Culpable

Escondido en el fondo de ese vagón de tren abandonado puedo escuchar a lo lejos como se acerca la gente de la policía. Los perros de rastreo no paran de aullar sabiendo que la presa se encuentra cerca.

Pero para que entiendan mi historia, debo remontarme a unos siete años atrás, en aquella fatídica noche cuando sin querer maté a un hombre.

Yo había cumplido mis catorce años y en el campo donde vivía junto a mi familia, era ya edad suficiente para ser tratado como un adulto completo. Era una noche sin luna cuando mis padres y mis dos hermanos me dejaron solo en la casa. Mis padres porque se habían ido a una peña y mis dos hermanos estaban cazando en el monte.

No teníamos ni televisión ni radio, la verdad que no había mucho para hacer así que me había ido a acostar temprano.

Estaba durmiendo cuando un ruido afuera hizo gruñir a Roberto, el perro que dormía a los pies de mi cama. Mi padre me había contado varias veces de algunos cuatreros que, amparados por la noche, entraban a llevarse verduras de la huerta que teníamos en el fondo.

Asustado entré en el cuarto de mi hermano Agustín y agarré el fusil que tenía colgado en la cabecera de la cama, busque las balas que ocultaba entre la ropa interior y una vez cargada el arma salí con el Roberto a la oscuridad.

—¿Quien anda ahí? —grité entrecortadamente.

No tuve respuesta.

El Roberto se paralizó y comenzó a gruñir para el lado de la calle. Entrecerré los ojos para ver mejor y vi una sombra que tambaleándose se acercaba.

—Quieto o disparo, quienquiera que sea.

Aquella figura llevó su mano a la cintura y antes de que pudiera sacar su arma disparé, creo que lo hice más para asustarlo que otra cosa. Se escuchó un ruido seco y eso fue todo.

Volví a entrar a la casa y salí con el farol. A los pocos metros encontré al intruso con un agujero justito en el medio de los ojos. Se trataba de Alberto, el vecino de al lado que había vuelto de la peña con algunas copas de más y el muy borracho se había equivocado de casa.

Ahí me encontraba yo, con el Roberto a mis pies, el fusil en la mano y un cadáver desangrándose. Instantáneamente el miedo me abrazó ¿Cómo iba yo a explicar esto? Todos sabían en el pueblo que el Alberto y nosotros no nos llevábamos bien. Tuvimos varios encontronazos por la forma en que él trataba a sus perros (los tenía siempre atados con una cadena) e incluso alguna que otra vez las cosas se habían ido a las manos.

Y yo ahora estaba con el cuerpo del Alberto acostado dentro del terreno familiar.

Hice lo que tenía que hacer: volví a entrar a la casa, agarré un bolso pequeño y metí adentro la ropa que tenía limpia, abracé al Roberto por última vez y cabalgando en el Felipe abandoné la casa para nunca más volver.

El Felipe era mi caballo, ya entrado en años pero fiel. El pobre no aguantó la vida del monte y tuve que sacrificarlo a los pocos meses. Y así me quedé solo, viviendo en el monte norte donde no iba nadie ya que no había nada para cazar. Cada tanto me acercaba a los ranchos que estaban más alejados del pueblo y me llevaba algún chancho y lo carneaba. Con eso comía algunos meses.

Me había convertido en la peor criatura que existía bajo el cielo de Dios: Era un cuatrero. Pero la virgencita sabía que lo hacía por necesidad y no por vagancia. Le rezaba todas las noches pidiéndole perdón por los males que le ocasionaba a otra gente, pero que eran necesarios para que yo pueda comer y seguir viviendo.

Con el tiempo deje de volver al pueblo y me interné más en el monte. Ahí había suficiente para que una alma pecadora pueda redimirse sin lastimar a nadie.

Los días se hicieron meses y los meses se hicieron años. Pasó mucho tiempo sin que volviera a ver a otro cristiano.

Pero hace cosa de dos meses escuché a unos caballos relinchar a lo lejos. Cautelosamente me acerqué y vi a un hombre uniformado de verde junto a la policía de mi pueblo. No llegué a escuchar de que estaban hablando pero el asunto me dio mala espina y me fui volando de ahí.

Pero no estaban solos, eran en total como veinte hombres que estaban rastrillando el monte. No tardaron mucho en descubrir mi choza, pero para cuando lo hicieron yo ya me encontraba lejos.

Mi mala suerte era grande y cuando descubrí la otra patrulla que venía rastrillando el monte en sentido contrario ya estaba metido en la trampa.

Retrocedí hasta donde puede y finalmente encontré unos vagones abandonados de lo que era el ferrocarril. El tren ya no andaba desde que yo era pequeño, fruto del avance de nuestro país y el olvido de los pequeños pueblos como el nuestro.

Escondido en el fondo de este vagón de tren abandonado pude escuchar a lo lejos como se acercaba la gente de la policía. La luz del sol ya estaba desapareciendo y, pensando que quizás el manto de la noche me protegería, veo que la policía trajo linternas poderosas.

Los perros se volvieron locos en la puerta del vagón abandonado y cuando la abrieron me dejaron ciego con tantas luces apuntándome.

Me agarraron entre al menos tres y me esposaron. Yo no puse resistencia, estaba débil de comer tan poco y además seamos sinceros: me merezco mi castigo.

Apuntándome con sus escopetas me bajaron del monte y me puserion dentro de un vehículo sin ventanas. Agotado perdí la conciencia mientras me llevaban.

Me desperté detrás de las rejas de la comisaría. Me dieron un plato de comida y me preguntaron quien soy. Les dije mi nombre pero no me conocieron. Creo que todos estábamos bastante confundidos por eso.

Trajeron a alguien para que me corte el pelo y me saque la espesa barba que me había crecido en todos estos años.

El comisario se sentó a mi lado y me vuelve a preguntar quien soy.

—Juan Villalba —le digo nuevamente.

—Villalba… Villalba. ¿Y usted dice que vivía en este pueblo?

—Si, en la calle Padre Domingo al fondo.

