Susto

Con mis hijos inventamos un juego, se llama El Susto. Al principio era simplemente corrernos entre nosotros y cuando estabas cerca de alguien le decías ¡Bu! y seguías corriendo.

Ahora Martín tiene casi cinco años y Sofía había cumplido tres años dos meses atrás; por lo que el juego se adaptó a sus nuevas cualidades: Había que esconderse y uno buscaba. Si lo llegaban a encontrar, se tenía que decir el ¡Bu!, salir corriendo a esconderse y el asustado tenía que buscar al resto.

Ese día en particular llevábamos largo rato jugando y Sofía nos estaba buscando a Martín y a mi. Yo me había escondido detrás de las cortinas del pasillo (siempre me escondía ahí, así que los chicos ya sabían donde buscarme). No pasó mucho tiempo hasta que escuché los pequeños pasos de Sofi acercándose, me toca la pierna a través de la cortina y escucho el clásico BU pero un poco disfónico. Considero la posibilidad de darle ibuprofeno o tomarle la temperatura. En el jardín había una epidemia de diferentes virus y hasta el momento, por suerte, ninguno se había agarrado nada.

Corro la cortina para abrazar a mi hija, pero ya no se encontraba ahí. Los llamo a los dos y es Martín el que me responde desde el cuarto. Cuando llego a la puerta, para mi sorpresa, me encuentro a los dos jugando tranquilamente en el piso.

—¿No estábamos jugando a el susto?

—Si, pero nos aburrimos y vinimos a jugar al cuarto.

Un escalofrío recorrió mi nuca

—¿Hace cuanto están acá?

—Un ratito.

¿Entonces que fue lo que me tocó la pierna? La idea aún no se había disipado en mi cerebro que veo, en las sombras que formaban la cortina del pasillo. Un par de ojos que me observaban. Incluso podría jurar que debajo de ellos se formaba una tenue sonrisa.

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Escondidas

El juego preferido de Martina era, por lejos, el de las escondidas. Le encantaba tener que ocultarse y esperar que otro la busque incansablemente.

Con el correr de los años se había vuelto bastante buena en el arte de camuflarse entre los objetos que la rodeaban. O al menos, eso es lo que ella se decía. El truco consistía en mantenerse perfectamente quieta, evitando de esa manera, producir cualquier sonido que delate su posición.

Esa mañana de sábado iba a jugar a la casa de Julieta, que era una de sus mejores amigas. Le gustaba ir porque Julieta tenía una hermana llamada Victoria, de tan solo dos años menor que ellas, que podían incluir en los juegos.

Los padres de su amiga la pasaron a buscar por su casa y ya en el auto las tres jugaban a las adivinanzas. Mientras manejaba, el padre les informó que tendrían que pasar por su trabajo unos minutos. Llegaron al gran edificio y las tres niñas rogaron a la Madre si podían bajar.

—Ignacio, quieren ir con vos ¿Se te complica mucho si las llevas?

—Ehhh. Sólo si prometen portarse bien y no hacer lío. Y ustedes dos cuidan a Victoria que es más chica ¿Entendido? —las tres niñas asintieron contentas.

—Yo me quedo en el auto que está lindo a la sombra —agregó la madre y rápidamente sacó la biografía que estaba leyendo.

Los cuatro bajaron del auto. El padre de Julieta las dejó en una sala de espera mientras entraba en una oficina a verse con alguien.

Las tres niñas aprovecharon para investigar. El lugar era increíble para jugar. Julieta pronto reconoció la puerta que daba al pasillo donde trabajaba su padre. Sabían que tenían prohibido entrar ahí, pero los adultos no estaban en ese momento.

—3,2,1… ¡Ahi voy! —avisó con todas sus fuerzas Julieta.

Frente a ella tenía el gran pasillo. Dos puertas a cada lado y una al fondo. Julieta tenía miedo que al estar ocupada en una de las habitaciones, su amiga o su hermana salgan corriendo de otra y lleguen a salvarse tocando la pared antes que ella.

