El extraño caso del hombre que tenía una bombilla por cabeza

Fue hace algunos años ya, más de los que deberían y sin embargo tan pocos. Todo empezó cuando un paisano llegó al grito que la luz mala se venía. Al principio pensamos que Alfonso (ése era el nombre del gaucho) había estado disfrutando un poco más de la cuenta de los placeres etílicos o que finalmente la soledad de la pampa había causado estragos en la mente del pobre hombre. Mientras intentábamos calmar su verborragia asfixiante, alguien señaló hacia el horizonte donde, efectivamente, una tenue luz titilaba. El silencio que nos invadió a todos no puede expresarse en blanco y negro. Incluso los perros dejaron de chumbar.

Recién cuando estaba a unos cincuenta metros todos lo vimos con claridad, en parte gracias a la propia luminosidad que aportaba. Don Rogelio, a pesar de tener una voz predominantemente gruesa, chilló como un cabrito y cayó en seco como si fuera un títere al que le cortan las cuerdas. Al menos media docena corrieron despavoridos gritando que el fin había llegado.

Cuando aquel hombre estuvo cerca de la Yolanda se escuchó una voz muy dulce y tranquila que dijo:

—Buenas noches.

Al mismo tiempo que toda esa esfera iluminada se inclinaba levemente hacia adelante.

—Buenas noches… —respondió la Yolanda.

Y así siguió saludando a todos los que allí nos encontrábamos. Instantáneamente tal gesto de caballerosidad –prácticamente perdido en estos días– hizo que aquel hombre nos caiga en gracia.

Fuimos todos –incluido el recién llegado– al bar “Imperial” situado a escasos metros. El ambiente era cálido mientras el vino de la casa se repartía de mano en mano, el único entre todos que no bebió fue el forastero, decía que la bebida no era lo suyo.

—¿Y qué es lo suyo? —preguntó en un momento Braulio.

—Otras cosas.

Y en verdad que eran varias otras cosas, aquel individuo sabía desde agricultura hasta de astronomía. Su rasgo más característico era sin embargo la amabilidad que emanaba de aquella bombilla parlante. Nunca elevaba la voz, nunca tomaba una pregunta como un tema demasiado fácil para responder. A todo le daba su justo lugar.

Tal fue la buena impresión que causó en todos los habitantes, que en las elecciones que hubo para alcalde el hombre con la bombilla por cabeza ganó por amplio margen sin siquiera haberse postulado.

Lamentablemente nunca llegó a ejercer su puesto, faltando menos de una semana para asumir el cargo lo encontramos la Yolanda y yo tumbado en la cama. Al principio pensamos que simplemente se había quedado dormido –cosa rara, dado que siempre se levantaba con el alba– pero la triste realidad era otra: el filamento de su cabeza estaba cortado, seguramente sucedió mientras dormía, o al menos eso esperamos.

A su funeral acudieron incluso gente de pueblos linderos. En cada rostro se podía observar el dolor, pues aquel hombre había tocado el corazón de cada uno de nosotros.

Jamás supimos su nombre, ni de donde provino. Pero en nuestro pueblo no importa el pasado, sino la marca que se deja al pasar.

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Iván

Cuando nació, el médico le dio el chirlo de bienvenida a este mundo y el niño lloró ante el rubor de su trasero dolorido y el ardor del aire en sus pulmones. Inmediatamente después de eso se quedó en silencio, miró a los ojos a cada uno de los que estaban en la sala de parto finalizando en el médico que lo tenía agarrado de los pies y dijo:

—Yo sé.

Dos enfermeras se desmayaron, la tercera salió corriendo al grito de “hijo é diablo” pero el médico pasado los primeros segundo de terror al escuchar la voz del recién nacido, pudo ver en esos pequeños ojos un océano de conocimiento.

De inmediato fue catalogado como “especial” y se lo puso en condiciones para su estudio. Pasaron dos años, pero el niño no volvió a mostrar ninguna característica especial o anormal, por lo cual fue puesto nuevamente en tutelaje de sus padres biológicos. En cuanto estuvieron los tres solos, el niño los llevó de la mano a la habitación, cerró la puerta delicadamente y seriamente los miró.

