Enfermo

Carlos era deportista, o al menos lo deportista que podía llegar a ser alguien que trabaja detrás de un escritorio. Pero para la clase de oficio que tenía, él salía a correr bastante. Además, los viernes jugaba con sus amigos al fútbol y, hasta hace poco, iba al gimnasio del barrio. A decir verdad, no eran pocas las miradas que robaba: un hombre soltero cerca de los treinta años y en buen estado era codiciado por ambos sexos.

Un viernes, faltó al partido semanal con sus amigos sin avisar. A ellos le pareció extraño, pero no le dieron mayor importancia y acomodaron los equipos para jugar. El lunes siguiente faltó al trabajo sin previo aviso, y Recursos Humanos mandó, como suele hacer, un médico a su domicilio. El clínico estaba a punto de irse después de tocar el timbre varias veces, cuando Carlos abrió la puerta.

Buenos días, soy el Doctor González se presentó intentando descubrir entre las sombras al dueño de la casa.

Pero el paciente no le respondió, tan sólo se corrió y lo dejó pasar. Cuando el doctor González estuvo adentro, y sus ojos se acostumbraron a la poca luz, descubrió que el lugar era un desastre: basura por todos lados, ropa sucia tirada por encima de los muebles, y un olor nauseabundo que inundaba el lugar. Pero lo que más perturbó al médico fue el estado de Carlos: el hombre estaba muy ojeroso, casi blanco, encorvado y con una pequeña joroba a la altura de los omóplatos.

Le tomó la temperatura y la presión. La primera dio bien, pero la presión estaba muy baja. Le recetó un paquete de vitaminas y que saliera un poco de la casa (intentó no hacer mención al estado en que vivía). Aliviado, el médico salió de ese lugar lo más rápido que pudo.

Pasaron dos semanas sin que se supiera nada de Carlos. Preocupados, algunos de sus compañeros se juntaron y fueron a Recursos Humanos a pedir la dirección del desaparecido. En un principio, RRHH no quería darles información por considerarla personal, pero la pobre empleada del sector se vio doblegada por la pequeña muchedumbre, y luego de un rato cedió ante el pedido.

Al día siguiente, la pequeña caravana se encaminó hacia el domicilio de Carlos. Golpearon la puerta varias veces, hasta que escucharon ruido adentro. El hombre que abrió la puerta no se parecía en nada al recuerdo que tenían de su compañero. La persona que estaba en el umbral era muy pálida, encorvada de una forma grotesca con los hombros casi a la altura del estómago, y una gigante y horrible joroba que se alzaba en mitad de la espalda.

Carlos reconoció a más de uno en forma instantánea e intentó sonreír sin lograrlo, y con un gesto los invitó a pasar. El lugar era como una gran bolsa de residuos: Comida podrida dejada sobre la mesa donde las cucarachas disfrutaban a lo grande, ropa sucia tirada por el piso bajo una nube de moscas zumbando, y varias cosas que nadie sabía como catalogar.

Carlos se mostraba animado, como si fuera un niño que recibe amigos. Sin previo aviso, su emoción fue interrumpida por convulsiones, y el jorobado comenzó a sacudirse violentamente echando espuma por la boca. Cuando su cuerpo cayó al piso, ya no respiraba. Carlos tenía los ojos totalmente blancos clavados en un punto lejano, mientras su renegrida lengua viscosa se dejaba ver afuera de la boca.

A pesar del horror de la situación, Miguel, uno de los compañeros de trabajo de Carlos, se acercó lentamente al cuerpo inmóvil y estiró la mano para tomarle el pulso. Cuando sus dedos estaban a tan sólo unos centímetros de Carlos, notó que la joroba del caído se movió rápidamente.

Miguel saltó hacia atrás presa del terror.

¿Alguno vio eso?

…La joroba… está viva tartamudeó alguien desde atrás.

En efecto, la joroba de Carlos se había sacudido y, muy despacio, se arrastró un poco hacia arriba y un poco hacia abajo de la espalda. Uno del grupo no pudo aguantar y vomitó. La joroba se quedó quieta de repente. Nadie entre los visitantes respiraba, aunque tampoco podían despegar la vista del cuerpo en el piso.

La remera de Carlos se abrió por la espalda, desde el cuello hasta la cintura. La rasgó un dedo en extremo fino y cubierto de horribles pelos negros. Acto seguido aquel dedo salió muy despacio, dejando al descubierto que era muy largo, casi de un metro hasta donde se podía ver.

Uno del grupo logró salir de su estupor y, en forma muy lenta, empezó a caminar hacia la puerta sin dejar de mirar aquel abominable dedo. Cuando una segunda falange se asomó, su horror fue tal que giró y corrió hacia la salida. Otros comenzaron a imitarlo, aunque eran ya cinco los dedos negros que habían aparecido. Cuando estaban a punto de cruzar la puerta, un golpe seco los detuvo. Se volvieron a mirar y observaron que Miguel estaba parado en una posición extraña, y sus ojos ahora completamente blancos, miraban al vacío. En su pecho, una horrible araña se acomodaba aferrándose fuertemente.