Se ve que el comisario estaba en el pueblo hace un par de años nomas y no conocía a mi familia. Vuelve a la media hora y con rostro compungido se sienta a mi lado.

—Temo decirle que su familia ya no vive más en esa casa, se encuentra abandonada hace años.

—Claro… lo entiendo —es todo lo que llegué a balbucear.

—Se fueron luego del asunto de su hermano.

Ahí fui yo el que miró extraño al comisario.

—¿Usted no sabe nada? —preguntó.

Y moviendo la cabeza de lado a lado le respondí que no.

—Fue hace varios años ya, antes de que yo venga a parar de comisario aquí. Su hermano le dio un tiro en la cabeza a Alberto Santini. Lo encontraron con el arma en la mano y el cadáver seco en el piso.

Su hermano dijo todo el tiempo que había llegado del monte, donde se había ido a cazar. Pero no tenía ninguna presa con él. Lo encontraron culpable y lo colgaron al día siguiente.

Su familia se vio tan relegada por todo el pueblo que no pasó ni un mes que ya se habían ido vaya a saber Dios a donde. Acá no le dijeron a nadie.

—¿El agustín esta muerto?

—Bueno… si, mató a un hombre. Fue justicia. Lamento que no lo supiera. Nosotros estábamos buscando a un preso que se escapó cuando lo encontramos a usted entre los montes. Nadie va por aquellos lugares.

No pude decirle nada al comisario. Supongo que él confundió mis lágrimas cuando comencé a llorar por el Agustín.

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El extraño caso del hombre que tenía una bombilla por cabeza

Fue hace algunos años ya, más de los que deberían y sin embargo tan pocos. Todo empezó cuando un paisano llegó al grito que la luz mala se venía. Al principio pensamos que Alfonso (ése era el nombre del gaucho) había estado disfrutando un poco más de la cuenta de los placeres etílicos o que finalmente la soledad de la pampa había causado estragos en la mente del pobre hombre. Mientras intentábamos calmar su verborragia asfixiante, alguien señaló hacia el horizonte donde, efectivamente, una tenue luz titilaba. El silencio que nos invadió a todos no puede expresarse en blanco y negro. Incluso los perros dejaron de chumbar.

Recién cuando estaba a unos cincuenta metros todos lo vimos con claridad, en parte gracias a la propia luminosidad que aportaba. Don Rogelio, a pesar de tener una voz predominantemente gruesa, chilló como un cabrito y cayó en seco como si fuera un títere al que le cortan las cuerdas. Al menos media docena corrieron despavoridos gritando que el fin había llegado.

Cuando aquel hombre estuvo cerca de la Yolanda se escuchó una voz muy dulce y tranquila que dijo:

—Buenas noches.

Al mismo tiempo que toda esa esfera iluminada se inclinaba levemente hacia adelante.

—Buenas noches… —respondió la Yolanda.

Y así siguió saludando a todos los que allí nos encontrábamos. Instantáneamente tal gesto de caballerosidad –prácticamente perdido en estos días– hizo que aquel hombre nos caiga en gracia.

Fuimos todos –incluido el recién llegado– al bar “Imperial” situado a escasos metros. El ambiente era cálido mientras el vino de la casa se repartía de mano en mano, el único entre todos que no bebió fue el forastero, decía que la bebida no era lo suyo.

—¿Y qué es lo suyo? —preguntó en un momento Braulio.

—Otras cosas.

Y en verdad que eran varias otras cosas, aquel individuo sabía desde agricultura hasta de astronomía. Su rasgo más característico era sin embargo la amabilidad que emanaba de aquella bombilla parlante. Nunca elevaba la voz, nunca tomaba una pregunta como un tema demasiado fácil para responder. A todo le daba su justo lugar.

Tal fue la buena impresión que causó en todos los habitantes, que en las elecciones que hubo para alcalde el hombre con la bombilla por cabeza ganó por amplio margen sin siquiera haberse postulado.

Lamentablemente nunca llegó a ejercer su puesto, faltando menos de una semana para asumir el cargo lo encontramos la Yolanda y yo tumbado en la cama. Al principio pensamos que simplemente se había quedado dormido –cosa rara, dado que siempre se levantaba con el alba– pero la triste realidad era otra: el filamento de su cabeza estaba cortado, seguramente sucedió mientras dormía, o al menos eso esperamos.

A su funeral acudieron incluso gente de pueblos linderos. En cada rostro se podía observar el dolor, pues aquel hombre había tocado el corazón de cada uno de nosotros.

Jamás supimos su nombre, ni de donde provino. Pero en nuestro pueblo no importa el pasado, sino la marca que se deja al pasar.

Iván

Cuando nació, el médico le dio el chirlo de bienvenida a este mundo y el niño lloró ante el rubor de su trasero dolorido y el ardor del aire en sus pulmones. Inmediatamente después de eso se quedó en silencio, miró a los ojos a cada uno de los que estaban en la sala de parto finalizando en el médico que lo tenía agarrado de los pies y dijo:

—Yo sé.

Dos enfermeras se desmayaron, la tercera salió corriendo al grito de “hijo é diablo” pero el médico pasado los primeros segundo de terror al escuchar la voz del recién nacido, pudo ver en esos pequeños ojos un océano de conocimiento.

De inmediato fue catalogado como “especial” y se lo puso en condiciones para su estudio. Pasaron dos años, pero el niño no volvió a mostrar ninguna característica especial o anormal, por lo cual fue puesto nuevamente en tutelaje de sus padres biológicos. En cuanto estuvieron los tres solos, el niño los llevó de la mano a la habitación, cerró la puerta delicadamente y seriamente los miró.

—Que no vuelva a pasar.

—Pero querido… —comenzó la madre intentado hacer una explicación.

—Mi nombre es Iván.

—¿Iván? —fue la respuesta instantánea de ambos padres.

—¿Algún problema con mi nombre?

No se animaron a responder, tan sólo negaron con la cabeza.

De decir algo realmente positivo del pequeño Iván sería que era totalmente independiente: no hacía falta cambiarle pañales, o alimentarlo.

