El Placard

La mano me tiembla por el terror que se ha apoderado de todo mi cuerpo. Sé que está ahí afuera, esperando el momento para lanzarse sobre mí. Escucho sus pisadas acercarse, merodear cerca de mi escondite. Lo escucho respirar, olfateándome.
Golpea levemente la puerta buscando el picaporte y, con horror, observo como un hilo de luz se filtra por la hendidura.
Los segundos se hacen interminables, hasta que finalmente la abominación me encuentra aterrado y sin lugar donde escapar.
Grito desesperado por mi vida; por piedad. Grito como nunca antes grité.
El niño hace lo mismo y vuelve corriendo a la cama.
Y yo, aún temblando, saco mi garra desde el fondo del placard y suavemente cierro la puerta.

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La Puerta

Esa mañana no podía despegarme de la almohada, mientras el despertador seguía intentando a los gritos recordarme que ya estaba atrasado para ir a trabajar.
El agua de la ducha ayudó un poco, haciéndome volver a la realidad, pero me tomó prácticamente media hora terminar de bañarme y otra media hora vestirme. El sueño hacía que todo se moviera más lento.

Al llegar a la puerta de calle, noté que había un sobre en el piso. Seguramente lo debió haber dejado el portero ayer a la noche y no me di cuenta.
El sobre tenía remitente del municipio de Caviahue-Copahue, en Neuquén. Eso me extrañó un poco, ya que no conocía a nadie de aquel lugar. Es más: Nunca había ido. Dentro del sobre había una hoja con el membrete oficial del municipio, y una cordial pero austera carta en la que me explicaban que un tío-abuelo mío (de cuya existencia yo no tenía conocimiento) había fallecido, y que yo era el único heredero.
Automáticamente se me fue el sueño que tenía.

Releí la hoja una y otra vez, para cerciorarme de que no lo había imaginado, ni que había insertado palabras producto de mi mente. Me senté para ordenar mis pensamientos; todo parecía aún un sueño. Al volver a guardar la hoja dentro del sobre me di cuenta de que había algo más adentro: Un pasaje en avión para ese mismo día, hacia Neuquén.
Sin terminar de comprender todo, llamé a mi trabajo y expliqué que tenía que viajar por la muerte de un familiar. Por suerte no me hicieron ningún problema.

El avión salió extrañamente a horario y el vuelo fue tranquilo. Llegada la hora del snack, dio pena ver como el servicio de catering sucumbió ante la economía del país.
Una vez más en tierra, no tuve problemas con la aduana local porque fui sin equipaje. Al salir del cuarto de “Arribos”, vi a un hombre mayor prácticamente calvo, de ojos hundidos y con grandes ojeras, sosteniendo un cartel con mí apellido mal escrito.
Me acerqué a aquel pobre hombre y me presenté. Me miró con ojos cansados, dejó de sostener el cartel a la altura de su pecho y dijo algo que no llegué a entender, mientras se daba media vuelta y se dirigía hacia la puerta.

El viaje hasta el municipio fue tranquilo. Yo aproveché para disfrutar de los hermosos paisajes. Al bajar, el viejo chofer me dio la mano y nuevamente dijo algo que no llegué a entender.

Apenas entré al municipio me encontré con Gutiérrez, el abogado que había firmado la carta sobre mi tío-abuelo. Era un hombre relativamente bajo y ancho, con un bigote demasiado fino para su contextura que le daba un aire gracioso. El remate del chiste, sin embargo, fue su creciente calvicie, que intentaba disimular con los cabellos de los costados de la cabeza.

En ese momento me enteré que mi bisabuelo había estado por esas pampas; y se ve que el picarón anduvo coqueteando con alguna lugareña. Me pregunté si mi abuelo supo alguna vez que tuvo un hermano.

Gutiérrez me entregó un nuevo sobre, aclarando que era una carta que me dejó mi difunto tío-abuelo.
Encontré dentro un par de hojas amarillas por el tiempo, llenas de una caligrafía exquisita. Me contó en aquellas líneas parte de su vida y que, siendo el único familiar que le quedaba, todo lo que él poseía era ahora mío. No puedo decir que había en esas palabras algo extraño, pero un tinte de temor se dejaba traslucir a través de ellas. De lo que no tenía ni idea, era qué o quién le inspiraba ese terror.

Gutiérrez me entregó las llaves de la casa junto con un pequeño papel donde estaba anotada la dirección. Le di la mano y me retiré del municipio.
Esperaba encontrar afuera al viejo chofer, pero al parecer tenía otras cosas para hacer. Paré un taxi en la calle y le leí la dirección del papel. El taxista me miró y abrió la boca como si fuera a decir algo, pero se arrepintió.