—Que no vuelva a pasar.

—Pero querido… —comenzó la madre intentado hacer una explicación.

—Mi nombre es Iván.

—¿Iván? —fue la respuesta instantánea de ambos padres.

—¿Algún problema con mi nombre?

No se animaron a responder, tan sólo negaron con la cabeza.

De decir algo realmente positivo del pequeño Iván sería que era totalmente independiente: no hacía falta cambiarle pañales, o alimentarlo.

Cuando el joven tenía aproximadamente cinco años, su padre pasó por la puerta del cuarto del primogénito encontrándola abierta. El pequeño estaba ensimismado sobre algo colocando piezas, cables y tornillos como si hubiera hecho aquella tarea miles de veces.

A pesar de las peculiaridades de su hijo, al hombre lo inundó un profundo sentimiento de orgullo y cariñosamente se acercó.

—¿En que estasssssAAAAHHHHHHHHHHHHH —no pudo pasar por el marco de la puerta— ¿Qué carajo es esto?

—Se llama “Campo de fuerza”. Sirve para alejar a intrusos como tu, el ente biológico del cual emergí y esa abominación de cuatro patas llamada “Alex, el gato”.

—Esto, esto es realmente maravilloso hijo…

—Lo sé.

El pequeñín dejó lo que estaba haciendo y miró al que con ojos llenos de lágrimas esperaba del otro lado de la puerta. Al principio pensó que había seteado el campo de fuerza demasiado fuerte, pero al rato comprendió que compartía una conexión especial con aquel mamífero vertebrado, vivíparo y casi racional.

En la escuela, si bien era el mejor de su clase con un promedio de diez en todas las asignaturas (salvo en educación física) también tenía ciertos problemas con sus compañeros. El punto máximo fue cuando le pusieron veinticuatro amonestaciones por disparar un rayo paralizante de su invención a todos los niños del curso. “No les va a causar mayores daños cerebrales de los que ya les provocaba la profesora” fue lo único que dijo en su defensa.

Se negaba a ser abanderado alegando que eso era para “alimentar el ego y una competencia que estaba muy por debajo de su nivel”.

En casa las cosas se habían acomodado. Iván le hacia a su padre los formularios de impuestos y retenciones mientras se secaba después de algún baño y su madre disfrutaba de una cocina totalmente automática que manejaba menús de todo el mundo.

Alex había desaparecido misteriosamente sin dejar rastros.

Ambos padres decidieron de común acuerdo que mandar al pequeño a la escuela era una pérdida de tiempo y de la capacidad del querubín. Iván estaba encantado con su nueva máquina para insertar ideas en la mente de homo sapiens sapiens adultos.

Un tranquilo sábado de octubre, el niño mostró -quizás por primera vez- signos de emoción, había terminado una tarea después de casi un año: el condensador positrónico de materia.

Llamó nerviosamente a sus padres y estos fueron corriendo hacia el cuarto de su hijo creyendo que le había pasado algo (ya que nunca había gritado hasta entonces).

—Entren, quiero que sean testigos de mi magnificencia.

Su madre entró pensando que desde que el pequeño nació no había vuelto a poner pie en aquella habitación. Su padre en cambio parecía un mimo en el pasillo.

—No hay campo de fuerza conectado padre.

—Ah, bien hijo, bien.

Los dos se sentaron en las sillas previamente ubicadas para que el efecto de la luz/sombra sea el adecuado.

—Contemplad al CPM.

—¿¿SINDROME PRE MENSTRUAL?? —gritó su madre casi sin aire.

—¿Síndrome? ¡Síndrome es con “S”! ¿Y cómo una máquina va a tener un síndrome pre-menstrual? Es una máquina.

—Tampoco creía que una máquina pudiera hacer Mole de Huajapam, pero Jaime puede.

—¿Jaime? —preguntó el pequeño.

—El coso de la cocina, lo llamo “Jaime”. Como el robot de la serie.