Cuando el joven tenía aproximadamente cinco años, su padre pasó por la puerta del cuarto del primogénito encontrándola abierta. El pequeño estaba ensimismado sobre algo colocando piezas, cables y tornillos como si hubiera hecho aquella tarea miles de veces.

A pesar de las peculiaridades de su hijo, al hombre lo inundó un profundo sentimiento de orgullo y cariñosamente se acercó.

—¿En que estasssssAAAAHHHHHHHHHHHHH —no pudo pasar por el marco de la puerta— ¿Qué carajo es esto?

—Se llama “Campo de fuerza”. Sirve para alejar a intrusos como tu, el ente biológico del cual emergí y esa abominación de cuatro patas llamada “Alex, el gato”.

—Esto, esto es realmente maravilloso hijo…

—Lo sé.

El pequeñín dejó lo que estaba haciendo y miró al que con ojos llenos de lágrimas esperaba del otro lado de la puerta. Al principio pensó que había seteado el campo de fuerza demasiado fuerte, pero al rato comprendió que compartía una conexión especial con aquel mamífero vertebrado, vivíparo y casi racional.

En la escuela, si bien era el mejor de su clase con un promedio de diez en todas las asignaturas (salvo en educación física) también tenía ciertos problemas con sus compañeros. El punto máximo fue cuando le pusieron veinticuatro amonestaciones por disparar un rayo paralizante de su invención a todos los niños del curso. “No les va a causar mayores daños cerebrales de los que ya les provocaba la profesora” fue lo único que dijo en su defensa.

Se negaba a ser abanderado alegando que eso era para “alimentar el ego y una competencia que estaba muy por debajo de su nivel”.

En casa las cosas se habían acomodado. Iván le hacia a su padre los formularios de impuestos y retenciones mientras se secaba después de algún baño y su madre disfrutaba de una cocina totalmente automática que manejaba menús de todo el mundo.

Alex había desaparecido misteriosamente sin dejar rastros.

Ambos padres decidieron de común acuerdo que mandar al pequeño a la escuela era una pérdida de tiempo y de la capacidad del querubín. Iván estaba encantado con su nueva máquina para insertar ideas en la mente de homo sapiens sapiens adultos.

Un tranquilo sábado de octubre, el niño mostró -quizás por primera vez- signos de emoción, había terminado una tarea después de casi un año: el condensador positrónico de materia.

Llamó nerviosamente a sus padres y estos fueron corriendo hacia el cuarto de su hijo creyendo que le había pasado algo (ya que nunca había gritado hasta entonces).

—Entren, quiero que sean testigos de mi magnificencia.

Su madre entró pensando que desde que el pequeño nació no había vuelto a poner pie en aquella habitación. Su padre en cambio parecía un mimo en el pasillo.

—No hay campo de fuerza conectado padre.

—Ah, bien hijo, bien.

Los dos se sentaron en las sillas previamente ubicadas para que el efecto de la luz/sombra sea el adecuado.

—Contemplad al CPM.

—¿¿SINDROME PRE MENSTRUAL?? —gritó su madre casi sin aire.

—¿Síndrome? ¡Síndrome es con “S”! ¿Y cómo una máquina va a tener un síndrome pre-menstrual? Es una máquina.

—Tampoco creía que una máquina pudiera hacer Mole de Huajapam, pero Jaime puede.

—¿Jaime? —preguntó el pequeño.

—El coso de la cocina, lo llamo “Jaime”. Como el robot de la serie.

—¿El coso es la máquina? ¿Que serie? —miraba a su padre y a su madre intermitentemente— ¿Te llega sangre hasta ahí arriba? Recuérdame que después te haga un escaneo general.

Ella aplaudió contenta.

—Ahora, el motivo por el cual están aquí —continuó Iván— ante ustedes el CP… el condensador positrónico de materia.

—Es hermoso —dijo su madre.

—Increíble —dijo su padre.

—No tienen idea de lo que es —dijo Iván.

—No —fue la respuesta de ambos.

—Básicamente es un teletransportador, se los voy a demostrar teletransportándome al patio trasero de la casa.

Activó algunos interruptores, accionó unos botones y de repente una esfera gris turbulenta se formó en el medio del aire, como si fuera una pelusa o una pelota de nubes de tormenta. Giró una palanca y la esfera se expandió a un óvalo.

—Y ahora…. —un extraño ruido hizo que no continúe hablando.

—BANZAAAAAAAAAAIIIIIIIIIIIII.

Alex, el gato saltó gritando desde el óvalo hacia la cara de Iván. Maldiciendo y peleando rodaron de izquierda a derecha de la habitación mientras los padres atónitos contemplaban la escena. Finalmente el minino triunfó sobre el pequeño con un clásico bloqueo de llave de brazo sobre la espalda.

—¿Que significa todo esto? —el énfasis en la voz de su padre se debía más al orgullo de ver perder en una pelea a su hijo que a otra cosa.

—Centinela interdimencional Señor —dijo ceremonialmente Alex. Ante la mirada incrédula del humano continúo— Su hijo es un fugitivo de la ley. Verá, en el útero de la señora, se creo sin querer un pasaje interdimencional, el pequeño Iván aprovechó dicho pasaje para su beneficio usurpando los conocimientos de la biblioteca real galáctica. Lo estuvimos rastreando durante casi treinta y dos años hasta que dimos con él.

—Pero mi hijo tiene sólo siete años.

—Siete años humanos, treinta y dos años según nuestra percepción.

—Ah…

Alex sacó una pequeña pulga de su costado y la introdujo en el oído de Iván ante la cara de asco de ambos humanos adultos. Hecho eso se acercó lentamente al pequeño y susurró:

—Borra toda la información confidencial Adalberto, incluyendo esas fotos mías en zunga.

Cuando Iván dejó de forcejear y tenía los ojos en blanco Alex soltó su brazo, sonrió ante el pequeño público y gritando “Banzai” volvió a saltar por el óvalo.

A los poco segundos Adalberto ( la pequeña pulga) también saltó al óvalo al grito de “Banzai”.

Increíblemente el CPM (o condensador positrónico de materia para los entendidos) salió despedido como si hubieran tirado de una cuerda, también hacia el óvalo, pero sin emitir ningún grito.