La ahora espalda desnuda de Carlos, mostraba las vértebras de la columna expuestas y toda la piel alrededor era de un color rosado blancuzco.

El hombre que estaba más cerca de la puerta le gritó a sus compañeros que huyeran, cuando otra araña que caminaba por el techo lo aferró por la cabeza. Una mujer comenzó a gritar desesperada sin darse cuenta de que más bestias habían aparecido en la sala.

El hombre que había caído en la entrada se puso de pie, se asomó a la vereda y miró con sus ojos blancos hacia ambos lados de la calle. Luego, medio encorvado, cerró la puerta.

En la casa ya no se escuchaban más gritos.

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Susto

Con mis hijos inventamos un juego, se llama El Susto. Al principio era simplemente corrernos entre nosotros y cuando estabas cerca de alguien le decías ¡Bu! y seguías corriendo.

Ahora Martín tiene casi cinco años y Sofía había cumplido tres años dos meses atrás; por lo que el juego se adaptó a sus nuevas cualidades: Había que esconderse y uno buscaba. Si lo llegaban a encontrar, se tenía que decir el ¡Bu!, salir corriendo a esconderse y el asustado tenía que buscar al resto.

Ese día en particular llevábamos largo rato jugando y Sofía nos estaba buscando a Martín y a mi. Yo me había escondido detrás de las cortinas del pasillo (siempre me escondía ahí, así que los chicos ya sabían donde buscarme). No pasó mucho tiempo hasta que escuché los pequeños pasos de Sofi acercándose, me toca la pierna a través de la cortina y escucho el clásico BU pero un poco disfónico. Considero la posibilidad de darle ibuprofeno o tomarle la temperatura. En el jardín había una epidemia de diferentes virus y hasta el momento, por suerte, ninguno se había agarrado nada.

Corro la cortina para abrazar a mi hija, pero ya no se encontraba ahí. Los llamo a los dos y es Martín el que me responde desde el cuarto. Cuando llego a la puerta, para mi sorpresa, me encuentro a los dos jugando tranquilamente en el piso.

—¿No estábamos jugando a el susto?

—Si, pero nos aburrimos y vinimos a jugar al cuarto.

Un escalofrío recorrió mi nuca

—¿Hace cuanto están acá?

—Un ratito.

¿Entonces que fue lo que me tocó la pierna? La idea aún no se había disipado en mi cerebro que veo, en las sombras que formaban la cortina del pasillo. Un par de ojos que me observaban. Incluso podría jurar que debajo de ellos se formaba una tenue sonrisa.

Comida

Kleh camina junto a su manada, como hace todos los días. Sus pasos son lentos, pues su cuerpo también lo es. En sus seis patas se distribuye todo su enorme peso: Tres de ellas resisten, mientras el resto avanza.

Como todos los días, están buscando alimento: La dulce y tierna Hji. La hierba, que antes se encontraba en abundancia, exige caminar largos trechos para hallarla en esta época de escasez.

Por supuesto que hay otras cosas para comer, pero no son tan sabrosas como el Hji. Kleh sabe, por ejemplo, que la Gbu es muchísimo más nutritiva… Pero es áspera y no tiene muy buen sabor. También está la flor del Cfrty que, si bien es deliciosa, no le alcanza ni para llenarle una muela. Y la cantidad necesaria para saciarlo… Bueno, simplemente le da pereza pensar en todo el esfuerzo que eso llevaría.

El día de hoy han caminado un buen trayecto, pero ninguno de la pequeña manada muestra signos de desgaste.

Kleh se aleja unos momentos del sendero porque ve algunas Cfrty a pocos metros, y nunca se desprecia un bocadillo entre comidas. Cuando está a punto de dar el primer bocado, siente como todo el piso tiembla. Mira en todas direcciones buscando alguna respuesta, pero solo observa que su manada se ha reducido de tres integrantes… A solo dos.

Para el cerebro de Kleh eso no es problema, un animal con su tamaño tiene pocos depredadores y ellos no atacan a la manada, solo lo hacen cuando encuentran alguna víctima solitaria y desprotegida. Pero Kleh está acompañado. No hay peligro.

¿En que estábamos? Ah, sí. La flor de Cfrty…

Kleh abre nuevamente su boca para degustar aquel dulce, cuando la tierra vuelve a temblar. Mira a su alrededor y, con horror, se da cuenta que se encuentra absolutamente solo.

Siente el miedo en todo el cuerpo. El terreno es desconocido y, para colmo de males, hay demasiadas rocas desde las cuales los depredadores pueden atacarlo.