—¿El coso es la máquina? ¿Que serie? —miraba a su padre y a su madre intermitentemente— ¿Te llega sangre hasta ahí arriba? Recuérdame que después te haga un escaneo general.

Ella aplaudió contenta.

—Ahora, el motivo por el cual están aquí —continuó Iván— ante ustedes el CP… el condensador positrónico de materia.

—Es hermoso —dijo su madre.

—Increíble —dijo su padre.

—No tienen idea de lo que es —dijo Iván.

—No —fue la respuesta de ambos.

—Básicamente es un teletransportador, se los voy a demostrar teletransportándome al patio trasero de la casa.

Activó algunos interruptores, accionó unos botones y de repente una esfera gris turbulenta se formó en el medio del aire, como si fuera una pelusa o una pelota de nubes de tormenta. Giró una palanca y la esfera se expandió a un óvalo.

—Y ahora…. —un extraño ruido hizo que no continúe hablando.

—BANZAAAAAAAAAAIIIIIIIIIIIII.

Alex, el gato saltó gritando desde el óvalo hacia la cara de Iván. Maldiciendo y peleando rodaron de izquierda a derecha de la habitación mientras los padres atónitos contemplaban la escena. Finalmente el minino triunfó sobre el pequeño con un clásico bloqueo de llave de brazo sobre la espalda.

—¿Que significa todo esto? —el énfasis en la voz de su padre se debía más al orgullo de ver perder en una pelea a su hijo que a otra cosa.

—Centinela interdimencional Señor —dijo ceremonialmente Alex. Ante la mirada incrédula del humano continúo— Su hijo es un fugitivo de la ley. Verá, en el útero de la señora, se creo sin querer un pasaje interdimencional, el pequeño Iván aprovechó dicho pasaje para su beneficio usurpando los conocimientos de la biblioteca real galáctica. Lo estuvimos rastreando durante casi treinta y dos años hasta que dimos con él.

—Pero mi hijo tiene sólo siete años.

—Siete años humanos, treinta y dos años según nuestra percepción.

—Ah…

Alex sacó una pequeña pulga de su costado y la introdujo en el oído de Iván ante la cara de asco de ambos humanos adultos. Hecho eso se acercó lentamente al pequeño y susurró:

—Borra toda la información confidencial Adalberto, incluyendo esas fotos mías en zunga.

Cuando Iván dejó de forcejear y tenía los ojos en blanco Alex soltó su brazo, sonrió ante el pequeño público y gritando “Banzai” volvió a saltar por el óvalo.

A los poco segundos Adalberto ( la pequeña pulga) también saltó al óvalo al grito de “Banzai”.

Increíblemente el CPM (o condensador positrónico de materia para los entendidos) salió despedido como si hubieran tirado de una cuerda, también hacia el óvalo, pero sin emitir ningún grito.

El óvalo se condensó hasta formar una esfera y finalmente desapareció.

Iván despertó un rato después en los brazos de sus padres, a los que devolvió el abrazo.

Esa noche se negó a comer su verdura, a bañarse y a lavarse los dientes. Después se quedó dormido mirando, por primera vez en su vida, la televisión.

Pequeña Modificación

—¿Cuál es el problema? —pregunta de mala manera Morris.

Aclaro que Morris es un tipo corpulento, algo no habitual en ese trabajo, pero sus extensos conocimientos en física, mecánica y química le valieron un lugar adelante de muchos otros candidatos.

—¿Entonces? —volvió a inquirir.

—Nada, es que simplemente no estoy conforme.

La otra voz es de González, un tipo que parece haber nacido con ojeras y una voz rota.

—Con vos es siempre lo mismo, sos un quejoso que nunca va a estar conforme.

—Puede ser, pero no veo en que te afecta.

—¡Que yo soy el que tengo que escucharte!

González no le responde, sabe que cuando Morris grita es mejor no hacer nada. El último que le devolvió el grito gastó una fortuna en el dentista.

Morris bufa y se va de la habitación, González se sumerge entonces en sus pensamientos. Ninguno se vuelve a dirigir la palabra hasta la cena.