El óvalo se condensó hasta formar una esfera y finalmente desapareció.

Iván despertó un rato después en los brazos de sus padres, a los que devolvió el abrazo.

Esa noche se negó a comer su verdura, a bañarse y a lavarse los dientes. Después se quedó dormido mirando, por primera vez en su vida, la televisión.

El Placard

La mano me tiembla por el terror que se ha apoderado de todo mi cuerpo. Sé que está ahí afuera, esperando el momento para lanzarse sobre mí. Escucho sus pisadas acercarse, merodear cerca de mi escondite. Lo escucho respirar, olfateándome.
Golpea levemente la puerta buscando el picaporte y, con horror, observo como un hilo de luz se filtra por la hendidura.
Los segundos se hacen interminables, hasta que finalmente la abominación me encuentra aterrado y sin lugar donde escapar.
Grito desesperado por mi vida; por piedad. Grito como nunca antes grité.
El niño hace lo mismo y vuelve corriendo a la cama.
Y yo, aún temblando, saco mi garra desde el fondo del placard y suavemente cierro la puerta.

La Puerta

Esa mañana no podía despegarme de la almohada, mientras el despertador seguía intentando a los gritos recordarme que ya estaba atrasado para ir a trabajar.
El agua de la ducha ayudó un poco, haciéndome volver a la realidad, pero me tomó prácticamente media hora terminar de bañarme y otra media hora vestirme. El sueño hacía que todo se moviera más lento.

Al llegar a la puerta de calle, noté que había un sobre en el piso. Seguramente lo debió haber dejado el portero ayer a la noche y no me di cuenta.
El sobre tenía remitente del municipio de Caviahue-Copahue, en Neuquén. Eso me extrañó un poco, ya que no conocía a nadie de aquel lugar. Es más: Nunca había ido. Dentro del sobre había una hoja con el membrete oficial del municipio, y una cordial pero austera carta en la que me explicaban que un tío-abuelo mío (de cuya existencia yo no tenía conocimiento) había fallecido, y que yo era el único heredero.
Automáticamente se me fue el sueño que tenía.

Releí la hoja una y otra vez, para cerciorarme de que no lo había imaginado, ni que había insertado palabras producto de mi mente. Me senté para ordenar mis pensamientos; todo parecía aún un sueño. Al volver a guardar la hoja dentro del sobre me di cuenta de que había algo más adentro: Un pasaje en avión para ese mismo día, hacia Neuquén.
Sin terminar de comprender todo, llamé a mi trabajo y expliqué que tenía que viajar por la muerte de un familiar. Por suerte no me hicieron ningún problema.

El avión salió extrañamente a horario y el vuelo fue tranquilo. Llegada la hora del snack, dio pena ver como el servicio de catering sucumbió ante la economía del país.
Una vez más en tierra, no tuve problemas con la aduana local porque fui sin equipaje. Al salir del cuarto de “Arribos”, vi a un hombre mayor prácticamente calvo, de ojos hundidos y con grandes ojeras, sosteniendo un cartel con mí apellido mal escrito.
Me acerqué a aquel pobre hombre y me presenté. Me miró con ojos cansados, dejó de sostener el cartel a la altura de su pecho y dijo algo que no llegué a entender, mientras se daba media vuelta y se dirigía hacia la puerta.

El viaje hasta el municipio fue tranquilo. Yo aproveché para disfrutar de los hermosos paisajes. Al bajar, el viejo chofer me dio la mano y nuevamente dijo algo que no llegué a entender.

Apenas entré al municipio me encontré con Gutiérrez, el abogado que había firmado la carta sobre mi tío-abuelo. Era un hombre relativamente bajo y ancho, con un bigote demasiado fino para su contextura que le daba un aire gracioso. El remate del chiste, sin embargo, fue su creciente calvicie, que intentaba disimular con los cabellos de los costados de la cabeza.

En ese momento me enteré que mi bisabuelo había estado por esas pampas; y se ve que el picarón anduvo coqueteando con alguna lugareña. Me pregunté si mi abuelo supo alguna vez que tuvo un hermano.

Gutiérrez me entregó un nuevo sobre, aclarando que era una carta que me dejó mi difunto tío-abuelo.
Encontré dentro un par de hojas amarillas por el tiempo, llenas de una caligrafía exquisita. Me contó en aquellas líneas parte de su vida y que, siendo el único familiar que le quedaba, todo lo que él poseía era ahora mío. No puedo decir que había en esas palabras algo extraño, pero un tinte de temor se dejaba traslucir a través de ellas. De lo que no tenía ni idea, era qué o quién le inspiraba ese terror.

Gutiérrez me entregó las llaves de la casa junto con un pequeño papel donde estaba anotada la dirección. Le di la mano y me retiré del municipio.
Esperaba encontrar afuera al viejo chofer, pero al parecer tenía otras cosas para hacer. Paré un taxi en la calle y le leí la dirección del papel. El taxista me miró y abrió la boca como si fuera a decir algo, pero se arrepintió.

La casa de mi tío-abuelo estaba en las afueras de la ciudad. No era lo que se dice una vivienda humilde, o al menos no era lo que yo esperaba que tuviera algún familiar mío.
Dentro, la gran casa mostraba su verdadera cara: El empapelado hecho jirones, varios vidrios rotos y la suciedad que se había apoderado de cada rincón.
Las habitaciones eran desastrosas, abandonadas hace años a su suerte. Me estaban haciendo considerar el estado mental del recién fallecido.
En el segundo piso encontré, casi ocultas, unas finas escaleras, y lentamente comencé a subirlas. El quinto escalón hizo un ruido hueco cuando lo pisé, cosa que me llamó la atención, pero no le di mayor importancia.

Aparentemente, mi tío-abuelo vivía en el altillo que había en el tercer piso, ya que era el único lugar donde encontré una cama con colchón; y a los costados algunas latas abiertas con gusanos dentro.
Lo que sí me llamó la atención, fueron una serie de dibujos que estaban marcados en el piso: Tenían cierta apariencia geométrica, pero no eran iguales a nada que hubiera visto antes.