Kleh avanza a pasos rápidos, al menos tan rápidos como su masa lo permite. A los pocos metros siente como el piso tiembla una vez más. Presa del pánico mira en todas direcciones esperando una emboscada: Adelante, detrás, arriba y a los costados. Sus ojos corren de una posición a otra con miedo.

El piso sigue retumbando en un segundo final y Kleh observa resignado como la roca que está a su lado se abalanza sobre él con la boca abierta.

Escondidas

El juego preferido de Martina era, por lejos, el de las escondidas. Le encantaba tener que ocultarse y esperar que otro la busque incansablemente.

Con el correr de los años se había vuelto bastante buena en el arte de camuflarse entre los objetos que la rodeaban. O al menos, eso es lo que ella se decía. El truco consistía en mantenerse perfectamente quieta, evitando de esa manera, producir cualquier sonido que delate su posición.

Esa mañana de sábado iba a jugar a la casa de Julieta, que era una de sus mejores amigas. Le gustaba ir porque Julieta tenía una hermana llamada Victoria, de tan solo dos años menor que ellas, que podían incluir en los juegos.

Los padres de su amiga la pasaron a buscar por su casa y ya en el auto las tres jugaban a las adivinanzas. Mientras manejaba, el padre les informó que tendrían que pasar por su trabajo unos minutos. Llegaron al gran edificio y las tres niñas rogaron a la Madre si podían bajar.

—Ignacio, quieren ir con vos ¿Se te complica mucho si las llevas?

—Ehhh. Sólo si prometen portarse bien y no hacer lío. Y ustedes dos cuidan a Victoria que es más chica ¿Entendido? —las tres niñas asintieron contentas.

—Yo me quedo en el auto que está lindo a la sombra —agregó la madre y rápidamente sacó la biografía que estaba leyendo.

Los cuatro bajaron del auto. El padre de Julieta las dejó en una sala de espera mientras entraba en una oficina a verse con alguien.

Las tres niñas aprovecharon para investigar. El lugar era increíble para jugar. Julieta pronto reconoció la puerta que daba al pasillo donde trabajaba su padre. Sabían que tenían prohibido entrar ahí, pero los adultos no estaban en ese momento.

—3,2,1… ¡Ahi voy! —avisó con todas sus fuerzas Julieta.

Frente a ella tenía el gran pasillo. Dos puertas a cada lado y una al fondo. Julieta tenía miedo que al estar ocupada en una de las habitaciones, su amiga o su hermana salgan corriendo de otra y lleguen a salvarse tocando la pared antes que ella.

Decidió que lo mejor era asomarse a cada una de las oficinas y ver que posibilidades había de que alguien este escondido ahí. Satisfecha con su táctica empezó por la primera puerta de la derecha: Se asomó y prendió la luz. Era el cuarto de archivos, cajas con papeles del piso al techo. Ahí no había lugar posible para esconderse. En cuanto Julieta se dio vuelta para encarar hacia la oficina del otro lado del pasillo vio, por el rabillo de su ojo, un movimiento detrás de la otra puerta de la izquierda.

Corrió y la abrió de un tirón. Justo para ver que alguien se ocultaba detrás del gran escritorio de su padre. Pisando apenas con la punta de los pies se acercó lo suficiente para descubrir a su hermana Victoria acuclillada.

—¡Piedra libre para Victoria detrás del escritorio! —las palabras no habían terminado de hacer eco en la habitación que las dos niñas ya estaban corriendo.

Julieta, al querer salir de la oficina, enganchó su vestido con el picaporte y casi la tiró al piso. Esto fue aprovechado por Victoria para llegar antes a la pared y salvarse. La pequeña no podía contener la sonrisa en su rostro de haber vencido, aunque con ayuda, a su hermana mayor.

Julieta debería encontrar si o si a Martina. De otra forma le tocaría contar de nuevo.

Quedaban dos puertas: la segunda de la derecha y la del fondo. Como la primera estaba cerrada con llave, Martina tendría que estar escondida en la habitación del fondo.

Julieta abrió la puerta y encendió la luz. Esa era la habitación más grande del lugar y donde su padre pasaba la mayor parte del tiempo.

—¡Julieta! ¿Qué te dije de jugar acá? —la voz resonó tanto que la pequeña tuvo que ahogar un grito.

—Pero Papá, no estábamos haciendo nada…

—Ya les dije que es peligroso. Salgan las dos, vayan con su madre. Termino un trabajo atrasado y estoy con ustedes.

—Esperá que le… —pero su padre no la dejó terminar.

—SALGAN, AHORA.

Julieta sabía que era imposible discutir. Ya su padre encontraría a Martina y la mandaría también afuera.

Tomó de la mano a su hermana y cruzaron la puerta.

Ignacio bufó, no le gustaba estar tan atrasado en su trabajo.

Prendió la radio y se relajó un poco al escuchar que pasaban una canción de su juventud. Ya más tranquilo, accionó el interruptor que habría la puerta del gran horno y empujó el féretro hacia adentro. Prendió las potentes llamas y se sentó a llenar los papeles de la cremación que si bien era simbólica, ya que había sólo objetos y no un cadáver, el papelerío era el mismo.

