Movimiento Solar

Los habitantes de la ciudad hacían su vida diaria. Estaba la gran mayoría trabajando dado el horario y la gran masa de gente circulaba por las calles.

Sin embargo fue una jornada que pocos olvidarían. La causa fue que el mediodía se prolongó demasiado (algunos tardaron más que otros en darse cuenta) pero con el correr de los minutos y con ellos las horas, el rumor se convirtió en el único tema en la boca de todos: Aparentemente el sol había dejado de moverse.

Los expertos hicieron unas conjeturas preliminares, pero no llegaron a una explicación que los satisficiera. Por lo tanto se designo una agrupación gubernamental sin fines de lucro: La I.C.A.S. (Investigación del Cese Aparente del Sol).

A la semana de haber formado el comité partieron hacia la cúpula celeste. Todos los ciudadanos estaban atentos a los informes que se transmitían por radio y televisión. El comité tardó un poco mas de lo esperado debido a un pequeño percance el cual les obligo a cambiar unas de las llantas.

Cuando llegaron, bajaron del auto todos los científicos y el más joven dijo:

—Tengo una idea, puede ser tan descabellada que quizás funcione.

Se acercó lentamente a la cúpula celeste, puso sus dos manos sobre ella y empujó hacia arriba. A su espalda escuchó unas rápidas risas y la voz seca y profunda del Dr. Lin.

—Querido joven, estamos agradecidos por su entusiasmo. Pero estamos en el oeste no en el este, debe usted empujar hacia abajo.

Las risas no se detuvieron y el joven tomó varios colores. No dijo una palabra y empujó hacia abajo. Nada, la cúpula no mostró ninguna intensión de moverse.

Todos tuvieron su turno de probar teorías, pero ni la música, ni el aceite, ni siquiera un ramo de flores pudieron lograrlo.

Volvieron desconcertados. Después de analizar la situación por casi un mes, idearon un proyecto faraónico: Consistía en excavar un túnel intentando llegar así mas allá de la cúpula celeste. Tal idea estaba basada en la hipótesis de que se había acabado la energía responsable del movimiento. Hubo voces en contra que gritaban “¿Qué hacemos si no poseemos la energía suficiente? ¿O la calidad siquiera?” Pero una cosa a la vez, primero estaba saber el qué y después el cómo.

Cavaron durante semanas, las semanas se hicieron meses y los meses sumaron catorce hasta que llegaron. No exactamente donde querían porque se encontraron con algo que no esperaban: La cúpula celeste, era en realidad, una esfera celeste.

Desanimados, se miraron unos a otros, un nuevo callejón sin salida les había enterrado una posible solución.

En la conferencia de prensa estaban todos con caras largas, pero la mayoría de la gente no asistió. Había pasado tanto tiempo desde la detención del Sol que habían readaptado sus vidas.

Las horarios de trabajo eran más flexibles, los bancos abrían más horas y la inseguridad había disminuido. La economía había sentido un crecimiento, sobre todo en el sector textil (ampliamente debido a la creciente venta de cortinas dobles y triples.)

Y la vida siguió en la ciudad, como siguen todas las cosas.

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Elección

Mis ojos se abrieron con la pesadumbre de la mañana. El sol me daba directamente en los ojos.

—¡Amor! ¿Por qué abriste las cortinas?

—Perdón señor, el nivel de luminiscencia será graduado para su comodidad.

La voz era suave, pero monótona. Cuando logré abrir finalmente los ojos, encontré una máscara metálica a pocos centímetros de mi cara que me “observaba” fijamente. Pegué un grito (admito que quizás demasiado agudo y alejado de lo varonil) y al levantarme mi cabeza golpeó fuertemente contra el techo de lo pequeño que era el espacio.

—¿Se encuentra usted bien?

—Si, si… Gracias —mentí.

—En cuanto se sienta mejor, avíseme y dispondremos para usted los servicios pre solicitados.

—¿De qué estás hablando?

Me di cuenta que le estaba hablando a un robot de forma humanoide. Sin embargo, me generó más dudas pensar si tenía que tratarlo de “usted” o como un objeto, que el hecho de que sea un robot.

—Es normal que se sienta desorientado. Ahora lo llevaré a la sala de recreación.

Las piernas me temblaban, pero el fuerte brazo del androide me sirvió de sostén.

La puerta se abrió sin producir sonido alguno. La nueva habitación era color bordó y había en el centro un sillón que no se veía muy cómodo. El androide me llevó y me ayudó a sentarme. Él se quedó parado a mi lado.

Una voz, que parecía venir de todos lados, dijo:

—Bienvenido al programa de selección. A continuación le haremos unas breves preguntas para que usted, rápidamente, pueda disfrutar de su elección preferida. ¿A qué género desea pertenecer?

Después de unos segundos escuché una voz a mi lado:

—Tiene que responder señor —era el androide.

—¿Responder qué?

—Si desea ser hombre o mujer.

—Pero… Soy hombre —llevé mi mano para asegurarme que todo estaba en su lugar y respiré aliviado al comprobarlo.

—Usted a elegido “Hombre” —la voz retumbó en todo el lugar— ¿Qué raza prefiere? Recuerde que tiene la posibilidad de la improbabilidad, donde aleatoriamente se le asignará una.

—¿De qué está hablando?