Sin darme cuenta, el tiempo fue pasando y la luz exterior fue disminuyendo. Prendí las velas que había en la precaria mesa junto a la cama con una caja de fósforos que encontré en la misma mesa, y corrí asqueado hacia la otra punta del altillo las latas llenas de gusanos.
Cuando me senté en el viejo colchón un escalofrío recorrió mi espalda y se apoderó de todo mi cuerpo. Noté con terror que la luz de la vela sólo alcanzaba a iluminar hasta donde estaba trazado el mayor de los círculos en el piso. Después de aquella blanca línea, el resplandor se cortaba como si hubiera una cortina negra.
Temblando, subí los pies a la cama y me arropé con la agujereada frazada, sin dejar de mirar la azabache oscuridad que se extendía delante de mí.

Estaba a punto de quedarme dormido cuando escuché el ruido de una puerta abriéndose lentamente, quejándose interminablemente con un sonido agudo. Intenté esforzar mis oídos, tratando de percibir algo más, pero no sirvió de nada.

La espera era insoportable.
De pronto algo cayó en alguna parte de la casa y rodó por el piso unos metros. Mis músculos se petrificaron de tanto temblar. Ahora estaba seguro: Ya no estaba solo en aquella casa.
Escuché un nuevo ruido, un sonido hueco, como de madera al ser pisada. En ese momento, mi miedo era tal que prácticamente ni respiraba.

Detrás del muro de oscuridad, escuché sutiles pasos sin rumbo. También había una respiración entrecortada, como si algo estuviera olfateando.
En ese momento estuve tentado de apagar la vela, no quería que notara mi presencia en realidad. Pero cuando escuché como ─Lo que fuera que hubiera ahí─ se abalanzó sobre una de las latas con gusanos y comenzó a devorarla con exquisito placer, no pude ni siquiera parpadear del terror que me poseía. Noté incluso como mi pantalón se mojaba en mi entrepierna.

Pasaron unos segundos interminables en los cuales no escuché absolutamente nada hasta que, nuevamente, el sonido hueco de la madera rompió con aquella espera.
No sabía si estaba subiendo algo más, o si mi acompañante estaba bajando. Después de eso, no se escuchó nada más en toda la noche.

Por la mañana me sentía terriblemente cansado y me dolía todo el cuerpo. Me había orinado por el miedo que aún sentía y no tenía voluntad para bajar de la cama, pero tampoco quería pasar un segundo de más en ese lugar.

Finalmente, y juntando coraje de no sé dónde, me levanté de la cama. El lugar parecía nuevamente desierto. Arrastrando mis pies llegué hasta donde estaba dibujado el mayor de los círculos. Me daba miedo cruzarlo.
Fue en ese momento que vi lo que había quedado de la lata que aquella abominable criatura (si es que realmente era algo vivo) había atacado unas pocas horas atrás.
Presa del pánico retrocedí torpemente y, sin querer, mi pie se enganchó con un alambre que había en el piso, haciéndome perder el equilibrio y golpeándome fuertemente la cabeza contra el esquelético metal de la cama.

Cuando desperté casi no podía ver, en parte porque un hilo de sangre que había pasado justo por delante de mi ojo izquierdo; y en parte porque el Sol acababa de morir bajo los montes cercanos. La cabeza me dolía enormemente, pero por fortuna mi herida ya había cicatrizado.

Todavía aturdido por el golpe escuché ─Como había hecho la tarde anterior─ el ruido de una puerta abriéndose lentamente, quejándose con un sonido agudo.
Me arrastré hacia la mesa que estaba al lado de la cama y, tanteando en la creciente oscuridad, encontré las velas.
Presa del pánico, busqué la maldita caja de fósforos sin suerte.
Escuché el sonido hueco de la madera del quinto escalón de la pequeña escalera en el momento justo en que mi mano cayó sobre la esquiva caja de fósforos. Rápidamente y temblando de miedo, abrí la caja, saqué un fósforo y lo raspé contra el costado, logrando que emita un par de chispas pero sin prender.
Escuché pasos acercándose y la respiración entrecortada con un leve matiz de excitación.
Probé encender el fósforo una vez más, raspando la colorada cabeza contra el costado de la caja. Emitió nuevamente un par de chispas y, de repente, un halo de luz se formó milagrosamente alrededor de la cerilla. El pequeño fuego ardió parpadeante.

Una rápida brisa, como si alguien ─O algo─ hubiera soplado, apagó mi intermitente salvación.
Retrocedí temblando buscando otro fósforo en la pequeña caja. Tirando varios en el intento, logré finalmente agarrar uno con mis dedos y rápidamente lo raspé, prendiéndolo al instante. Instintivamente lo solté y repetí la acción.
Una y otra vez hice lo mismo; dejando en mi caótica huida migajas de fuego.

Muerto de miedo y temblando ante el horror desconocido, subí a la cama y choque contra la pared.
El fuego se aferró a algo (creo que a la agujereada frazada que abandoné en mi retirada) y las llamas se extendieron hacia las paredes del altillo.
El lugar se iluminó, pero sólo hasta donde estaba trazado el mayor de los círculos en el piso. Detrás de la pared oscura; podía escuchar pasos que iban y venían ansiosos.
El fuego alcanzó el techo, y excepto la cama donde estaba, las llamas estaban consumiendo prácticamente todo lo que había dentro de los círculos.
La única salida posible era la pequeña ventana que estaba sobre la cama y, sin realmente pensarlo, salté al vacío atravesando los cristales.
La caída de tres pisos era mejor que el descubrir lo que respiraba en las sombras de esa inmensa casa abandonada.

Cuando llegué al piso, sentí los huesos de mis piernas doblarse y reventar. El dolor fue terrible, pero en parte fue amortiguado porque no caí sobre la dura tierra, sino sobre unas maderas cubiertas de musgo y pasto.
Pasé a través de los tablones cayendo sobre la roca desnuda. Rodé un par de metros golpeándome una y otra vez, hasta que finalmente todo se detuvo.
Terminé tendido sobre el piso rocoso, sin poder mover ningún músculo debajo de mi cuello. El resto de mi cuerpo yacía inerte, sin responderme.