Nunca escuchó los gritos de Martina escondida adentro del ataúd.

Lechuga

Miguel volvía, como todos los miércoles, de hacer sus compras semanales en la verdulería que quedaba a la vuelta de su casa.

Como tantas otras veces, volvía con bolsas en ambas manos que le marcaban hasta dejarle unos surcos color bermellón que tardaban varios minutos en disiparse.

Con destreza guardó todo en la pequeña heladera de su departamento y, con satisfacción, observó el placer de no ver ningún espacio sin ocupar. Sabía que el efecto duraría sólo dos días, tres como mucho, pero no podía evitar sentir ese calor en el pecho que tan bien le hacía.

Un par de días después, Miguel se dispuso a hacerse una ensalada de lechuga, tomate y repollo colorado. Sacó los elementos y cortó varias hojas de lechuga, las tiró en la pileta para lavarlas. En ese momento notó un repugnante y gigantesco hongo en una de las hojas.

Apuntó el chorro de agua directamente hacia la verde-azulada asquerosidad con la esperanza de que salga en su mayoría por la presión del agua.

—¡Hey!¡Hey! ¡Eso duele!

Miguel se dio vuelta presa del susto ante la inesperada voz.

—Che, Roberto. Acá abajo. Sacame el agua de la cara.

Miguel miró hacia el hongo sobre la hoja de lechuga. Sin realmente pensarlo, cerró la canilla de agua.

—Gracias, mucho mejor Roberto. Mi nombre es Trix. Un gusto.

—Mi… mi nombre es Miguel, no Roberto —las palabras apenas se escuchaban.

—¿Estas seguro? Tenes cara de Roberto. Para mi sos un Roberto.

—Si, si… seguro.

—¿Seguro que sos Roberto?

—No, seguro que soy Miguel…

—Quien soy yo para juzgar la cara de las personas. Si decís que te llamas Marcos, sos Marcos.

—Miguel

—Es lo que dije, Miguel

—¿Cómo…? ¿Cómo es que podes hablar?

—No lo sé ¿Cómo podes vos?

Miguel no sabía como contestar a eso.

—Entonces… ¿Qué hago? ¿Esta hoja de lechuga es tu territorio…?

—Toda la planta de lechuga que tenes en la mano es parte de mi cuerpo, vivo en armonía con toda su esencia.

—Pero… hace dos minutos corté esta hoja para lavarla. Me estaba haciendo una ensalada

—¿¡QUÉ!? ¿¡POR QUÉ CORTASTE LA HOJA?! ¿QUÉ CLASE DE SÁDICO SOS?

—¡POR QUE ME IBA A HACER UNA ENSALADA!

Trix no respondió, comenzó a balbucear hasta que finalmente exhaló por última vez.

Miguel se quedó mirando la hoja de lechuga por más de media hora, después fue al fondo de su casa y la enterró a pocos centímetros de profundidad. No dio ningún discurso, simplemente volvió a la cocina, tiró al tacho de basura las otras hojas de lechuga, los dos tomates y el repollo colorado. Abrió un paquete de galletas de agua y las comió despacio sentado en un rincón.

No volvió a comer una ensalada.

Oráculo

Después de caminar innumerables días finalmente llegó. La gran montaña donde vivía el oráculo se alzaba delante de él.

Cuando entró a la caverna, inmensa por donde se la mire, un frío recorrió todo su cuerpo. En el medio del recinto unas escaleras se alzaban, grandiosas y majestuosas, hasta el gran trono donde una figura lo observaba con ojos profundos.

—Disculpe ¿Es usted el oráculo? —la voz del visitante hizo eco en toda la caverna.

—Por supuesto, de otra manera no estaría aquí.

La figura del trono se veía agotada, cansada. Su voz era rasposa, pero imponente.

—Es que… tenía entendido que el oráculo era… bueno, un unicornio.

—Es verdad lo que dices, pero los poderes que en mí viven, más allá de mostrarme el tiempo sin tiempo, permiten cambiar mi apariencia a voluntad. En esta era, mi elección es la que ves: un centauro.

El visitante asintió un par de veces, aunque estaba convencido que había apariencias más cómodas para estar sentado todo el día.

—¡Oh, Gran oráculo! Vengo desde muy lejos para consultarte por mi pueblo —el centauro comenzó a toser— ¿Oráculo? ¿Or…?

La gran figura del trono se desplomó en el suelo. El visitante, después de unos segundo de incertidumbre, comenzó a subir uno a uno los grandes escalones hasta llegar a la cima. Encontró al oráculo arrastrándose hacia la parte posterior del trono, pero cuando aún quedaban sus patas traseras a la vista, exhaló una última vez y dejó de moverse.

