Skotos

El teléfono sonó varias veces antes de que Amanda lo atienda.

—¿Hola?
—Buenos días ¿Señora Amanda Kurgan?
—La misma.
—Un segundo que la comunico.

Una canción horrible comenzó a sonar por el auricular. Un par de segundos después la melodía fue interrumpida por un chasquido metálico.

—Voy a ir directo al grano —dijo la voz sin ninguna introducción— ¿Tiene terminado el reporte sobre el caso Walsh?
—Dándole los últimos retoques. Hoy envío el mail con la nota, sea la hora que sea.
—Perfecto. No falle.

El hombre cortó la comunicación. Amanda no estaba ni cerca de terminar el bendito reporte. Miró la mesa de trabajo: Papeles con anotaciones, gráficos y testimonios por todos lados, tres computadoras abiertas con material en diferentes estados de terminación y una copa de vino a medio llenar.
Iba a ser otra noche larga. Muy larga.
Abrió un cajón medio escondido que había debajo de la mesa y sacó una pequeña botella blanca con un dosificador. Se puso una gota en cada ojo y esperó que la droga haga efecto. Se trataba de una reciente solución de skotos, un médicamente creado para tratar casos extremos de narcolepsia, pero Amanda lo usaba para mantenerse despierta por más tiempo.
Había escuchado casos de personas que habían pasado tres semanas sin dormir gracias a las gotas, pero sus cerebros no lo pudieron aguantar y se volvieron locas. Ella nunca lo usó para estar despierta más de una semana.

—Esa noche es la última dosis, prometido —juró frente al reflejo de su rostro en la pantalla de la computadora.

Tres noches después, Amanda seguía trabajando de corrido. Abrió el cajón de la mesa y sacó el dosificador. Dos gotas en cada ojo y esperó.
En ese momento escuchó un golpe seco, proveniente del pasillo, que la asustó. Cautelosa, se asomó y vio como la puerta del baño se abría unos pocos centímetros para luego cerrarse de un golpe. Intentó relajarse mientras se acercaba para trabar la movediza puerta. Cuando estaba muy cerca, pisó algo extraño. Miró al suelo y descubrió una pequeña llave. Se agachó para tomarla y en ese momento notó que, por el hueco de la cerradura, había un ojo del otro lado observándola.
Amanda gritó con todas sus fuerzas mientras perdía el equilibrio y caía hacia atrás. La puerta del baño se abrió rápidamente y un hombre muy alto comenzó a seguirla. En su rostro tenía, formando una especie de W, cinco ojos que la miraban.
Ella se levantó como pudo y corrió hasta la cocina, tomó el cuchillo más grande que encontró y se quedó esperando a aquella criatura. Pero pasaron los segundos y nada pasó. Muy prudentemente, se asomó al pasillo: Estaba vacío. Aliviada, dio un gran respiro.

—Creo que es hora de parar con las gotas. Esto se me está yendo de las manos.

No terminó de decir las palabras que unos largos dedos la rodearon y, tomándola de las muñecas, le clavaron en el pecho el cuchillo que tenía en su propia mano. Intentó gritar, pero no pudo.
Finalmente perdió el equilibrio y cayó al piso.
Aquel extraño ser se paró sobre ella y la observó con sus cinco ojos. En ese momento la criatura sonrió por primera vez.

Pasó una semana hasta que alguien llamó a la policía alertado por el mal olor proveniente del departamento.
Cuando los uniformados ingresaron, se encontraron con el cuerpo sin vida de Amanda tirado en la sala principal. Sobre la mesa un montón de papeles con garabatos escritos, tres computadoras sin funcionar (una de ellas sin pantalla directamente) y una copa rota. En un costado, un teléfono sin conexión oficiaba de pisapapeles.
Todo el departamento daba la apariencia de haber sido abandonado meses atrás.
No tardaron en encontrar tres baldes plásticos repletos de pequeñas botellas blancas.

Una breve investigación arrojó que no tenía trabajo hacía un semestre, cuando la habían desvinculado por su creciente adicción.
Por otro lado, la autopsia concluyó que las heridas fueron auto-infligidas. Probablemente debido a la inmensa cantidad de droga en su sistema.
Se cree que estuvo alucinando por semanas hasta que cometió suicidio.

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Mientras tanto

Desde que encontraron la caja en el ropero del pasillo, Martín y Sofía habían querido jugar con ella. Sabían que sus padres se opondrían, así que hicieron lo único que podían: Esperar.
No pasó mucho tiempo hasta que sus padres tuvieran que viajar por trabajo, y ambos niños se quedaron bajo la leve supervisión de su abuelo. Ni media hora había pasado desde que se marcharon, que el juego ya estaba desplegado en el piso de la sala: un —no muy reluciente— tablero Ouija.

—¿A quien contactamos? —preguntó el niño a su hermana apenas terminaron de sentarse.
—No sé ¿A la abuela?
—¿Te acordás algo de la abuela?
—La verdad que no.
—¿Y como vas a saber que es realmente la abuela? ¡Mirá si es un demonio!

Sofía no había pensado en esa posibilidad.

—Entonces podemos probar con la señora Estela.

Martín abrió los ojos con la más absoluta excitación. La señora Estela era la vecina del piso de arriba, que había fallecido seis meses atrás. Ambos niños tenían un buen recuerdo de ella, e incluso la querían por que siempre tenía galletitas para convidarles.
Estaba decidido: Sería la señora Estela. Pusieron sus dedos sobre la plantilla en forma de flecha y recitaron al unísono:

—Señora Estela, por favor preséntese.

Nada.

—Señora Estela, soy Martín, por favor responda. Denos una señal.

En el exacto momento que terminó de decir aquellas palabras, se escucharon dos golpes provenientes del piso de arriba.
Ambos niños se miraron con una mezcla de terror y entusiasmo.

—¿Cómo está señora Estela?

Pasaron unos segundos en que no se escuchó nada.

—Tenes que hacerle preguntas más simples. En lo posible que se respondan con una palabra. Si o No preferentemente —le instruyó Sofía.
—¿Y vos que sabes?
—Leí las instrucciones en la parte de atrás.

Martín sabía que había perdido esa batalla. Respiró hondo y reformuló su pregunta.