Logré mirar hacia el hueco que abrí al caer, y con horror observé que las maderas que había traspasado no eran otra cosa que el techo del sótano. Salté al vacío para terminar nuevamente dentro de esta abominable casa.

Fue en ese momento que escuché detrás de mí un ruido agudo, y al voltear vi en la otra punta del sótano una vieja puerta que se abría lentamente.

Enfermo

Carlos era deportista, o al menos lo deportista que podía llegar a ser alguien que trabaja detrás de un escritorio. Pero para la clase de oficio que tenía, él salía a correr bastante. Además, los viernes jugaba con sus amigos al fútbol y, hasta hace poco, iba al gimnasio del barrio. A decir verdad, no eran pocas las miradas que robaba: un hombre soltero cerca de los treinta años y en buen estado era codiciado por ambos sexos.

Un viernes, faltó al partido semanal con sus amigos sin avisar. A ellos le pareció extraño, pero no le dieron mayor importancia y acomodaron los equipos para jugar. El lunes siguiente faltó al trabajo sin previo aviso, y Recursos Humanos mandó, como suele hacer, un médico a su domicilio. El clínico estaba a punto de irse después de tocar el timbre varias veces, cuando Carlos abrió la puerta.

Buenos días, soy el Doctor González se presentó intentando descubrir entre las sombras al dueño de la casa.

Pero el paciente no le respondió, tan sólo se corrió y lo dejó pasar. Cuando el doctor González estuvo adentro, y sus ojos se acostumbraron a la poca luz, descubrió que el lugar era un desastre: basura por todos lados, ropa sucia tirada por encima de los muebles, y un olor nauseabundo que inundaba el lugar. Pero lo que más perturbó al médico fue el estado de Carlos: el hombre estaba muy ojeroso, casi blanco, encorvado y con una pequeña joroba a la altura de los omóplatos.

Le tomó la temperatura y la presión. La primera dio bien, pero la presión estaba muy baja. Le recetó un paquete de vitaminas y que saliera un poco de la casa (intentó no hacer mención al estado en que vivía). Aliviado, el médico salió de ese lugar lo más rápido que pudo.

Pasaron dos semanas sin que se supiera nada de Carlos. Preocupados, algunos de sus compañeros se juntaron y fueron a Recursos Humanos a pedir la dirección del desaparecido. En un principio, RRHH no quería darles información por considerarla personal, pero la pobre empleada del sector se vio doblegada por la pequeña muchedumbre, y luego de un rato cedió ante el pedido.

Al día siguiente, la pequeña caravana se encaminó hacia el domicilio de Carlos. Golpearon la puerta varias veces, hasta que escucharon ruido adentro. El hombre que abrió la puerta no se parecía en nada al recuerdo que tenían de su compañero. La persona que estaba en el umbral era muy pálida, encorvada de una forma grotesca con los hombros casi a la altura del estómago, y una gigante y horrible joroba que se alzaba en mitad de la espalda.

Carlos reconoció a más de uno en forma instantánea e intentó sonreír sin lograrlo, y con un gesto los invitó a pasar. El lugar era como una gran bolsa de residuos: Comida podrida dejada sobre la mesa donde las cucarachas disfrutaban a lo grande, ropa sucia tirada por el piso bajo una nube de moscas zumbando, y varias cosas que nadie sabía como catalogar.

Carlos se mostraba animado, como si fuera un niño que recibe amigos. Sin previo aviso, su emoción fue interrumpida por convulsiones, y el jorobado comenzó a sacudirse violentamente echando espuma por la boca. Cuando su cuerpo cayó al piso, ya no respiraba. Carlos tenía los ojos totalmente blancos clavados en un punto lejano, mientras su renegrida lengua viscosa se dejaba ver afuera de la boca.

A pesar del horror de la situación, Miguel, uno de los compañeros de trabajo de Carlos, se acercó lentamente al cuerpo inmóvil y estiró la mano para tomarle el pulso. Cuando sus dedos estaban a tan sólo unos centímetros de Carlos, notó que la joroba del caído se movió rápidamente.

Miguel saltó hacia atrás presa del terror.

¿Alguno vio eso?

…La joroba… está viva tartamudeó alguien desde atrás.

En efecto, la joroba de Carlos se había sacudido y, muy despacio, se arrastró un poco hacia arriba y un poco hacia abajo de la espalda. Uno del grupo no pudo aguantar y vomitó. La joroba se quedó quieta de repente. Nadie entre los visitantes respiraba, aunque tampoco podían despegar la vista del cuerpo en el piso.

La remera de Carlos se abrió por la espalda, desde el cuello hasta la cintura. La rasgó un dedo en extremo fino y cubierto de horribles pelos negros. Acto seguido aquel dedo salió muy despacio, dejando al descubierto que era muy largo, casi de un metro hasta donde se podía ver.

Uno del grupo logró salir de su estupor y, en forma muy lenta, empezó a caminar hacia la puerta sin dejar de mirar aquel abominable dedo. Cuando una segunda falange se asomó, su horror fue tal que giró y corrió hacia la salida. Otros comenzaron a imitarlo, aunque eran ya cinco los dedos negros que habían aparecido. Cuando estaban a punto de cruzar la puerta, un golpe seco los detuvo. Se volvieron a mirar y observaron que Miguel estaba parado en una posición extraña, y sus ojos ahora completamente blancos, miraban al vacío. En su pecho, una horrible araña se acomodaba aferrándose fuertemente.

La ahora espalda desnuda de Carlos, mostraba las vértebras de la columna expuestas y toda la piel alrededor era de un color rosado blancuzco.

El hombre que estaba más cerca de la puerta le gritó a sus compañeros que huyeran, cuando otra araña que caminaba por el techo lo aferró por la cabeza. Una mujer comenzó a gritar desesperada sin darse cuenta de que más bestias habían aparecido en la sala.

El hombre que había caído en la entrada se puso de pie, se asomó a la vereda y miró con sus ojos blancos hacia ambos lados de la calle. Luego, medio encorvado, cerró la puerta.