Después de varias tareas de mantenimiento la mesa esta puesta y el chef ya tiene todo listo.

González entra en el salón y mira pensativo por la ventana, en eso ingresa Morris.

—¿Y a este que le pasa? —pregunta el chef a Morris.

—Tiene otra crisis existencial: No le gusta su trabajo.

—Le gusta una semana, no le gusta otra semana. Me parece que no sabe lo que quiere.

—No es eso —responde Gonzáles medio entre lágrimas— Es que… Este trabajo no me hace feliz.

—¿Feliz? ¡Pero si vos no te dejas ser feliz! Siempre vas a encontrar algo para joderte la existencia.

—Puede ser, sin embargo no puedo dejar de buscar.

—Hay un chiste viejo —comienza el chef— Que contaba que había un edificio, donde podías ir a conseguir trabajo, el trabajo que quisieras. El asunto era que si lo que había en ese piso no te gustaba, podías ir un piso arriba, pero nunca bajar. Entonces este hombre va al primer piso donde dice “Acá hay trabajo digno”, él da su aprobación pero decide subir un piso más…

—¿Es muy largo? —pregunta Morris con pocas pulgas.

—No. Entonces al llegar al segundo piso donde dice “Acá hay trabajo digno y bien remunerado”, el hombre suspira pero de todas formas decide subir un piso más. En el tercer piso el cartel dice “Acá hay trabajo digno, bien remunerado y con jornada reducida”. El hombre aplaude pero le intriga saber que hay en el piso superior, así que sube otro piso más donde dice…

—Usted es el hombre treinta y ocho millones que llega a este piso, lo cual comprueba que jamás se puede satisfacer a una persona —termina de decir Gonzalez con su voz monótona.

—Pero mirá que hay que ser pelotudo para cagarle un chiste a alguien ¿Eh? Y no eran treinta y ocho millones, eran cuarenta y dos.

El Chef tira los platos con comida sobre la mesa de mala gana y vuelve a la cocina. Morris se ríe por lo bajo. No por el chiste en si, sino porque le agrada cuando el chef se enoja.

Los tres comen sin hablar, intentando hacer que los bocados lleguen a sus estómagos.

—Bueno ¿Y que tal estaba la comida? —el intento de sonrisa del Chef da miedo.

—Comible —es la seca respuesta de González.

Morris ni se molesta en responder, solamente se levanta y se va. Los pasos lentos y pesados se escuchan incluso después que la puerta ya se cerró. Cuando el Chef vuelve a salir de la cocina González yo no esta ahí, había desaparecido sin hacer ruido.

—Malagradecidos —refunfuña entre dientes y vuelve a la cocina.

Gonzáles llega al puesto de comando, una serie interminable de botones titilantes. Él sabe exactamente que función cumple cada uno de ellos, él ahí es un Dios. La pantalla sobre la gran consola muestra las estadísticas de las cuatrocientas dieciséis variables que maneja, si lo desea puede examinar de a una, dos o cuatro al mismo tiempo con un detalle de una milésima de segundo. Aunque realmente jamás necesito ser tan específico. Se recuesta en la silla y pulsa play en el equipo de música, la melodía invade todo el lugar y poco a poco González se deja caer en los dominios de Morfeo.

Tres módulos más abajo Morris bufa por la música que le llega por los conductos de ventilación, odia esa música. Conecta los motores y el ruido que hacen es tan intenso que deja de oírla, a decir verdad deja de oír cualquier otra cosa.

Cuando González se despierta la música ya no esta sonando, en cambio un pitido acompañado de una luz roja intermitente baña todo el lugar. Rápidamente se acerca a la consola y comienza a apretar una serie predefinida de botones. A los pocos segundos la pequeña luz roja deja de parpadear, pero a González no le preocupa eso, sino la gráfica que muestra la pantalla: una de las variables crece lento pero inexorablemente.

Corriendo sale del puesto de comando.

—¡Morris! ¡Chef!

—¿Qué? ¡Mi comida no te hizo eso! —se ataja de antemano el Chef.

