Elefantes

Manuel apoya la última caja que descargó del camión. Oficialmente, ya está mudado. Es una pequeña casa sobre un local, con una puertecita linda y una escalera enorme, interminable, que parece subir hasta las nubes. Una sonrisa se forma en su rostro, le gusta su casa nueva.

Es mediodía y la heladera no está ni enchufada. Por suerte, enfrente hay un mini-mercado. Toma un poco de dinero y cruza por el medio de la calle.

Primero piensa en comprar unos fideos, pero descarta la idea por parecerle mucho trabajo. Finalmente toma una lata de jardinera, otra de choclo y un paquete de arroz. Haciendo equilibrio llega hasta la caja para pagar. Una señora mayor, que ya estaba en la fila, se da vuelta y le sonríe. Manuel le devuelve el gesto.

La fila avanza lento. Pasado unos minutos, le toca el turno a la señora y Manuel apoya cuidadosamente sus latas en el borde de la cinta. La anciana lo mira un par de veces hasta que se anima a hablarle.

—¿Vos sos el nene que se mudó enfrente, no? A la casa de arriba.

Manuel se siente un poco incómodo con que le digan “nene”, pero de todas formas responde con una sonrisa.

—Si, la de ahí. Cruzando la calle.

—Recuerdo cuando era pequeña, antes ahí funcionaba un jardín de infantes. No recuerdo el nombre… Bueno, el asunto es que un día un vagabundo, de esos que andan siempre rodeado de gatos ¿Viste? Bueno, se metió en el jardín y, así como así, mató a todos los chicos y a la maestras ¡De la nada! La policía lo mató antes de que pudiera decir una palabra ¡Pobres chiquitos! El mundo viene mal hace rato. Recuerdo que justo pasaba por ahí cuando sacaron el cuerpo del vagabundo en una camilla. Mi padre me llevaba al zoológico y yo tenía en mi mano a mi elefantito rosa —larga un suspiro y pestañea un par de veces, como saliendo del recuerdo— Bueno. Bienvenido al barrio, nene.

Se da media vuelta y con pequeños pasos se va del local. Manuel no puede salir de su asombro y se mira con la cajera.

—Simpática la vieja —logra decir finalmente.

Ella le devuelve la sonrisa. Manuel piensa que es linda pero no se anima a decirle nada. Paga y regresa cruzando por el medio de la calle a su casa. Cuando cierra la puerta se siente algo incómodo. Recorre las habitaciones y en el baño se fija detrás de la cortina. Luego y solo luego se sienta a comer.

El resto del día se la pasa ordenando sus pertenencias y no puede evitar pensar la cantidad de porquerías que uno junta con el tiempo.

Llega la noche y decide dar por terminada esa jornada, se da un baño caliente y se sirve los restos del almuerzo. Sin previo aviso, la casa queda a oscuras.

—¿Ya empezamos con los cortes de luz? ¡Pero si no es verano todavía!

Se asoma por la ventana y observa que el resto de las casas tienen energía. Entre dientes insulta esperando que sólo haya saltado la térmica. De otra forma va a tener que gastar un dinero, que no tenía planificado, en un electricista.

Muy lentamente, intentando evitar cajas y muebles en la oscuridad, va hasta la cocina. Recuerda que el disyuntor está detrás de la heladera. Mete su brazo entre esta y la pared. Palpa los azulejos hasta que da con la pequeña puerta metálica.

Nota algo en la oscuridad de la sala y siente como su nuca se eriza del miedo. Puede sentir las palpitaciones en su pecho tan claras como un tambor.

Ríe para intentar calmarse, pero se detiene cuando descubre aquello que llamó su atención: dos ojos brillando en la negrura que lo miran fijo.

Se escucha un maullido y Manuel respira aliviado.

—¿Por dónde te metiste, eh?

Aquellos ojos amarillos lo siguen mirando fijo, amenazantes. Detrás aparecen otro par y luego otro. Manuel siente que algo no está bien y todos sus músculos se tensan presa del terror.

Los últimos ojos que aparecen son diferentes al resto. Como si tuvieran una maldad ancestral. Manuel no puede quitarles la vista. Aquellos ojos parpadean y se elevan hasta la altura de su visión.

—Eso no puede ser un gato…

Se escucha una pisada y luego otra, lo que sea que es eso se está acercando. Manuel retrocede envuelto en pánico hasta que choca con la pared. La criatura se detiene bajo el marco de la puerta y sonríe, algo brilla en su mano derecha, algo filoso.

Manuel sale de su estupor y busca algo, lo que sea, sobre la mesada. Se topa con un vaso que estaba secándose. Lo toma y se lo arroja con todas sus fuerzas pero simplemente atraviesa a la criatura. Esta, sin dejar de sonreír, da un paso adelante y con el objeto filoso de su mano raya la heladera. Es real.

Manuel sigue tanteando, encuentra un jarro y se lo lanza. La puntería no lo acompaña y le pega a un gato que está sobre la heladera. El felino grita, pero la criatura se retuerce y retrocede cubriéndose un ojo.

—Gatos, te daño con los gatos.

Sin pensarlo dos veces, abre el cajón que está a su lado y saca el cuchillo más grande que encuentra. Escucha un maullido a su izquierda, sobre la mesada. Le descarga una estocada y le corta una pata. La criatura cae presa del dolor.

Los gatos van cayendo de a uno. Es una masacre. Corren por todos lados y Manuel fuera de sí va detrás de ellos.

Siente la sangre de su carnicería mancharle el cuerpo, pero no le importa, incluso lo está disfrutando. Un gato quiere pasar corriendo a su lado. Logra tomarlo de las orejas, lo alza y lo degüella fácilmente.

La puerta de entrada se abre bruscamente y cinco sujetos entran gritando. Manuel levanta sus brazos instintivamente. En su mano derecha aún sostiene el cuchillo ensangrentado. En la mano izquierda unos cabellos rubios manchados de sangre, con una pequeña cabecita oscilando.

Hay un ruido ensordecedor.

A Manuel le duelen los oídos y siente puntadas en el pecho.

Cuando la policía retira el cuerpo, la sábana que lo cubre no tarda en teñirse del rojizo color. Afuera ya se había concentrado una multitud de vecinos. Entre la gente hay un padre con su hija que sostiene un pequeño elefante rosa. El hombre reflexiona y decide protegerla de ese espectáculo inapropiado.

La toma en brazos y siguen caminando, ella con dulzura lo mira.

—¿Papá, Le voy a poder dar de comer a la Jirafa hoy?

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