En la casa ya no se escuchaban más gritos.

Susto

Con mis hijos inventamos un juego, se llama El Susto. Al principio era simplemente corrernos entre nosotros y cuando estabas cerca de alguien le decías ¡Bu! y seguías corriendo.

Ahora Martín tiene casi cinco años y Sofía había cumplido tres años dos meses atrás; por lo que el juego se adaptó a sus nuevas cualidades: Había que esconderse y uno buscaba. Si lo llegaban a encontrar, se tenía que decir el ¡Bu!, salir corriendo a esconderse y el asustado tenía que buscar al resto.

Ese día en particular llevábamos largo rato jugando y Sofía nos estaba buscando a Martín y a mi. Yo me había escondido detrás de las cortinas del pasillo (siempre me escondía ahí, así que los chicos ya sabían donde buscarme). No pasó mucho tiempo hasta que escuché los pequeños pasos de Sofi acercándose, me toca la pierna a través de la cortina y escucho el clásico BU pero un poco disfónico. Considero la posibilidad de darle ibuprofeno o tomarle la temperatura. En el jardín había una epidemia de diferentes virus y hasta el momento, por suerte, ninguno se había agarrado nada.

Corro la cortina para abrazar a mi hija, pero ya no se encontraba ahí. Los llamo a los dos y es Martín el que me responde desde el cuarto. Cuando llego a la puerta, para mi sorpresa, me encuentro a los dos jugando tranquilamente en el piso.

—¿No estábamos jugando a el susto?

—Si, pero nos aburrimos y vinimos a jugar al cuarto.

Un escalofrío recorrió mi nuca

—¿Hace cuanto están acá?

—Un ratito.

¿Entonces que fue lo que me tocó la pierna? La idea aún no se había disipado en mi cerebro que veo, en las sombras que formaban la cortina del pasillo. Un par de ojos que me observaban. Incluso podría jurar que debajo de ellos se formaba una tenue sonrisa.

Comida

Kleh camina junto a su manada, como hace todos los días. Sus pasos son lentos, pues su cuerpo también lo es. En sus seis patas se distribuye todo su enorme peso: Tres de ellas resisten, mientras el resto avanza.

Como todos los días, están buscando alimento: La dulce y tierna Hji. La hierba, que antes se encontraba en abundancia, exige caminar largos trechos para hallarla en esta época de escasez.

Por supuesto que hay otras cosas para comer, pero no son tan sabrosas como el Hji. Kleh sabe, por ejemplo, que la Gbu es muchísimo más nutritiva… Pero es áspera y no tiene muy buen sabor. También está la flor del Cfrty que, si bien es deliciosa, no le alcanza ni para llenarle una muela. Y la cantidad necesaria para saciarlo… Bueno, simplemente le da pereza pensar en todo el esfuerzo que eso llevaría.

El día de hoy han caminado un buen trayecto, pero ninguno de la pequeña manada muestra signos de desgaste.

Kleh se aleja unos momentos del sendero porque ve algunas Cfrty a pocos metros, y nunca se desprecia un bocadillo entre comidas. Cuando está a punto de dar el primer bocado, siente como todo el piso tiembla. Mira en todas direcciones buscando alguna respuesta, pero solo observa que su manada se ha reducido de tres integrantes… A solo dos.

Para el cerebro de Kleh eso no es problema, un animal con su tamaño tiene pocos depredadores y ellos no atacan a la manada, solo lo hacen cuando encuentran alguna víctima solitaria y desprotegida. Pero Kleh está acompañado. No hay peligro.

¿En que estábamos? Ah, sí. La flor de Cfrty…

Kleh abre nuevamente su boca para degustar aquel dulce, cuando la tierra vuelve a temblar. Mira a su alrededor y, con horror, se da cuenta que se encuentra absolutamente solo.

Siente el miedo en todo el cuerpo. El terreno es desconocido y, para colmo de males, hay demasiadas rocas desde las cuales los depredadores pueden atacarlo.

Kleh avanza a pasos rápidos, al menos tan rápidos como su masa lo permite. A los pocos metros siente como el piso tiembla una vez más. Presa del pánico mira en todas direcciones esperando una emboscada: Adelante, detrás, arriba y a los costados. Sus ojos corren de una posición a otra con miedo.

El piso sigue retumbando en un segundo final y Kleh observa resignado como la roca que está a su lado se abalanza sobre él con la boca abierta.

Escondidas

El juego preferido de Martina era, por lejos, el de las escondidas. Le encantaba tener que ocultarse y esperar que otro la busque incansablemente.

Con el correr de los años se había vuelto bastante buena en el arte de camuflarse entre los objetos que la rodeaban. O al menos, eso es lo que ella se decía. El truco consistía en mantenerse perfectamente quieta, evitando de esa manera, producir cualquier sonido que delate su posición.

Esa mañana de sábado iba a jugar a la casa de Julieta, que era una de sus mejores amigas. Le gustaba ir porque Julieta tenía una hermana llamada Victoria, de tan solo dos años menor que ellas, que podían incluir en los juegos.

Los padres de su amiga la pasaron a buscar por su casa y ya en el auto las tres jugaban a las adivinanzas. Mientras manejaba, el padre les informó que tendrían que pasar por su trabajo unos minutos. Llegaron al gran edificio y las tres niñas rogaron a la Madre si podían bajar.

—Ignacio, quieren ir con vos ¿Se te complica mucho si las llevas?

—Ehhh. Sólo si prometen portarse bien y no hacer lío. Y ustedes dos cuidan a Victoria que es más chica ¿Entendido? —las tres niñas asintieron contentas.

—Yo me quedo en el auto que está lindo a la sombra —agregó la madre y rápidamente sacó la biografía que estaba leyendo.

Los cuatro bajaron del auto. El padre de Julieta las dejó en una sala de espera mientras entraba en una oficina a verse con alguien.

Las tres niñas aprovecharon para investigar. El lugar era increíble para jugar. Julieta pronto reconoció la puerta que daba al pasillo donde trabajaba su padre. Sabían que tenían prohibido entrar ahí, pero los adultos no estaban en ese momento.