—¿Se encuentra bien? Un golpe si, dos para no.
—¿Golpes? ¿Para que usamos el tablero enton…

Sofía no terminó de reprochar a su hermano que se escucharon dos golpes bien claros.

—Dos es no… —Martín tragó saliva.

Los golpes en el techo comenzaron a repetirse a un ritmo mayor, parecido a un tambor de guerra que se acerca. Los dos niños se miraron y salieron corriendo hacia el extremo más alejado de la casa donde se quedaron abrazados presa del más profundo terror.

—¿Qué…? ¿Qué hacemos ahora? —balbuceó entre lágrimas Sofía.
—Yo no me pienso mover de acá.
—¿Y cuando se haga de noche?

Mientras tanto, en el piso de arriba, uno de los mejores carpinteros del barrio (con más de treinta años en el rubro) cambiaba las maderas del parquet que estaban deterioradas. Con suerte, en menos de una semana estaría listo para que el departamento se ponga en venta.

Movimiento Solar

Los habitantes de la ciudad hacían su vida diaria. Estaba la gran mayoría trabajando dado el horario y la gran masa de gente circulaba por las calles.

Sin embargo fue una jornada que pocos olvidarían. La causa fue que el mediodía se prolongó demasiado (algunos tardaron más que otros en darse cuenta) pero con el correr de los minutos y con ellos las horas, el rumor se convirtió en el único tema en la boca de todos: Aparentemente el sol había dejado de moverse.

Los expertos hicieron unas conjeturas preliminares, pero no llegaron a una explicación que los satisficiera. Por lo tanto se designo una agrupación gubernamental sin fines de lucro: La I.C.A.S. (Investigación del Cese Aparente del Sol).

A la semana de haber formado el comité partieron hacia la cúpula celeste. Todos los ciudadanos estaban atentos a los informes que se transmitían por radio y televisión. El comité tardó un poco mas de lo esperado debido a un pequeño percance el cual les obligo a cambiar unas de las llantas.

Cuando llegaron, bajaron del auto todos los científicos y el más joven dijo:

—Tengo una idea, puede ser tan descabellada que quizás funcione.

Se acercó lentamente a la cúpula celeste, puso sus dos manos sobre ella y empujó hacia arriba. A su espalda escuchó unas rápidas risas y la voz seca y profunda del Dr. Lin.

—Querido joven, estamos agradecidos por su entusiasmo. Pero estamos en el oeste no en el este, debe usted empujar hacia abajo.

Las risas no se detuvieron y el joven tomó varios colores. No dijo una palabra y empujó hacia abajo. Nada, la cúpula no mostró ninguna intensión de moverse.

Todos tuvieron su turno de probar teorías, pero ni la música, ni el aceite, ni siquiera un ramo de flores pudieron lograrlo.

Volvieron desconcertados. Después de analizar la situación por casi un mes, idearon un proyecto faraónico: Consistía en excavar un túnel intentando llegar así mas allá de la cúpula celeste. Tal idea estaba basada en la hipótesis de que se había acabado la energía responsable del movimiento. Hubo voces en contra que gritaban “¿Qué hacemos si no poseemos la energía suficiente? ¿O la calidad siquiera?” Pero una cosa a la vez, primero estaba saber el qué y después el cómo.

Cavaron durante semanas, las semanas se hicieron meses y los meses sumaron catorce hasta que llegaron. No exactamente donde querían porque se encontraron con algo que no esperaban: La cúpula celeste, era en realidad, una esfera celeste.

Desanimados, se miraron unos a otros, un nuevo callejón sin salida les había enterrado una posible solución.

En la conferencia de prensa estaban todos con caras largas, pero la mayoría de la gente no asistió. Había pasado tanto tiempo desde la detención del Sol que habían readaptado sus vidas.

Las horarios de trabajo eran más flexibles, los bancos abrían más horas y la inseguridad había disminuido. La economía había sentido un crecimiento, sobre todo en el sector textil (ampliamente debido a la creciente venta de cortinas dobles y triples.)

Y la vida siguió en la ciudad, como siguen todas las cosas.

Envío Express

Hans no era un hombre tan mayor, aunque su descuidado aspecto a veces lo hacía parecer uno. Estaba sentado, como todas las noches, frente a su telescopio y computadora analizando el espectro de luz en un cúmulo variable de estrellas.

La cúpula del domo evitaba que el viento exterior interfiera con los delicados instrumentos que bajo ella se encontraban.

Unos golpes en la puerta lo sacaron de su letargo científico. Sus pasos hicieron eco en el lugar, al abrir la puerta su mujer le sopló un espantasuegras justo en la nariz. Hans la siguió mirando sin inmutarse.

—¿Qué se supone que es esto?

—Un festejo de cumpleaños, tu nieta cumple siete y vos estas trabajando.

Cuando estaba diciendo eso, su hija acababa de terminar de subir los escalones y abrazó a su madre. Hans respiró profundamente, le sonrió a su mujer y ella contenta le devolvió la sonrisa. Acto seguido bajó para seguir con el cumpleaños. El hombre miró a su hija.

—Candela cumplió años el mes pasado.

—Lo sé, pero ella no se acuerda, por eso lo estamos festejando de nuevo. Además a Cande no le molesta.

—Pero después tu madre no sabe en que día vive con tanta confusión.

—Tiene alzheimer… es obvio que no va a saber en que día vive pa…

—Buen punto… termino un par de cosas y bajo al cumpleaños.

—Dale, te esperamos.

Cerró la puerta y giró sobre sus talones para volver al escritorio. Extrañamente la luz del lugar había disminuido notablemente.

—¿Es usted Arcknot?

La voz parecía salir de todos lados —y ninguno a la vez— pero algo era seguro: Retumbaba en todo el lugar.

—¿Quien… quien habla?

Un monstruo de varios metros de altura se paró bajo el rayo de luz lunar que entraba por la rendija del domo, dejando ver no solo su inmensidad sino también su feroz aspecto.

Hans retrocedió instintivamente sin dejar de mirar a aquella criatura.

—¿Es usted Arcknot? —volvió a repetir el ser.

—No… no, no.

—¿Éste no es el ciento veintiocho del monte Orundellico?

—Si… eso es correcto.

—Entonces usted es Arcknot. Firme aquí por favor.