Decidió que lo mejor era asomarse a cada una de las oficinas y ver que posibilidades había de que alguien este escondido ahí. Satisfecha con su táctica empezó por la primera puerta de la derecha: Se asomó y prendió la luz. Era el cuarto de archivos, cajas con papeles del piso al techo. Ahí no había lugar posible para esconderse. En cuanto Julieta se dio vuelta para encarar hacia la oficina del otro lado del pasillo vio, por el rabillo de su ojo, un movimiento detrás de la otra puerta de la izquierda.

Corrió y la abrió de un tirón. Justo para ver que alguien se ocultaba detrás del gran escritorio de su padre. Pisando apenas con la punta de los pies se acercó lo suficiente para descubrir a su hermana Victoria acuclillada.

—¡Piedra libre para Victoria detrás del escritorio! —las palabras no habían terminado de hacer eco en la habitación que las dos niñas ya estaban corriendo.

Julieta, al querer salir de la oficina, enganchó su vestido con el picaporte y casi la tiró al piso. Esto fue aprovechado por Victoria para llegar antes a la pared y salvarse. La pequeña no podía contener la sonrisa en su rostro de haber vencido, aunque con ayuda, a su hermana mayor.

Julieta debería encontrar si o si a Martina. De otra forma le tocaría contar de nuevo.

Quedaban dos puertas: la segunda de la derecha y la del fondo. Como la primera estaba cerrada con llave, Martina tendría que estar escondida en la habitación del fondo.

Julieta abrió la puerta y encendió la luz. Esa era la habitación más grande del lugar y donde su padre pasaba la mayor parte del tiempo.

—¡Julieta! ¿Qué te dije de jugar acá? —la voz resonó tanto que la pequeña tuvo que ahogar un grito.

—Pero Papá, no estábamos haciendo nada…

—Ya les dije que es peligroso. Salgan las dos, vayan con su madre. Termino un trabajo atrasado y estoy con ustedes.

—Esperá que le… —pero su padre no la dejó terminar.

—SALGAN, AHORA.

Julieta sabía que era imposible discutir. Ya su padre encontraría a Martina y la mandaría también afuera.

Tomó de la mano a su hermana y cruzaron la puerta.

Ignacio bufó, no le gustaba estar tan atrasado en su trabajo.

Prendió la radio y se relajó un poco al escuchar que pasaban una canción de su juventud. Ya más tranquilo, accionó el interruptor que habría la puerta del gran horno y empujó el féretro hacia adentro. Prendió las potentes llamas y se sentó a llenar los papeles de la cremación que si bien era simbólica, ya que había sólo objetos y no un cadáver, el papelerío era el mismo.

Nunca escuchó los gritos de Martina escondida adentro del ataúd.

Lechuga

Miguel volvía, como todos los miércoles, de hacer sus compras semanales en la verdulería que quedaba a la vuelta de su casa.

Como tantas otras veces, volvía con bolsas en ambas manos que le marcaban hasta dejarle unos surcos color bermellón que tardaban varios minutos en disiparse.

Con destreza guardó todo en la pequeña heladera de su departamento y, con satisfacción, observó el placer de no ver ningún espacio sin ocupar. Sabía que el efecto duraría sólo dos días, tres como mucho, pero no podía evitar sentir ese calor en el pecho que tan bien le hacía.

Un par de días después, Miguel se dispuso a hacerse una ensalada de lechuga, tomate y repollo colorado. Sacó los elementos y cortó varias hojas de lechuga, las tiró en la pileta para lavarlas. En ese momento notó un repugnante y gigantesco hongo en una de las hojas.

Apuntó el chorro de agua directamente hacia la verde-azulada asquerosidad con la esperanza de que salga en su mayoría por la presión del agua.

—¡Hey!¡Hey! ¡Eso duele!

Miguel se dio vuelta presa del susto ante la inesperada voz.

—Che, Roberto. Acá abajo. Sacame el agua de la cara.

Miguel miró hacia el hongo sobre la hoja de lechuga. Sin realmente pensarlo, cerró la canilla de agua.

—Gracias, mucho mejor Roberto. Mi nombre es Trix. Un gusto.

—Mi… mi nombre es Miguel, no Roberto —las palabras apenas se escuchaban.

—¿Estas seguro? Tenes cara de Roberto. Para mi sos un Roberto.

—Si, si… seguro.

—¿Seguro que sos Roberto?

—No, seguro que soy Miguel…

—Quien soy yo para juzgar la cara de las personas. Si decís que te llamas Marcos, sos Marcos.