Al unísono, la voz de la habitación y el androide me respondieron:

—Este es el programa de selección de personalidad, donde mediante preguntas simples usted podrá seleccionar su propia vida virtual. ¿Desea ser un pirata? ¿O quizás un conde? Todo es posible, sólo debe seleccionarlo y dedicarse a vivir su vida.

—Pero yo no quiero volver a la cosa de dormir, yo quiero ver el futuro. Quiero recorrer… lo que sea esto.

—Selección no computable, por favor, vuelva a intentar —dijo la voz de la habitación.

—¡Que no quiero dormir! Quiero ver las cosas que hay acá.

—Eso es imposible señor —esta vez fue el androide el que habló— Todos los seres de esta unidad están en las cápsulas. Ha sido así por miles de años.

—NO-QUIERO-DORMIR —dije remarcando con mis dedos cada una de las palabras.

Se escuchó un silbido agudo insoportable, intenté taparme los oídos pero no pude moverme.

—Selección de improbabilidad activada.

¡Que no! Quería gritar, pero mi cuerpo no me respondía. Sólo podía ver como una especie de imagen hacía zapping. Me estaba esforzando tanto en gritar que no vi donde se detuvo.

El androide me subió a una camilla y me llevó de regreso. En todo el trayecto yo seguía intentando gritar, pedir auxilio, algo.

Finalmente todo quedó sumergido en la oscuridad.

Mis ojos se abrieron despacio porque el sol me cegaba. Una mano, que estaba agarrada a la mía, me hacía una caricia.

—Al fin nos despertamos.

Me llevó un tiempo entender. Cuando logré ver, observé ante mí el mar más hermoso que pudiera imaginar. Bajo mis pies la arena más blanca y junto a mí, el hombre que me hablaba.

Pegué un salto alejándome de él.

—¿Qué pasa mi amor? —me dijo con una voz que intentaba ser tierna o dulce.

No-no-no-no-no. Incluso antes de comprobarlo, lo sabía. Bajé la vista y me encontré con un par de tetas enormes, agarradas por una diminuta bikini.

—¡Dios! ¡Tengo tetas! —no pude evitar decir.

—Y debo decir que son hermosas —me dijo él.

Le iba a responder todo el diccionario de puteadas. Pero eso no sucedió, es más: nada sucedió. Nunca más.

Mi rostro se puso colorado. Lo miré a los ojos y extendiéndole la mano le dije:

—¿Vamos de vuelta al agua?

Sonrió y se puso de pie. Me tomó de la mano y los dos fuimos corriendo hacia aquel hermoso mar. Yo sólo podía pensar en lo afortunada que era al haber encontrado a un hombre que me hiciera tan feliz.

Oráculo

Después de caminar innumerables días finalmente llegó. La gran montaña donde vivía el oráculo se alzaba delante de él.

Cuando entró a la caverna, inmensa por donde se la mire, un frío recorrió todo su cuerpo. En el medio del recinto unas escaleras se alzaban, grandiosas y majestuosas, hasta el gran trono donde una figura lo observaba con ojos profundos.

—Disculpe ¿Es usted el oráculo? —la voz del visitante hizo eco en toda la caverna.

—Por supuesto, de otra manera no estaría aquí.

La figura del trono se veía agotada, cansada. Su voz era rasposa, pero imponente.

—Es que… tenía entendido que el oráculo era… bueno, un unicornio.

—Es verdad lo que dices, pero los poderes que en mí viven, más allá de mostrarme el tiempo sin tiempo, permiten cambiar mi apariencia a voluntad. En esta era, mi elección es la que ves: un centauro.

El visitante asintió un par de veces, aunque estaba convencido que había apariencias más cómodas para estar sentado todo el día.

—¡Oh, Gran oráculo! Vengo desde muy lejos para consultarte por mi pueblo —el centauro comenzó a toser— ¿Oráculo? ¿Or…?

La gran figura del trono se desplomó en el suelo. El visitante, después de unos segundo de incertidumbre, comenzó a subir uno a uno los grandes escalones hasta llegar a la cima. Encontró al oráculo arrastrándose hacia la parte posterior del trono, pero cuando aún quedaban sus patas traseras a la vista, exhaló una última vez y dejó de moverse.

El visitante se acercó y descubrió, para su asombro, que detrás del trono emergía una nueva caverna más grande incluso que la primera. Esta segunda gruta estaba repleta de esqueletos hasta donde llegaba la vista.

Tomó al centauro por sus patas delanteras y con gran esfuerzo lo arrastró hasta el montículo más cercano de cadáveres. No sabía muy bien porque lo había hecho, simplemente parecía lo correcto. Estaba a punto de emprender el camino de regreso cuando uno de los cuerpo en descomposición llamó su atención. Obviamente era el más reciente de ellos: un unicornio.

Cuando emergió otra vez desde la parte posterior del trono, una voz retumbó en la caverna principal.

—Disculpe ¿Es usted el oráculo?

Observó al nuevo visitante desde las alturas. Sacudió sus ropas y sin pensarlo mucho se sentó en el trono.

—Por supuesto, sino no estaría aquí.

—Pensaba que el oráculo era una… hidra.

—Verdad, pero mis poderes del tiempo… ejem, me permiten cambiar mi apariencia a voluntad ¿Y que mejor elección que la de un grifo?