El gigante le extendió una gran planilla. En cuanto el papel estuvo frente al rostro de Hans, una luz intensa llenó el lugar. Cuando pudo volver a percibir los objetos, observó que una especie de escaneo de su rostro asustado había quedado impreso en el papel.

—Gracias por elegirnos.

—Perdone… ¿Elegir qué?

—Nuestra empresa de transporte, ahí esta lo que ordenó.

La criatura señaló un paquete de color rojo que estaba sobre la mesa.

—¿Qué es eso?

—Usted debe saberlo. Usted lo pidió.

—Pero yo no pedí nada.

—Mire, yo solo sigo el protocolo estelar, cualquier queja puede hacerla en la ventanilla del departamento de correo intergaláctico.

Hans iba a decir algo, pero la criatura ya había desaparecido de la misma extraña manera. Ahora solo quedaba él y aquel paquete rojo.

Se acercó lentamente a la caja, tiró de las cintas que la recubrían y muy despacio levantó la tapa. Nada en el mundo lo hubiera preparado para aquello. Dentro del paquete rojo había un par de senos perfectos, junto con una parte del torso que se extendía hasta los límites del envase.

—¿Pero qué demonios?

La puerta del domo se abrió bruscamente. Su esposa entró soplando el espantasuegras y agitando unas tiras de colores. Cuando vio a su marido con la caja y los senos detuvo todo lo que estaba haciendo.

—Viejo degenerado.

Pronunció las palabras con odio y se fue antes que él pudiera decir algo. Ella, al salir, golpeó con el hombro a su hija que justo en ese momento había aparecido.

—¿Qué paso? ¿Qué le dijiste? —al terminar las preguntas sus ojos se percataron de la caja— Papá…

No dijo nada más, pero su cara expresó mucho. Dió unos pasos hacia atrás y siguió a su madre cerrando la puerta detrás de si. Hans quedó nuevamente solo con la caja.

Se quedó petrificado, como si lo hubieran encontrado robando. Lentamente, volvió a mirar la caja roja.

—Esto es simplemente ridículo.

Por las dudas, tomó un contador geiger y testeó la caja: completamente segura. Salvo por el par de senos que contenían, era perfectamente normal.

Acercó su mano temblorosa. Con la punta del dedo rozó aquella delicada piel. Se sentía increíblemente real, incluso respondían ante el estímulo.

—Increíble…

Un cosquilleo en la nuca lo hizo voltearse. Su mujer estaba en la puerta a medio sonreír con un espantasuegras en la boca y tiras de colores en la mano.

—Viejo degenerado —pronunció las palabras con odio y se fue.

Hans corrió detrás de ella —¿Pero alguien puede agarrarla? —gritó desde las escaleras y cerró la puerta con un fuerte golpe.

Resignado, volvió hacia la caja.

—Tengo que documentar esto… sea lo que sea.

Buscó entre los estantes tirando algunas fotos viejas y manuales medios llenos de tierra. Finalmente, encontró la cámara reflex que estaba buscando.

La luz era inadecuada, sobre todo porque dentro del domo reinaban bombillas rojas. Buscó en los cajones hasta tener dos bombillas incandescentes. Acercó una lámpara, le cambió la bombilla y ubicó la luz en lo que consideró era el mejor ángulo.

Enfocó con la cámara y sacó la primer foto. Encendió el flash de la cámara y repitió el procedimiento.

Como si se tratase de un extraño backstage de una sesión de fotos, el flash se repitió a un ritmo acelerado. Luego de unos minutos, la máquina indicó que la memoria estaba llena.

—Viejo degenerado —escuchó detrás suyo, pero al voltearse solo llegó a ver una pierna que desapareció rápidamente escaleras abajo.

Se acercó a la puerta abierta y gritó a viva voz:

—¡MARÍA! ¡ME CAGO EN DIOS! ¿PODES AGARRAR DE UNA BUENA VEZ A TU MADRE?”

Cierró la puerta nuevamente y puso la traba. Se insultó internamente por no habérsele ocurrido hacerlo antes.

—¿Ser Arcknot? —la voz se hacía oír en cada rincón del domo.

Hans buscó a la criatura y no tardó en encontrarla, tampoco era que podía esconderse algo tan grande en ese lugar.

—En nombre del correo intergaláctico le pido disculpas por el error.

—¿Qué error?

—Tengo dos Arcknot en mi lista, no es algo común pero no es excusa. Equivocadamente le entregué a uno el paquete del otro —Hans se quedó mudo, sin saber que responderle— Si hubiera visto al otro ser Arcknot y como reclamaba su ambrosía… le juro que no era divertido. Listo, asunto arreglado.

—¿Qué cosa?

—Lo que usted solicitó.

Antes que pudiera decir algo la gran planilla estaba delante de su rostro cegándolo por unos segundos. Cuando pudo volver a ver, el gigante ya había desaparecido.

Sobre la mesa, un paquete cuadrado color bordó lo esperaba.

—Vamos a ver de que se trata esta vez.

Tiró de las cintas y levantó la tapa. Antes que pudiera siquiera pestañear una especie de cuadrúpedo de pelo negro saltó sobre él devorándolo en tres bocados.

—¿Ser Arcknot? —la voz hizo eco en el gran lugar, la cuadrúpeda bestia movió su cola al gigante— Ser Arcknot, le pido disculpas nuevamente, al parecer hay otro ciento veintiocho del monte Orundellico en el sistema solar de Libra, no tengo forma de pedirle disculpas… Ser Arcknot?

El gigante metió al cuadrúpedo en la caja y desapareció entre las sombras.

La manija de la puerta giró un par de veces pero la traba impedía que se abra.

—¿¡Hans!? —comenzó a golpear la puerta— Te estas perdiendo el cumpleaños de tu nieta. ¿¡Hans!?

Epístola

Gabriel puso las velas exactamente como indicaba aquel viejo libro, se sentó en el medio y pacientemente dibujó los símbolos que estaban indicados. Finalmente tomó el cuchillo que había preparado y miró sin pestañear el plato que tenía delante de él: Sobre la blanca porcelana se encontraba un corazón humano bañado en sangre.

Pero algo estaba mal, revisó nuevamente las páginas del libro para ver si había omitido algo. Todo estaba bien, entonces… ¿Por qué el corazón en el plato no estaba palpitando?