El visitante se acercó y descubrió, para su asombro, que detrás del trono emergía una nueva caverna más grande incluso que la primera. Esta segunda gruta estaba repleta de esqueletos hasta donde llegaba la vista.

Tomó al centauro por sus patas delanteras y con gran esfuerzo lo arrastró hasta el montículo más cercano de cadáveres. No sabía muy bien porque lo había hecho, simplemente parecía lo correcto. Estaba a punto de emprender el camino de regreso cuando uno de los cuerpo en descomposición llamó su atención. Obviamente era el más reciente de ellos: un unicornio.

Cuando emergió otra vez desde la parte posterior del trono, una voz retumbó en la caverna principal.

—Disculpe ¿Es usted el oráculo?

Observó al nuevo visitante desde las alturas. Sacudió sus ropas y sin pensarlo mucho se sentó en el trono.

—Por supuesto, sino no estaría aquí.

—Pensaba que el oráculo era una… hidra.

—Verdad, pero mis poderes del tiempo… ejem, me permiten cambiar mi apariencia a voluntad ¿Y que mejor elección que la de un grifo?

Pequeña Modificación

—¿Cuál es el problema? —pregunta de mala manera Morris.

Aclaro que Morris es un tipo corpulento, algo no habitual en ese trabajo, pero sus extensos conocimientos en física, mecánica y química le valieron un lugar adelante de muchos otros candidatos.

—¿Entonces? —volvió a inquirir.

—Nada, es que simplemente no estoy conforme.

La otra voz es de González, un tipo que parece haber nacido con ojeras y una voz rota.

—Con vos es siempre lo mismo, sos un quejoso que nunca va a estar conforme.

—Puede ser, pero no veo en que te afecta.

—¡Que yo soy el que tengo que escucharte!

González no le responde, sabe que cuando Morris grita es mejor no hacer nada. El último que le devolvió el grito gastó una fortuna en el dentista.

Morris bufa y se va de la habitación, González se sumerge entonces en sus pensamientos. Ninguno se vuelve a dirigir la palabra hasta la cena.

Después de varias tareas de mantenimiento la mesa esta puesta y el chef ya tiene todo listo.

González entra en el salón y mira pensativo por la ventana, en eso ingresa Morris.

—¿Y a este que le pasa? —pregunta el chef a Morris.

—Tiene otra crisis existencial: No le gusta su trabajo.

—Le gusta una semana, no le gusta otra semana. Me parece que no sabe lo que quiere.

—No es eso —responde Gonzáles medio entre lágrimas— Es que… Este trabajo no me hace feliz.

—¿Feliz? ¡Pero si vos no te dejas ser feliz! Siempre vas a encontrar algo para joderte la existencia.

—Puede ser, sin embargo no puedo dejar de buscar.

—Hay un chiste viejo —comienza el chef— Que contaba que había un edificio, donde podías ir a conseguir trabajo, el trabajo que quisieras. El asunto era que si lo que había en ese piso no te gustaba, podías ir un piso arriba, pero nunca bajar. Entonces este hombre va al primer piso donde dice “Acá hay trabajo digno”, él da su aprobación pero decide subir un piso más…

—¿Es muy largo? —pregunta Morris con pocas pulgas.

—No. Entonces al llegar al segundo piso donde dice “Acá hay trabajo digno y bien remunerado”, el hombre suspira pero de todas formas decide subir un piso más. En el tercer piso el cartel dice “Acá hay trabajo digno, bien remunerado y con jornada reducida”. El hombre aplaude pero le intriga saber que hay en el piso superior, así que sube otro piso más donde dice…

—Usted es el hombre treinta y ocho millones que llega a este piso, lo cual comprueba que jamás se puede satisfacer a una persona —termina de decir Gonzalez con su voz monótona.

—Pero mirá que hay que ser pelotudo para cagarle un chiste a alguien ¿Eh? Y no eran treinta y ocho millones, eran cuarenta y dos.

El Chef tira los platos con comida sobre la mesa de mala gana y vuelve a la cocina. Morris se ríe por lo bajo. No por el chiste en si, sino porque le agrada cuando el chef se enoja.

Los tres comen sin hablar, intentando hacer que los bocados lleguen a sus estómagos.

—Bueno ¿Y que tal estaba la comida? —el intento de sonrisa del Chef da miedo.

—Comible —es la seca respuesta de González.

Morris ni se molesta en responder, solamente se levanta y se va. Los pasos lentos y pesados se escuchan incluso después que la puerta ya se cerró. Cuando el Chef vuelve a salir de la cocina González yo no esta ahí, había desaparecido sin hacer ruido.

—Malagradecidos —refunfuña entre dientes y vuelve a la cocina.

