lo estuvimos rastreando durante casi treinta y dos años hasta que dimos con él.

—Pero mi hijo tiene sólo siete años.

—Siete años humanos, treinta y dos años según nuestra percepción.

—Ah…

Alex sacó una pequeña pulga de su costado y la introdujo en el oído de Iván ante la cara de asco de ambos humanos adultos. Hecho eso se acercó lentamente al pequeño y susurró:

—Borra toda la información confidencial Adalberto, incluyendo esas fotos mías en zunga.

Cuando Iván dejó de forcejear y tenía los ojos en blanco Alex soltó su brazo, sonrió ante el pequeño público y gritando “Banzai” volvió a saltar por el óvalo.

A los poco segundos Adalberto ( la pequeña pulga) también saltó al óvalo al grito de “Banzai”.

Increíblemente el CPM (o condensador positrónico de materia para los entendidos) salió despedido como si hubieran tirado de una cuerda, también hacia el óvalo, pero sin emitir ningún grito.

El óvalo se condensó hasta formar una esfera y finalmente desapareció.

Iván despertó un rato después en los brazos de sus padres, a los que devolvió el abrazo.

Esa noche se negó a comer su verdura, a bañarse y a lavarse los dientes. Después se quedó dormido mirando, por primera vez en su vida, la televisión.