—Miguel

—Es lo que dije, Miguel

—¿Cómo…? ¿Cómo es que podes hablar?

—No lo sé ¿Cómo podes vos?

Miguel no sabía como contestar a eso.

—Entonces… ¿Qué hago? ¿Esta hoja de lechuga es tu territorio…?

—Toda la planta de lechuga que tenes en la mano es parte de mi cuerpo, vivo en armonía con toda su esencia.

—Pero… hace dos minutos corté esta hoja para lavarla. Me estaba haciendo una ensalada

—¿¡QUÉ!? ¿¡POR QUÉ CORTASTE LA HOJA?! ¿QUÉ CLASE DE SÁDICO SOS?

—¡POR QUE ME IBA A HACER UNA ENSALADA!

Trix no respondió, comenzó a balbucear hasta que finalmente exhaló por última vez.

Miguel se quedó mirando la hoja de lechuga por más de media hora, después fue al fondo de su casa y la enterró a pocos centímetros de profundidad. No dio ningún discurso, simplemente volvió a la cocina, tiró al tacho de basura las otras hojas de lechuga, los dos tomates y el repollo colorado. Abrió un paquete de galletas de agua y las comió despacio sentado en un rincón.

No volvió a comer una ensalada.

La Foto

Tenía tan sólo seis años cuando falleció su abuelo. Si bien no tenía muchos recuerdos con él, una sensación de incomodidad lo acompañaría por el resto de su vida. Las pocas veces que estuvieron juntos en la misma habitación, el anciano lo observaba con una intensidad en sus ojos que sólo era comparable al odio. Por supuesto que eso llenaba de completo terror al pequeño.

Sus padres no le permitieron ir al funeral aduciendo que no lo entendería y él les creyó (¿Por qué no iba a hacerlo?) De alguna forma guardó una foto de su abuelo parado delante de un gran cortinado, con un enorme sombrero y su larga barba cayendo hasta la cintura.

Veinte años después, ya convertido en hombre, fallece su Mamá. Sus padres se habían separado hace tiempo y Papá estaba con su nueva familia. En otras palabras: era su trabajo ocuparse de las cosas en el departamento de su Madre.

Era un inmueble enorme con cuatro habitaciones más una dependencia de servicio devenida en una especie de taller de costura abarrotada de cosas. Decidió empezar por lo más difícil y encaró hacia el taller.

Tres días después llegó hasta el guardarropa que estaba en el fondo de la habitación, para su suerte no se encontraba tan repleto. Al mover una vieja valija descubrió una pequeña puerta falsa. Movido por la curiosidad intentó abrirla de varias formas, todas sin resultado. Incluso llegó a usar una barreta, pero todo parecía indicar que los años —y las sucesivas capas de pintura— habían sellado la puerta de tal forma que iba a ser imposible abrirla. Resignado aceptó su derrota y continuó con las tareas.

A la mañana siguiente advirtió que la pequeña puerta en el fondo del guardarropa estaba abierta. Su primer instinto fue mirar hacia todos lados, como si buscara al responsable de aquel milagro. Pronto se convenció de que sus esfuerzos del día anterior habían logrado su cometido, sólo que no instantáneamente.

El compartimento era más chico de lo que habían imaginado y sólo contenía una vieja caja en muy mal estado. Con cuidado la retiró del escondite y al quitar la tapa descubrió, para su asombro, que adentro había un enorme sombrero que rápidamente identificó como el de su abuelo. Lo sacó con mucho cuidado, tratándolo como una reliquia. Debajo había una mata de pelo que retiró con asco y al desenrollarse comprendió lo que realmente era: una larga barba.

Así se encontraba, con el sombrero en una mano y la barba falsa en la otra cuando notó algo más pegado en el interior de la caja. La acercó a la ventana para tener más luz y ahí estaba la vieja fotografía de su abuelo parado delante del cortinado, con su sombrero y su barba.

El espejo que había en la puerta de un armario le devolvió su imagen, había algo extraño en el reflejo. Sus manos se movieron automáticamente, llevando el sombrero a la cabeza y la barba postiza a su rostro.

En ese momento comprendió, mientras fruncía sus cejas, que la persona en aquella vieja fotografía era él.