Habían pasado tres años ya, tres largos años desde que la vio por última vez. Su nombre era Carolina y, como suelen decir, se fue antes de tiempo. Aunque para Gabriel el tiempo nunca hubiera sido suficiente.

Intentó buscar consuelo y respuestas en la ayuda divina. Pero sus supuestas soluciones eran tan vagas que sólo lograban enojarlo. Quizás por eso fue a buscar una resolución en el lado opuesto, donde los límites de la moral no están tan definidos y todo era posible… para cualquiera que esté dispuesto a pagar el precio obviamente.

Habían pasado tres años ya cuando, finalmente, dio con aquel viejo libro. Un volumen que no debería existir, escrito por un aquelarre con sangre de víctimas no tan inocentes.

En el plato que tenía frente a él, un corazón humano bañado en sangre comenzó a palpitar. Gabriel tomó el cuchillo y lo clavó en el órgano que se contraía y dilataba en forma independiente. Casi en forma instantánea la habitación se llenó de una luz tan fuerte que parecía como si el Sol mismo se hubiera materializado. Después de unos segundos la intensidad disminuyó hasta que sólo quedaron las titilantes luces de las velas.

Gabriel tardó unos segundos más hasta que sus ojos volvieron a acostumbrarse . Parpadeó un par de veces hasta que distinguió la figura que tenía a pocos metros delante: era Carolina que le sonreía. Él se arrastró empujando las velas y ella lo esperó hasta que lo tuvo en sus brazos.

—No sabía si realmente iba a funcionar —le confesó casi llorando entre sus brazos— Pero tenía que intentarlo. Me alegro de haberlo hecho.

Ella lo miró con ternura y él se perdió en sus ojos como lo hacía hace tres años.

—Te extrañé mucho ¿Sabés?

—Yo a vos.

—Y contame ¿Cómo es el cielo? —mientras formulaba la pregunta se acomodó un poco para verla mejor.

Ella sonrió dulcemente por unos segundos.

—¿Y por qué crees que estaba en el cielo?

Tardó unos segundos en entender el verdadero significado de aquellas palabras. Apenas si llegó a ver los colmillos que salían de la boca de Carolina y se clavaban en su cuello.

Gabriel se retorció en el piso, pateando las velas en espasmos salvajes hasta que finalmente todo quedó en silencio una vez más.

La Casa

Carlos tuvo una infancia inusual: criado exclusivamente por su padre en una época en que los divorcios no eran moneda corriente.

Pero sus padres no se habían separado. Cuando Carlos tenía cuatro años, su madre decidió que la vida de ama de casa no era suficiente y se marchó en una búsqueda espiritual por el mundo. Nunca más supo de ella.

El vínculo entre Carlos y Ernesto (su padre) obviamente era muy cercano, incluso en el transcurso de la época adolescente del niño. Una vez terminada la secundaria, y sin presentar una vocación definida, Carlos comenzó a trabajar con su padre en la carpintería que Ernesto había heredado a su vez de su padre. Para la sorpresa de más de uno, el recién incorporado demostró grandes habilidades manuales.

Un día, años más tarde, Ernesto no se presentó a trabajar. Dado lo inusual de la situación Carlos cerró al medio día y fue a visitar a su padre. Lo encontró aún en la cama, pálido como las sábanas blancas que estaba usando.

—Falleció de un paro cardíaco mientras dormía —le informó el médico— pasó de un sueño al otro.

Una semana después, Carlos recibió un citatorio para presentarse ante una firma de abogados. Sin saber de que se trataba se puso su mejor, y único, traje y se presentó el día solicitado en la dirección solicitada.

En una reunión totalmente formal, un abogado de apellido impronunciable le hizo entrega de los bienes que poseía su difunto padre ya que Carlos era su único heredero. Entre los inmuebles se encontraba la casa en la cual vivió Ernesto… y otra casa situada en una zona olvidada de la ciudad.

—¿Qué es esta segunda vivienda? ¿De donde salió? —interrogó, ya que su padre nunca la había mencionado.

Los abogados se miraron de reojo y finalmente el de apellido impronunciable habló:

—Su padre nos dio instrucciones específicas de mantener esa propiedad, pero se rehusaba a venderla o incluso alquilarla.

—Pero… ¿Por qué?

No hubo respuesta. Carlos tomó las llaves de la mesa y se dirigió hacia la dirección que figuraba en los papeles. El sol ya se estaba poniendo cuando la encontró: era una casa de dos pisos con ladrillos a la vista en un terreno un poco más grande de lo habitual. Pero su estado era lamentable: el pasto del patio frontal había crecido hasta el metro y medio de altura, todas las ventanas estaban tapadas con gruesas y viejas maderas y en varias partes faltaban tejas del techo. El remate de la situación lo ocupaba la gruesa reja que bordeaba la propiedad.

—Como si alguien quisiera entrar… —pensó en voz alta. Pero se dio cuenta que él estaba ahí para justamente eso.

Carlos buscó en el manojo de llaves alguna que coincidiera en la cerradura del portón y para su asombro, el mecanismo cedió con un leve chasquido.

La puerta principal estaba clausurada y aquellas maderas no parecían fáciles de quitar (y menos sin herramientas). Pronto descubrió que del lado izquierdo de la casa se abría paso un delgado pasillo que dirigía hacia el terreno del fondo de la propiedad. Con dificultad Carlos se abrió camino entre la maleza. La puerta posterior simplemente no existía.

—Esto seguramente no sea una buena idea —se dijo a si mismo mientras miraba los últimos rayos de Sol desaparecer entre los edificios distantes.

Antes de ingresar prendió la luz del celular, tragó saliva y entró. El ambiente era una enorme cocina que se había quemado hacía años, donde estaba el horno había una forma amorfa de chapas y una mancha negra que llegaba hasta el techo. En la pileta una pila de platos y ollas que despedían un olor putrefacto y eran el centro de atención tanto de moscas como de cucarachas de todo tipo y tamaños.

La cocina tenía una sola puerta que daba a un largo pasillo y este tenía a su derecha dos puertas, otra al fondo (que era la puerta principal clausurada) y a la izquierda se elevaba una desvencijada escalera que iba hacia el primer piso.

Cuando entró al pasillo notó la creciente oscuridad que envolvía todo. La luz proveniente del celular no era suficiente para los grandes ambientes de la casa, pero era mejor que nada.