Gonzáles llega al puesto de comando, una serie interminable de botones titilantes. Él sabe exactamente que función cumple cada uno de ellos, él ahí es un Dios. La pantalla sobre la gran consola muestra las estadísticas de las cuatrocientas dieciséis variables que maneja, si lo desea puede examinar de a una, dos o cuatro al mismo tiempo con un detalle de una milésima de segundo. Aunque realmente jamás necesito ser tan específico. Se recuesta en la silla y pulsa play en el equipo de música, la melodía invade todo el lugar y poco a poco González se deja caer en los dominios de Morfeo.

Tres módulos más abajo Morris bufa por la música que le llega por los conductos de ventilación, odia esa música. Conecta los motores y el ruido que hacen es tan intenso que deja de oírla, a decir verdad deja de oír cualquier otra cosa.

Cuando González se despierta la música ya no esta sonando, en cambio un pitido acompañado de una luz roja intermitente baña todo el lugar. Rápidamente se acerca a la consola y comienza a apretar una serie predefinida de botones. A los pocos segundos la pequeña luz roja deja de parpadear, pero a González no le preocupa eso, sino la gráfica que muestra la pantalla: una de las variables crece lento pero inexorablemente.

Corriendo sale del puesto de comando.

—¡Morris! ¡Chef!

—¿Qué? ¡Mi comida no te hizo eso! —se ataja de antemano el Chef.

—¡Que no es nada con tu comida! ¿Dónde esta Morris?

—Con las máquinas ¿Dónde más?

—Preparate para abandonar la base.

—¿Qué?

—¡Lo que oíste mierda!

El Chef corre de nuevo a la cocina mientras González desciende por la escalera en busca de Morris. Las escaleras resuenan a cada paso.

—¿Morris? ¿Dónde estas? ¡¡Morris!!

—Acá estoy cabrón, no grites —su voz era tranquila, pausada.

—Tenemos que huir, antes que sea tarde.

—¿Huir? ¿Para que?

—¿Cómo para que? Si nos quedamos vamos a morir.

—No lo creo.

—¿Eh?…

—El sistema no se está desestabilizando porque sí, fui yo el que lo causó.

La estructura entera retumba y se sacude, presa de las fuerzas exteriores.

—¡Detuviste la fusión de hidrógeno! ¡La gravedad nos va a matar a todos!

—Quizás si… Quizás no.

González no sabe si pegarle. Opta por volver a subir corriendo las escaleras mientras todo se sacude por las grandes explosiones exteriores.

—¡Chef! ¡Nos vamos!

—¿Y Morris?

—Él se queda.

El Chef iba a preguntar algo pero una nueva sacudida lo levanta del suelo, ambos se ponen a correr hacia la cápsula de emergencia. Cuando llegan el botón de apertura no responde. González presiona histéricamente el interruptor una y otra vez.

—¡Mierda! ¿Porque no responde?

La pantalla sobre la pared le responde automáticamente: “La puerta fue clausurada debido al excesivo calor exterior: Trece millones de grados Kelvin”

De repente todo se detiene, todo se silencia. González y el Chef se miran sin entender, ambos corren hacia la ventana más cercana.

Afuera el espectáculo es hermoso: un océano de colores en movimiento.

—Pero… —el Chef no puede terminar la frase sin quedarse con la boca abierta.

—Te dije que no iba a pasar nada.

Ambos se dan vuelta asustados para encontrar a Morris con una sonrisa enorme.

—¿Qué hiciste?

—Lo que dijiste: detuve la fusión de hidrógeno —tanto González como el Chef se miran— Es una teoría que tenía, esta estrella se mantenía estable porque la gravedad y nuestra fusión emitían las mismas energías, pero nosotros estábamos encerrados acá desde hace veinticinco millones de años y la verdad ya estaba cansado. Al detener la fusión, la gravedad fue la fuerza superior y comprimió toda la estrella…

—Eso lo sabía pedazo de loco ¡Pensé que íbamos a morir! —interrumpe González.

—Eso es lo que te enseñan. Pero hace años que vengo juntando información que me indicaba lo contrario. Nosotros, si bien manejamos la fusión del hidrógeno en helio, hacemos solo eso: la controlamos, la mantenemos estable. Pero no la creamos.

—¿Y?

—Gonzáles, la física es mucho más sabia. Al dejar de controlar la fusión, la estrella siguió su siclo natural: se convirtió en una gigante roja.

—¿Pero las gigantes rojas no son diferentes?

—Nuevamente Chef: eso es lo que te enseñan. Pero no significa que sea verdad.

—¿O sea que ahora vamos a ver todo rojo en vez de amarillo?

—¿Vos crees que hubiera arriesgado todo solo para ESE cambio?

—No… no creo que hayas arriesgado nada —reflexiona en voz alta González— Creo que sabías lo que iba a pasar.

—Finalmente me vas conociendo cabrón. ¿Porque no miran por la ventana?

González y el Chef no pueden creer los hermosos colores que ven. Y menos aún la cantidad de estrellas que se van colando en los espacios negros en los cuales el gas no logra ya llenar.

—Muchachos, les presento nuestro nuevo hogar: Una nebulosa planetaria.