—3,2,1… ¡Ahi voy! —avisó con todas sus fuerzas Julieta.

Frente a ella tenía el gran pasillo. Dos puertas a cada lado y una al fondo. Julieta tenía miedo que al estar ocupada en una de las habitaciones, su amiga o su hermana salgan corriendo de otra y lleguen a salvarse tocando la pared antes que ella.

Decidió que lo mejor era asomarse a cada una de las oficinas y ver que posibilidades había de que alguien este escondido ahí. Satisfecha con su táctica empezó por la primera puerta de la derecha: Se asomó y prendió la luz. Era el cuarto de archivos, cajas con papeles del piso al techo. Ahí no había lugar posible para esconderse. En cuanto Julieta se dio vuelta para encarar hacia la oficina del otro lado del pasillo vio, por el rabillo de su ojo, un movimiento detrás de la otra puerta de la izquierda.

Corrió y la abrió de un tirón. Justo para ver que alguien se ocultaba detrás del gran escritorio de su padre. Pisando apenas con la punta de los pies se acercó lo suficiente para descubrir a su hermana Victoria acuclillada.

—¡Piedra libre para Victoria detrás del escritorio! —las palabras no habían terminado de hacer eco en la habitación que las dos niñas ya estaban corriendo.

Julieta, al querer salir de la oficina, enganchó su vestido con el picaporte y casi la tiró al piso. Esto fue aprovechado por Victoria para llegar antes a la pared y salvarse. La pequeña no podía contener la sonrisa en su rostro de haber vencido, aunque con ayuda, a su hermana mayor.

Julieta debería encontrar si o si a Martina. De otra forma le tocaría contar de nuevo.

Quedaban dos puertas: la segunda de la derecha y la del fondo. Como la primera estaba cerrada con llave, Martina tendría que estar escondida en la habitación del fondo.

Julieta abrió la puerta y encendió la luz. Esa era la habitación más grande del lugar y donde su padre pasaba la mayor parte del tiempo.

—¡Julieta! ¿Qué te dije de jugar acá? —la voz resonó tanto que la pequeña tuvo que ahogar un grito.

—Pero Papá, no estábamos haciendo nada…

—Ya les dije que es peligroso. Salgan las dos, vayan con su madre. Termino un trabajo atrasado y estoy con ustedes.

—Esperá que le… —pero su padre no la dejó terminar.

—SALGAN, AHORA.

Julieta sabía que era imposible discutir. Ya su padre encontraría a Martina y la mandaría también afuera.

Tomó de la mano a su hermana y cruzaron la puerta.

Ignacio bufó, no le gustaba estar tan atrasado en su trabajo.

Prendió la radio y se relajó un poco al escuchar que pasaban una canción de su juventud. Ya más tranquilo, accionó el interruptor que habría la puerta del gran horno y empujó el féretro hacia adentro. Prendió las potentes llamas y se sentó a llenar los papeles de la cremación que si bien era simbólica, ya que había sólo objetos y no un cadáver, el papelerío era el mismo.

Nunca escuchó los gritos de Martina escondida adentro del ataúd.

Lechuga

Miguel volvía, como todos los miércoles, de hacer sus compras semanales en la verdulería que quedaba a la vuelta de su casa.

Como tantas otras veces, volvía con bolsas en ambas manos que le marcaban hasta dejarle unos surcos color bermellón que tardaban varios minutos en disiparse.

Con destreza guardó todo en la pequeña heladera de su departamento y, con satisfacción, observó el placer de no ver ningún espacio sin ocupar. Sabía que el efecto duraría sólo dos días, tres como mucho, pero no podía evitar sentir ese calor en el pecho que tan bien le hacía.

Un par de días después, Miguel se dispuso a hacerse una ensalada de lechuga, tomate y repollo colorado. Sacó los elementos y cortó varias hojas de lechuga, las tiró en la pileta para lavarlas. En ese momento notó un repugnante y gigantesco hongo en una de las hojas.

Apuntó el chorro de agua directamente hacia la verde-azulada asquerosidad con la esperanza de que salga en su mayoría por la presión del agua.

—¡Hey!¡Hey! ¡Eso duele!

Miguel se dio vuelta presa del susto ante la inesperada voz.

—Che, Roberto. Acá abajo. Sacame el agua de la cara.

Miguel miró hacia el hongo sobre la hoja de lechuga. Sin realmente pensarlo, cerró la canilla de agua.

—Gracias, mucho mejor Roberto. Mi nombre es Trix. Un gusto.

—Mi… mi nombre es Miguel, no Roberto —las palabras apenas se escuchaban.

—¿Estas seguro? Tenes cara de Roberto. Para mi sos un Roberto.

—Si, si… seguro.

—¿Seguro que sos Roberto?

—No, seguro que soy Miguel…

—Quien soy yo para juzgar la cara de las personas. Si decís que te llamas Marcos, sos Marcos.

—Miguel

—Es lo que dije, Miguel

—¿Cómo…? ¿Cómo es que podes hablar?

—No lo sé ¿Cómo podes vos?

Miguel no sabía como contestar a eso.

—Entonces… ¿Qué hago? ¿Esta hoja de lechuga es tu territorio…?

—Toda la planta de lechuga que tenes en la mano es parte de mi cuerpo, vivo en armonía con toda su esencia.

—Pero… hace dos minutos corté esta hoja para lavarla. Me estaba haciendo una ensalada

—¿¡QUÉ!? ¿¡POR QUÉ CORTASTE LA HOJA?! ¿QUÉ CLASE DE SÁDICO SOS?

—¡POR QUE ME IBA A HACER UNA ENSALADA!

Trix no respondió, comenzó a balbucear hasta que finalmente exhaló por última vez.

Miguel se quedó mirando la hoja de lechuga por más de media hora, después fue al fondo de su casa y la enterró a pocos centímetros de profundidad. No dio ningún discurso, simplemente volvió a la cocina, tiró al tacho de basura las otras hojas de lechuga, los dos tomates y el repollo colorado. Abrió un paquete de galletas de agua y las comió despacio sentado en un rincón.

No volvió a comer una ensalada.