La primera puerta de la izquierda daba a una habitación convertida en biblioteca, con sus paredes cubiertas de estantes desde el piso hasta el techo. En un rincón había un viejo escritorio con varios libros apilados a los costados y en el centro, un volumen encuadernado en cuero mal curado. La curiosidad pudo más que él y abrió el libro donde el viejo señalador indicaba. Se trataba de una especie de diario personal o cuaderno de notas. La escritura a mano era casi inentendible, Carlos intentó leer la última entrada:

“El espejo no volvió a mostrarme la puerta, por más que invoqué el canto extendido mientras el fuego se consumía hasta quedar solo las brazas.

Él espera del otro lado, Él desea salir de la prisión y yo seré el medio de su liberación… o moriré intentándolo.”

Si las implicaciones de aquellas palabras no lo llenaron de horror, si lo hizo la fecha en que habían sido escritas: Esa misma mañana.

Carlos cerró el libro y se dispuso a salir corriendo de ese endemoniado lugar cuando notó que no estaba solo en la habitación, una figura estaba parada bajo el marco de la puerta abierta con un gran cuchillo en la mano. El celular tembló en la mano de Carlos que estaba paralizado por el miedo. La figura ladeó su cabeza hacia la izquierda y rió con un sonido que no podía provenir de cuerdas vocales humanas. Carlos intentó gritar pero no pudo emitir ningún sonido, su cuerpo no le respondía.

La figura se acercó lentamente blandiendo el oxidado cuchillo de un lado a otro sin dejar de reír. Finalmente se detuvo a tres pasos de Carlos y se lo quedó mirando desde la oscuridad.

—¿Finalmente viniste a visitar a Mami? —dijo entre risas y el cuchillo cortó el cuello de Carlos— Ahora el ritual está completo.

Él cayó al suelo ahogándose en su propia sangre. A su lado, su madre recitaba palabras antiguas en idiomas ancestrales.

Reflejos

A Gustavo le gustaba, de pequeño, la casa de su abuela porque tenía un inmenso espejo en el living. De casi dos metros de largo y desde el techo hasta el piso ocupaba aquel cristal. A su abuelo no lo había llegado a conocer ya que había fallecido muchos años antes de que él naciera.

La casa de su abuela era enorme, resultado de viejas épocas de bonanza, y Gustavo podía ir y venir por donde quisiera. El único lugar donde su abuela lo controlaba era en el cuarto de servicio, habitación que se utilizaba básicamente para guardar toda clase de cosas.

Su abuela le decía que lo observaba en aquel lugar porque tenía miedo que se lastime con alguna de las tantas porquerías almacenadas. Pero con el paso del tiempo Gustavo se dio cuenta que ella no lo controlaba a él, su atención se centraba en uno de los objetos: Una vieja puerta con su marco. Cada vez que el niño tocaba, aunque sea sin querer, aquel gran pedazo de madera su abuela lo miraba fijamente, mientras que el resto del tiempo se la pasaba tejiendo o haciendo crucigramas.

Los años pasaron y Gustavo se fue a vivir solo. Sin ningún mueble propio, y con lo mínimo en vajilla, se acomodó en la nueva residencia. Su abuela, ya inmovilizada en una silla de ruedas, le ofreció varias cosas para completar su nuevo hogar. Y fue, mientras revisaba en aquel cuarto de servicio, que las sospechas y los recuerdos aparecieron nuevamente.

—Podes llevarte cualquier cosa menos esa vieja puerta.

La indicación provenía de su tío, el hijo mayor de la abuela. No era alguien con el que Gustavo tuviera particularmente una buena relación, tampoco mala. Simplemente era poca.

—¿Y para que quiero una puerta? Eso es una de las pocas cosas que ya viene con el departamento.

—Yo te aviso nada más.

En aquel momento no dijo nada, pero su curiosidad sobre aquel objeto prohibido se clavó en su mente.

Un par de meses después tuvo su oportunidad: Su abuela se había ido por el fin de semana en una excursión con otros jubilados y su tío estaba tapado de trabajo. Por primera vez podía observar detenidamente aquella puerta sin que nadie lo controle. Pero después de un buen rato no encontró motivo por el cual hacían tanto escándalo con aquel pedazo de madera. ¡Si ni siquiera tenía un picaporte!

Las horas pasaron y la luz en aquel atiborrado cuarto fue mermando. La pequeña bombilla del techo no ayudaba por lo que Gustavo, con mucho trabajo, llevó la puerta hacia el living que miraba al Oeste y todavía permitía que entrara la claridad por su ventana.

La vieja puerta no tenía ninguna marca, escrita o tallada. Estaba pintada con el mismo celeste horrible desde que él tenía memoria. Solamente parecía haber estado en algún tipo de inundación hace mucho, mucho tiempo.

Cansado, o más bien decepcionado, fue a buscar algo de comer a la heladera. Su abuela siempre tenía algo en caso de que alguno de sus nietos cayera sin avisar.

Cuando volvió al living, Gustavo notó algo raro. Tardó unos segundos en darse cuenta, pero con asombro comprobó que la puerta era diferente reflejada en el gran espejo. Parecía el juego de encontrar las siete diferencias entre dos imágenes prácticamente iguales. Aunque en este caso, había una sola desigualdad: la puerta del espejo tenía picaporte.

Extendió la mano, guiándose por la imagen reflejada y sintió el contacto de los dedos con el frío metálico. Con el corazón latiéndole a toda velocidad giró su mano y pudo escuchar el chasquido del cerrojo al abrirse. Las bisagras se quejaron ruidosamente mientras la vieja estructura se abría.

Gustavo miró en ese momento la verdadera puerta que se encontraba a su lado. Pero si bien sentía el peso en la mano, no estaba sujetando nada. La puerta “real” seguía cerrada. Miró nuevamente el reflejo en el espejo, mientras abría la otra puerta… del otro lado no había nada más que oscuridad.

Una leve brisa le movió el cabello. Gustavo estaba casi paralizado por el terror, pero su asombro ante aquella situación podía más que su raciocinio.

Extendió la otra mano hasta que dejó de verla dentro de aquella oscuridad, mientras que en el mundo real su brazo traspasaba la madera como si esta no existiera. Empezó a reírse, sin saber porque y alguien dentro de aquella oscuridad rió también.