Los tres sonríen con agrado, cada uno por su propio motivo: González porque pudo encontrar nuevamente algo que lo hace feliz, Morris por sentirse útil después de tanto tiempo y el Chef simplemente porque le gustan las cosas bellas.

La Foto

Tenía tan sólo seis años cuando falleció su abuelo. Si bien no tenía muchos recuerdos con él, una sensación de incomodidad lo acompañaría por el resto de su vida. Las pocas veces que estuvieron juntos en la misma habitación, el anciano lo observaba con una intensidad en sus ojos que sólo era comparable al odio. Por supuesto que eso llenaba de completo terror al pequeño.

Sus padres no le permitieron ir al funeral aduciendo que no lo entendería y él les creyó (¿Por qué no iba a hacerlo?) De alguna forma guardó una foto de su abuelo parado delante de un gran cortinado, con un enorme sombrero y su larga barba cayendo hasta la cintura.

Veinte años después, ya convertido en hombre, fallece su Mamá. Sus padres se habían separado hace tiempo y Papá estaba con su nueva familia. En otras palabras: era su trabajo ocuparse de las cosas en el departamento de su Madre.

Era un inmueble enorme con cuatro habitaciones más una dependencia de servicio devenida en una especie de taller de costura abarrotada de cosas. Decidió empezar por lo más difícil y encaró hacia el taller.

Tres días después llegó hasta el guardarropa que estaba en el fondo de la habitación, para su suerte no se encontraba tan repleto. Al mover una vieja valija descubrió una pequeña puerta falsa. Movido por la curiosidad intentó abrirla de varias formas, todas sin resultado. Incluso llegó a usar una barreta, pero todo parecía indicar que los años —y las sucesivas capas de pintura— habían sellado la puerta de tal forma que iba a ser imposible abrirla. Resignado aceptó su derrota y continuó con las tareas.

A la mañana siguiente advirtió que la pequeña puerta en el fondo del guardarropa estaba abierta. Su primer instinto fue mirar hacia todos lados, como si buscara al responsable de aquel milagro. Pronto se convenció de que sus esfuerzos del día anterior habían logrado su cometido, sólo que no instantáneamente.

El compartimento era más chico de lo que habían imaginado y sólo contenía una vieja caja en muy mal estado. Con cuidado la retiró del escondite y al quitar la tapa descubrió, para su asombro, que adentro había un enorme sombrero que rápidamente identificó como el de su abuelo. Lo sacó con mucho cuidado, tratándolo como una reliquia. Debajo había una mata de pelo que retiró con asco y al desenrollarse comprendió lo que realmente era: una larga barba.

Así se encontraba, con el sombrero en una mano y la barba falsa en la otra cuando notó algo más pegado en el interior de la caja. La acercó a la ventana para tener más luz y ahí estaba la vieja fotografía de su abuelo parado delante del cortinado, con su sombrero y su barba.

El espejo que había en la puerta de un armario le devolvió su imagen, había algo extraño en el reflejo. Sus manos se movieron automáticamente, llevando el sombrero a la cabeza y la barba postiza a su rostro.

En ese momento comprendió, mientras fruncía sus cejas, que la persona en aquella vieja fotografía era él.

Elefantes

Manuel apoya la última caja que descargó del camión. Oficialmente, ya está mudado. Es una pequeña casa sobre un local, con una puertecita linda y una escalera enorme, interminable, que parece subir hasta las nubes. Una sonrisa se forma en su rostro, le gusta su casa nueva.

Es mediodía y la heladera no está ni enchufada. Por suerte, enfrente hay un mini-mercado. Toma un poco de dinero y cruza por el medio de la calle.

Primero piensa en comprar unos fideos, pero descarta la idea por parecerle mucho trabajo. Finalmente toma una lata de jardinera, otra de choclo y un paquete de arroz. Haciendo equilibrio llega hasta la caja para pagar. Una señora mayor, que ya estaba en la fila, se da vuelta y le sonríe. Manuel le devuelve el gesto.

La fila avanza lento. Pasado unos minutos, le toca el turno a la señora y Manuel apoya cuidadosamente sus latas en el borde de la cinta. La anciana lo mira un par de veces hasta que se anima a hablarle.

—¿Vos sos el nene que se mudó enfrente, no? A la casa de arriba.

Manuel se siente un poco incómodo con que le digan “nene”, pero de todas formas responde con una sonrisa.

—Si, la de ahí. Cruzando la calle.

—Recuerdo cuando era pequeña, antes ahí funcionaba un jardín de infantes. No recuerdo el nombre… Bueno, el asunto es que un día un vagabundo, de esos que andan siempre rodeado de gatos ¿Viste? Bueno, se metió en el jardín y, así como así, mató a todos los chicos y a la maestras ¡De la nada! La policía lo mató antes de que pudiera decir una palabra ¡Pobres chiquitos! El mundo viene mal hace rato. Recuerdo que justo pasaba por ahí cuando sacaron el cuerpo del vagabundo en una camilla. Mi padre me llevaba al zoológico y yo tenía en mi mano a mi elefantito rosa —larga un suspiro y pestañea un par de veces, como saliendo del recuerdo— Bueno. Bienvenido al barrio, nene.