—¡Que no es nada con tu comida! ¿Dónde esta Morris?

—Con las máquinas ¿Dónde más?

—Preparate para abandonar la base.

—¿Qué?

—¡Lo que oíste mierda!

El Chef corre de nuevo a la cocina mientras González desciende por la escalera en busca de Morris. Las escaleras resuenan a cada paso.

—¿Morris? ¿Dónde estas? ¡¡Morris!!

—Acá estoy cabrón, no grites —su voz era tranquila, pausada.

—Tenemos que huir, antes que sea tarde.

—¿Huir? ¿Para que?

—¿Cómo para que? Si nos quedamos vamos a morir.

—No lo creo.

—¿Eh?…

—El sistema no se está desestabilizando porque sí, fui yo el que lo causó.

La estructura entera retumba y se sacude, presa de las fuerzas exteriores.

—¡Detuviste la fusión de hidrógeno! ¡La gravedad nos va a matar a todos!

—Quizás si… Quizás no.

González no sabe si pegarle. Opta por volver a subir corriendo las escaleras mientras todo se sacude por las grandes explosiones exteriores.

—¡Chef! ¡Nos vamos!

—¿Y Morris?

—Él se queda.

El Chef iba a preguntar algo pero una nueva sacudida lo levanta del suelo, ambos se ponen a correr hacia la cápsula de emergencia. Cuando llegan el botón de apertura no responde. González presiona histéricamente el interruptor una y otra vez.

—¡Mierda! ¿Porque no responde?

La pantalla sobre la pared le responde automáticamente: “La puerta fue clausurada debido al excesivo calor exterior: Trece millones de grados Kelvin”

De repente todo se detiene, todo se silencia. González y el Chef se miran sin entender, ambos corren hacia la ventana más cercana.

Afuera el espectáculo es hermoso: un océano de colores en movimiento.

—Pero… —el Chef no puede terminar la frase sin quedarse con la boca abierta.

—Te dije que no iba a pasar nada.

Ambos se dan vuelta asustados para encontrar a Morris con una sonrisa enorme.

—¿Qué hiciste?

—Lo que dijiste: detuve la fusión de hidrógeno —tanto González como el Chef se miran— Es una teoría que tenía, esta estrella se mantenía estable porque la gravedad y nuestra fusión emitían las mismas energías, pero nosotros estábamos encerrados acá desde hace veinticinco millones de años y la verdad ya estaba cansado. Al detener la fusión, la gravedad fue la fuerza superior y comprimió toda la estrella…

—Eso lo sabía pedazo de loco ¡Pensé que íbamos a morir! —interrumpe González.

—Eso es lo que te enseñan. Pero hace años que vengo juntando información que me indicaba lo contrario. Nosotros, si bien manejamos la fusión del hidrógeno en helio, hacemos solo eso: la controlamos, la mantenemos estable. Pero no la creamos.

—¿Y?

—Gonzáles, la física es mucho más sabia. Al dejar de controlar la fusión, la estrella siguió su siclo natural: se convirtió en una gigante roja.

—¿Pero las gigantes rojas no son diferentes?

—Nuevamente Chef: eso es lo que te enseñan. Pero no significa que sea verdad.

—¿O sea que ahora vamos a ver todo rojo en vez de amarillo?

—¿Vos crees que hubiera arriesgado todo solo para ESE cambio?

—No… no creo que hayas arriesgado nada —reflexiona en voz alta González— Creo que sabías lo que iba a pasar.

—Finalmente me vas conociendo cabrón. ¿Porque no miran por la ventana?

González y el Chef no pueden creer los hermosos colores que ven. Y menos aún la cantidad de estrellas que se van colando en los espacios negros en los cuales el gas no logra ya llenar.

—Muchachos, les presento nuestro nuevo hogar: Una nebulosa planetaria.

Los tres sonríen con agrado, cada uno por su propio motivo: González porque pudo encontrar nuevamente algo que lo hace feliz, Morris por sentirse útil después de tanto tiempo y el Chef simplemente porque le gustan las cosas bellas.