Presa del más profundo terror intentó retirar rápidamente la mano, pero descubrió que no podía. No sentía que nada lo sujetaba, podía mover la mano perfectamente de aquel lado, simplemente no podía sacarla.

La risa del otro lado se hizo más presente y Gustavo luchó con desesperación por sacar el brazo de ahí. Sin que nadie o nada lo sujete, la propia oscuridad comenzó a tirar, llevándolo centímetro a centímetro hacia aquel lugar. Gustavo gritó pidiendo una ayuda que nunca apareció. Gritó con todas sus fuerzas hasta que la oscuridad lo absorbió.

La puerta en el espejo se cerró lentamente, emitiendo únicamente un leve chasquido cuando el pestillo se cerró.

Legado

Esta historia comienza de manera diferente, el final será el comienzo. Pues los tiempos apremian y la historia del pueblo debe permanecer.

El enemigo ha bloqueado todas las salidas posibles. A decir verdad, las únicas dos, la fortaleza en la que nos encontramos fue construida con el fin de resistir, y es por ello que esta entre las montañas de esta cordillera.

Mi nombre es Pioy, soy el escriba de su majestad Kjie, la princesa – guerrera.

El ultimo capitulo del pueblo de Qwer comienza hace cinco lunas, cuando una nube de polvo oscureció los cielos del norte. Un ejército tan innumerable que llegaba al horizonte y la tierra misma marchaba a su paso.

La invasión había comenzado.

No hubo amenazas, ni peticiones. Degollaron salvajemente a los enviados de la reina y se limitaron a esperar. Analizando la fortaleza, pero sin atacar. Al menos por un tiempo.

Su majestad Kjie, organizó la defensa en persona. Y demostró su valentía en la primera luna. Cuando el enemigo intentó atacar los muros externos. Fueron fácilmente aplastados, con simples aceites y fuego. El pueblo se tranquilizó detrás de los muros, pues sintió una victoria fácil y sencilla. Kjie sabía que no sería así.

La siguiente noche la muerte cruzó los muros. Lluvias de flechas envenenadas sisearon los cielos nocturnos durante horas. Diezmando nuestra infantería.

Varias noches consecutivas duró su ataque. Solo cuando la pálida Luna asomaba por el este despertaba la muerte y al desaparecer el último hilo de plata en el oeste, tan misteriosamente como el ataque había comenzado, cesaba.

El corazón de los hombres nobles de Qwer se llenó de terror ante la oscuridad de los invasores que esperaban el momento mas allá de los altos muros.

Se ideó un plan. Vhok, mano derecha de su majestad en las batallas y Rey de su corazón, saldría por el camino del oeste, cruzando la cordillera hacia el sur. Hacia el pueblo de Wzex, a dos lunas de distancia. Juntos los ejércitos de Qwer y Wzex podrían librar batalla justa.

Pero Vhok no regreso. Ningún ejercito vino en ayuda. Y mi señora Kjie se hundió en las tinieblas ante la pérdida.

Sabíamos que era el fin.

A la siguiente luna, una luz destelló en las murallas. Su majestad Kjie en persona, con la armadura de plata de Luna, volvía a comandar la defensa. Jamás se la vio tan decidida, su voz parecía contagiar de ánimo guerrero a todo aquel que la escuchara.

Y la esperanza en Qwer renació.

En el renacimiento de la última Luna, la balanza se puso de nuestro lado. Ante todo pronóstico, un ejército emergió del oeste. Los invasores del norte retrocedieron ante el milagro, pero no atacaron. Siguieron esperando, pacientemente.

El ejército del oeste, comandado por Vhok se acercaba a las murallas. Justo entre el enemigo y la fortaleza. Como una lanza de luz.

Las rampas se abrieron. Pero sólo Vhok pasó a través de ellas. Los jinetes se ubicaron al pie de la muralla, enfrentando al enemigo.

Vhok cabalgó sin interrupciones hasta la presencia de su amada y reina, su majestad Kjie, la princesa – guerrera. Los que presenciamos el encuentro, jamás lo olvidaremos.

Los ojos de su majestad irradiaban lo que su alma sentía. Hasta el último momento, cuando la daga de Vhok se clavaba en su cuerpo y el traidor intentaba huir por la ventana.

La herida no fue mortal, y su majestad fue llevada ante los médicos supremos, bajo la gran montaña.

Vhok logró escapar. Aquellos que lo vieron contaron que su rostro era la cara misma del terror y el dolor. Salto desde la cima de la gran muralla hacia el vacío exterior. Ignora esta cansado cuerpo los motivos y el destino del que fue una vez un gran hombre y guerrero para el pueblo de Qwer.

La herida sanó rápidamente, pero no así su majestad que según manifestó en sus últimas palabras “la traición no se perdona, se paga con la vida del traidor. Pero si se traiciona el amor, ya no hay vida posible”.

Los médicos supremos nada pudieron hacer contra la voluntad de su majestad, Kjie, la princesa – guerrera.

Así es como la luz del pueblo de Qwer se apagó, bajo las entrañas de la gran montaña. Y con ella la esperanza de todo un pueblo.

Las leyes de Qwer establecían un apoderado hasta el surgimiento de su próxima majestad. Día que jamás llegaría para nuestro pueblo.

El enemigo del norte, ahora reforzado por nuestros propios hombres, permaneció inmóvil, dejando que el dolor nos debilitara. Esperando pacientemente hasta la hora precisa.

Tarde nos dimos cuenta del trágico rumbo que el destino nos deparaba. Los invasores no pensaban gastar ni siquiera un puñado de sus hombres.

Desviaron el río Ght, para que su cause se encontrase directamente contra la gran muralla de nuestra ciudad.

Usaron nuestra mayor defensa como arma.

El terreno en desnivel permitió que la muralla actuara como dique. Conteniendo el agua.

El enemigo seguía esperando mas allá. Sus planes eran claros y tarde los habíamos comprendido.

Finalmente el agua rebasó la defensa exterior. La ciudad se inundó lentamente. Aquellos que intentaban escapar eran acribillados con flechas envenenadas. Los que permanecían, morían ahogados.

Pronto renacerá nuevamente la Luna del este, y con ella, el último hilo de vida del pueblo de Qwer. No sé cuantas vidas quedan detrás de las murallas o si soy el único sobreviviente de lo que fue alguna vez, una próspera civilización.