Se da media vuelta y con pequeños pasos se va del local. Manuel no puede salir de su asombro y se mira con la cajera.

—Simpática la vieja —logra decir finalmente.

Ella le devuelve la sonrisa. Manuel piensa que es linda pero no se anima a decirle nada. Paga y regresa cruzando por el medio de la calle a su casa. Cuando cierra la puerta se siente algo incómodo. Recorre las habitaciones y en el baño se fija detrás de la cortina. Luego y solo luego se sienta a comer.

El resto del día se la pasa ordenando sus pertenencias y no puede evitar pensar la cantidad de porquerías que uno junta con el tiempo.

Llega la noche y decide dar por terminada esa jornada, se da un baño caliente y se sirve los restos del almuerzo. Sin previo aviso, la casa queda a oscuras.

—¿Ya empezamos con los cortes de luz? ¡Pero si no es verano todavía!

Se asoma por la ventana y observa que el resto de las casas tienen energía. Entre dientes insulta esperando que sólo haya saltado la térmica. De otra forma va a tener que gastar un dinero, que no tenía planificado, en un electricista.

Muy lentamente, intentando evitar cajas y muebles en la oscuridad, va hasta la cocina. Recuerda que el disyuntor está detrás de la heladera. Mete su brazo entre esta y la pared. Palpa los azulejos hasta que da con la pequeña puerta metálica.

Nota algo en la oscuridad de la sala y siente como su nuca se eriza del miedo. Puede sentir las palpitaciones en su pecho tan claras como un tambor.

Ríe para intentar calmarse, pero se detiene cuando descubre aquello que llamó su atención: dos ojos brillando en la negrura que lo miran fijo.

Se escucha un maullido y Manuel respira aliviado.

—¿Por dónde te metiste, eh?

Aquellos ojos amarillos lo siguen mirando fijo, amenazantes. Detrás aparecen otro par y luego otro. Manuel siente que algo no está bien y todos sus músculos se tensan presa del terror.

Los últimos ojos que aparecen son diferentes al resto. Como si tuvieran una maldad ancestral. Manuel no puede quitarles la vista. Aquellos ojos parpadean y se elevan hasta la altura de su visión.

—Eso no puede ser un gato…

Se escucha una pisada y luego otra, lo que sea que es eso se está acercando. Manuel retrocede envuelto en pánico hasta que choca con la pared. La criatura se detiene bajo el marco de la puerta y sonríe, algo brilla en su mano derecha, algo filoso.

Manuel sale de su estupor y busca algo, lo que sea, sobre la mesada. Se topa con un vaso que estaba secándose. Lo toma y se lo arroja con todas sus fuerzas pero simplemente atraviesa a la criatura. Esta, sin dejar de sonreír, da un paso adelante y con el objeto filoso de su mano raya la heladera. Es real.

Manuel sigue tanteando, encuentra un jarro y se lo lanza. La puntería no lo acompaña y le pega a un gato que está sobre la heladera. El felino grita, pero la criatura se retuerce y retrocede cubriéndose un ojo.

—Gatos, te daño con los gatos.

Sin pensarlo dos veces, abre el cajón que está a su lado y saca el cuchillo más grande que encuentra. Escucha un maullido a su izquierda, sobre la mesada. Le descarga una estocada y le corta una pata. La criatura cae presa del dolor.

Los gatos van cayendo de a uno. Es una masacre. Corren por todos lados y Manuel fuera de sí va detrás de ellos.

Siente la sangre de su carnicería mancharle el cuerpo, pero no le importa, incluso lo está disfrutando. Un gato quiere pasar corriendo a su lado. Logra tomarlo de las orejas, lo alza y lo degüella fácilmente.

La puerta de entrada se abre bruscamente y cinco sujetos entran gritando. Manuel levanta sus brazos instintivamente. En su mano derecha aún sostiene el cuchillo ensangrentado. En la mano izquierda unos cabellos rubios manchados de sangre, con una pequeña cabecita oscilando.

Hay un ruido ensordecedor.

A Manuel le duelen los oídos y siente puntadas en el pecho.

Cuando la policía retira el cuerpo, la sábana que lo cubre no tarda en teñirse del rojizo color. Afuera ya se había concentrado una multitud de vecinos. Entre la gente hay un padre con su hija que sostiene un pequeño elefante rosa. El hombre reflexiona y decide protegerla de ese espectáculo inapropiado.

La toma en brazos y siguen caminando, ella con dulzura lo mira.

—¿Papá, Le voy a poder dar de comer a la Jirafa hoy?