La oscuridad del cielo deja entrever la próxima luz mortecina que nacerá, y con ella moriré.

Puedo sentir el suelo temblar como hace cinco lunas, cada vez mas fuerte, cada vez más cerca.

Dios mío, ahí vienen…

Elección

Mis ojos se abrieron con la pesadumbre de la mañana. El sol me daba directamente en los ojos.

—¡Amor! ¿Por qué abriste las cortinas?

—Perdón señor, el nivel de luminiscencia será graduado para su comodidad.

La voz era suave, pero monótona. Cuando logré abrir finalmente los ojos, encontré una máscara metálica a pocos centímetros de mi cara que me “observaba” fijamente. Pegué un grito (admito que quizás demasiado agudo y alejado de lo varonil) y al levantarme mi cabeza golpeó fuertemente contra el techo de lo pequeño que era el espacio.

—¿Se encuentra usted bien?

—Si, si… Gracias —mentí.

—En cuanto se sienta mejor, avíseme y dispondremos para usted los servicios pre solicitados.

—¿De qué estás hablando?

Me di cuenta que le estaba hablando a un robot de forma humanoide. Sin embargo, me generó más dudas pensar si tenía que tratarlo de “usted” o como un objeto, que el hecho de que sea un robot.

—Es normal que se sienta desorientado. Ahora lo llevaré a la sala de recreación.

Las piernas me temblaban, pero el fuerte brazo del androide me sirvió de sostén.

La puerta se abrió sin producir sonido alguno. La nueva habitación era color bordó y había en el centro un sillón que no se veía muy cómodo. El androide me llevó y me ayudó a sentarme. Él se quedó parado a mi lado.

Una voz, que parecía venir de todos lados, dijo:

—Bienvenido al programa de selección. A continuación le haremos unas breves preguntas para que usted, rápidamente, pueda disfrutar de su elección preferida. ¿A qué género desea pertenecer?

Después de unos segundos escuché una voz a mi lado:

—Tiene que responder señor —era el androide.

—¿Responder qué?

—Si desea ser hombre o mujer.

—Pero… Soy hombre —llevé mi mano para asegurarme que todo estaba en su lugar y respiré aliviado al comprobarlo.

—Usted a elegido “Hombre” —la voz retumbó en todo el lugar— ¿Qué raza prefiere? Recuerde que tiene la posibilidad de la improbabilidad, donde aleatoriamente se le asignará una.

—¿De qué está hablando?

Al unísono, la voz de la habitación y el androide me respondieron:

—Este es el programa de selección de personalidad, donde mediante preguntas simples usted podrá seleccionar su propia vida virtual. ¿Desea ser un pirata? ¿O quizás un conde? Todo es posible, sólo debe seleccionarlo y dedicarse a vivir su vida.

—Pero yo no quiero volver a la cosa de dormir, yo quiero ver el futuro. Quiero recorrer… lo que sea esto.

—Selección no computable, por favor, vuelva a intentar —dijo la voz de la habitación.

—¡Que no quiero dormir! Quiero ver las cosas que hay acá.

—Eso es imposible señor —esta vez fue el androide el que habló— Todos los seres de esta unidad están en las cápsulas. Ha sido así por miles de años.

—NO-QUIERO-DORMIR —dije remarcando con mis dedos cada una de las palabras.

Se escuchó un silbido agudo insoportable, intenté taparme los oídos pero no pude moverme.

—Selección de improbabilidad activada.

¡Que no! Quería gritar, pero mi cuerpo no me respondía. Sólo podía ver como una especie de imagen hacía zapping. Me estaba esforzando tanto en gritar que no vi donde se detuvo.

El androide me subió a una camilla y me llevó de regreso. En todo el trayecto yo seguía intentando gritar, pedir auxilio, algo.

Finalmente todo quedó sumergido en la oscuridad.

Mis ojos se abrieron despacio porque el sol me cegaba. Una mano, que estaba agarrada a la mía, me hacía una caricia.

—Al fin nos despertamos.

Me llevó un tiempo entender. Cuando logré ver, observé ante mí el mar más hermoso que pudiera imaginar. Bajo mis pies la arena más blanca y junto a mí, el hombre que me hablaba.

Pegué un salto alejándome de él.

—¿Qué pasa mi amor? —me dijo con una voz que intentaba ser tierna o dulce.

No-no-no-no-no. Incluso antes de comprobarlo, lo sabía. Bajé la vista y me encontré con un par de tetas enormes, agarradas por una diminuta bikini.

—¡Dios! ¡Tengo tetas! —no pude evitar decir.

—Y debo decir que son hermosas —me dijo él.

Le iba a responder todo el diccionario de puteadas. Pero eso no sucedió, es más: nada sucedió. Nunca más.

Mi rostro se puso colorado. Lo miré a los ojos y extendiéndole la mano le dije:

—¿Vamos de vuelta al agua?

Sonrió y se puso de pie. Me tomó de la mano y los dos fuimos corriendo hacia aquel hermoso mar. Yo sólo podía pensar en lo afortunada que era al haber encontrado a un hombre que me hiciera tan feliz.

Culpable

Escondido en el fondo de ese vagón de tren abandonado puedo escuchar a lo lejos como se acerca la gente de la policía. Los perros de rastreo no paran de aullar sabiendo que la presa se encuentra cerca.

Pero para que entiendan mi historia, debo remontarme a unos siete años atrás, en aquella fatídica noche cuando sin querer maté a un hombre.

Yo había cumplido mis catorce años y en el campo donde vivía junto a mi familia, era ya edad suficiente para ser tratado como un adulto completo. Era una noche sin luna cuando mis padres y mis dos hermanos me dejaron solo en la casa. Mis padres porque se habían ido a una peña y mis dos hermanos estaban cazando en el monte.

No teníamos ni televisión ni radio, la verdad que no había mucho para hacer así que me había ido a acostar temprano.

Estaba durmiendo cuando un ruido afuera hizo gruñir a Roberto, el perro que dormía a los pies de mi cama. Mi padre me había contado varias veces de algunos cuatreros que, amparados por la noche, entraban a llevarse verduras de la huerta que teníamos en el fondo.

Asustado entré en el cuarto de mi hermano Agustín y agarré el fusil que tenía colgado en la cabecera de la cama, busque las balas que ocultaba entre la ropa interior y una vez cargada el arma salí con el Roberto a la oscuridad.

—¿Quien anda ahí? —grité entrecortadamente.

No tuve respuesta.

El Roberto se paralizó y comenzó a gruñir para el lado de la calle. Entrecerré los ojos para ver mejor y vi una sombra que tambaleándose se acercaba.

—Quieto o disparo, quienquiera que sea.

Aquella figura llevó su mano a la cintura y antes de que pudiera sacar su arma disparé, creo que lo hice más para asustarlo que otra cosa. Se escuchó un ruido seco y eso fue todo.

Volví a entrar a la casa y salí con el farol. A los pocos metros encontré al intruso con un agujero justito en el medio de los ojos. Se trataba de Alberto, el vecino de al lado que había vuelto de la peña con algunas copas de más y el muy borracho se había equivocado de casa.

Ahí me encontraba yo, con el Roberto a mis pies, el fusil en la mano y un cadáver desangrándose. Instantáneamente el miedo me abrazó ¿Cómo iba yo a explicar esto? Todos sabían en el pueblo que el Alberto y nosotros no nos llevábamos bien. Tuvimos varios encontronazos por la forma en que él trataba a sus perros (los tenía siempre atados con una cadena) e incluso alguna que otra vez las cosas se habían ido a las manos.

Y yo ahora estaba con el cuerpo del Alberto acostado dentro del terreno familiar.

Hice lo que tenía que hacer: volví a entrar a la casa, agarré un bolso pequeño y metí adentro la ropa que tenía limpia, abracé al Roberto por última vez y cabalgando en el Felipe abandoné la casa para nunca más volver.

El Felipe era mi caballo, ya entrado en años pero fiel. El pobre no aguantó la vida del monte y tuve que sacrificarlo a los pocos meses. Y así me quedé solo, viviendo en el monte norte donde no iba nadie ya que no había nada para cazar. Cada tanto me acercaba a los ranchos que estaban más alejados del pueblo y me llevaba algún chancho y lo carneaba. Con eso comía algunos meses.

Me había convertido en la peor criatura que existía bajo el cielo de Dios: Era un cuatrero. Pero la virgencita sabía que lo hacía por necesidad y no por vagancia. Le rezaba todas las noches pidiéndole perdón por los males que le ocasionaba a otra gente, pero que eran necesarios para que yo pueda comer y seguir viviendo.

Con el tiempo deje de volver al pueblo y me interné más en el monte. Ahí había suficiente para que una alma pecadora pueda redimirse sin lastimar a nadie.

Los días se hicieron meses y los meses se hicieron años. Pasó mucho tiempo sin que volviera a ver a otro cristiano.

Pero hace cosa de dos meses escuché a unos caballos relinchar a lo lejos. Cautelosamente me acerqué y vi a un hombre uniformado de verde junto a la policía de mi pueblo. No llegué a escuchar de que estaban hablando pero el asunto me dio mala espina y me fui volando de ahí.

Pero no estaban solos, eran en total como veinte hombres que estaban rastrillando el monte. No tardaron mucho en descubrir mi choza, pero para cuando lo hicieron yo ya me encontraba lejos.

Mi mala suerte era grande y cuando descubrí la otra patrulla que venía rastrillando el monte en sentido contrario ya estaba metido en la trampa.

Retrocedí hasta donde puede y finalmente encontré unos vagones abandonados de lo que era el ferrocarril. El tren ya no andaba desde que yo era pequeño, fruto del avance de nuestro país y el olvido de los pequeños pueblos como el nuestro.

Escondido en el fondo de este vagón de tren abandonado pude escuchar a lo lejos como se acercaba la gente de la policía. La luz del sol ya estaba desapareciendo y, pensando que quizás el manto de la noche me protegería, veo que la policía trajo linternas poderosas.

Los perros se volvieron locos en la puerta del vagón abandonado y cuando la abrieron me dejaron ciego con tantas luces apuntándome.

Me agarraron entre al menos tres y me esposaron. Yo no puse resistencia, estaba débil de comer tan poco y además seamos sinceros: me merezco mi castigo.

Apuntándome con sus escopetas me bajaron del monte y me puserion dentro de un vehículo sin ventanas. Agotado perdí la conciencia mientras me llevaban.

Me desperté detrás de las rejas de la comisaría. Me dieron un plato de comida y me preguntaron quien soy. Les dije mi nombre pero no me conocieron. Creo que todos estábamos bastante confundidos por eso.

Trajeron a alguien para que me corte el pelo y me saque la espesa barba que me había crecido en todos estos años.

El comisario se sentó a mi lado y me vuelve a preguntar quien soy.

—Juan Villalba —le digo nuevamente.

—Villalba… Villalba. ¿Y usted dice que vivía en este pueblo?

—Si, en la calle Padre Domingo al fondo.

Se ve que el comisario estaba en el pueblo hace un par de años nomas y no conocía a mi familia. Vuelve a la media hora y con rostro compungido se sienta a mi lado.

—Temo decirle que su familia ya no vive más en esa casa, se encuentra abandonada hace años.

—Claro… lo entiendo —es todo lo que llegué a balbucear.

—Se fueron luego del asunto de su hermano.

Ahí fui yo el que miró extraño al comisario.

—¿Usted no sabe nada? —preguntó.

Y moviendo la cabeza de lado a lado le respondí que no.

—Fue hace varios años ya, antes de que yo venga a parar de comisario aquí. Su hermano le dio un tiro en la cabeza a Alberto Santini. Lo encontraron con el arma en la mano y el cadáver seco en el piso.

Su hermano dijo todo el tiempo que había llegado del monte, donde se había ido a cazar. Pero no tenía ninguna presa con él. Lo encontraron culpable y lo colgaron al día siguiente.

Su familia se vio tan relegada por todo el pueblo que no pasó ni un mes que ya se habían ido vaya a saber Dios a donde. Acá no le dijeron a nadie.

—¿El agustín esta muerto?

—Bueno… si, mató a un hombre. Fue justicia. Lamento que no lo supiera. Nosotros estábamos buscando a un preso que se escapó cuando lo encontramos a usted entre los montes. Nadie va por aquellos lugares.

No pude decirle nada al comisario. Supongo que él confundió mis lágrimas cuando comencé a llorar por el Agustín.