La casa de mi tío-abuelo estaba en las afueras de la ciudad. No era lo que se dice una vivienda humilde, o al menos no era lo que yo esperaba que tuviera algún familiar mío.
Dentro, la gran casa mostraba su verdadera cara: El empapelado hecho jirones, varios vidrios rotos y la suciedad que se había apoderado de cada rincón.
Las habitaciones eran desastrosas, abandonadas hace años a su suerte. Me estaban haciendo considerar el estado mental del recién fallecido.
En el segundo piso encontré, casi ocultas, unas finas escaleras, y lentamente comencé a subirlas. El quinto escalón hizo un ruido hueco cuando lo pisé, cosa que me llamó la atención, pero no le di mayor importancia.

Aparentemente, mi tío-abuelo vivía en el altillo que había en el tercer piso, ya que era el único lugar donde encontré una cama con colchón; y a los costados algunas latas abiertas con gusanos dentro.
Lo que sí me llamó la atención, fueron una serie de dibujos que estaban marcados en el piso: Tenían cierta apariencia geométrica, pero no eran iguales a nada que hubiera visto antes.

Sin darme cuenta, el tiempo fue pasando y la luz exterior fue disminuyendo. Prendí las velas que había en la precaria mesa junto a la cama con una caja de fósforos que encontré en la misma mesa, y corrí asqueado hacia la otra punta del altillo las latas llenas de gusanos.
Cuando me senté en el viejo colchón un escalofrío recorrió mi espalda y se apoderó de todo mi cuerpo. Noté con terror que la luz de la vela sólo alcanzaba a iluminar hasta donde estaba trazado el mayor de los círculos en el piso. Después de aquella blanca línea, el resplandor se cortaba como si hubiera una cortina negra.
Temblando, subí los pies a la cama y me arropé con la agujereada frazada, sin dejar de mirar la azabache oscuridad que se extendía delante de mí.

Estaba a punto de quedarme dormido cuando escuché el ruido de una puerta abriéndose lentamente, quejándose interminablemente con un sonido agudo. Intenté esforzar mis oídos, tratando de percibir algo más, pero no sirvió de nada.

La espera era insoportable.
De pronto algo cayó en alguna parte de la casa y rodó por el piso unos metros. Mis músculos se petrificaron de tanto temblar. Ahora estaba seguro: Ya no estaba solo en aquella casa.
Escuché un nuevo ruido, un sonido hueco, como de madera al ser pisada. En ese momento, mi miedo era tal que prácticamente ni respiraba.

Detrás del muro de oscuridad, escuché sutiles pasos sin rumbo. También había una respiración entrecortada, como si algo estuviera olfateando.
En ese momento estuve tentado de apagar la vela, no quería que notara mi presencia en realidad. Pero cuando escuché como ─Lo que fuera que hubiera ahí─ se abalanzó sobre una de las latas con gusanos y comenzó a devorarla con exquisito placer, no pude ni siquiera parpadear del terror que me poseía. Noté incluso como mi pantalón se mojaba en mi entrepierna.

Pasaron unos segundos interminables en los cuales no escuché absolutamente nada hasta que, nuevamente, el sonido hueco de la madera rompió con aquella espera.
No sabía si estaba subiendo algo más, o si mi acompañante estaba bajando. Después de eso, no se escuchó nada más en toda la noche.

Por la mañana me sentía terriblemente cansado y me dolía todo el cuerpo. Me había orinado por el miedo que aún sentía y no tenía voluntad para bajar de la cama, pero tampoco quería pasar un segundo de más en ese lugar.

Finalmente, y juntando coraje de no sé dónde, me levanté de la cama. El lugar parecía nuevamente desierto. Arrastrando mis pies llegué hasta donde estaba dibujado el mayor de los círculos. Me daba miedo cruzarlo.
Fue en ese momento que vi lo que había quedado de la lata que aquella abominable criatura (si es que realmente era algo vivo) había atacado unas pocas horas atrás.
Presa del pánico retrocedí torpemente y, sin querer, mi pie se enganchó con un alambre que había en el piso, haciéndome perder el equilibrio y golpeándome fuertemente la cabeza contra el esquelético metal de la cama.

Cuando desperté casi no podía ver, en parte porque un hilo de sangre que había pasado justo por delante de mi ojo izquierdo; y en parte porque el Sol acababa de morir bajo los montes cercanos. La cabeza me dolía enormemente, pero por fortuna mi herida ya había cicatrizado.

Todavía aturdido por el golpe escuché ─Como había hecho la tarde anterior─ el ruido de una puerta abriéndose lentamente, quejándose con un sonido agudo.
Me arrastré hacia la mesa que estaba al lado de la cama y, tanteando en la creciente oscuridad, encontré las velas.
Presa del pánico, busqué la maldita caja de fósforos sin suerte.
Escuché el sonido hueco de la madera del quinto escalón de la pequeña escalera en el momento justo en que mi mano cayó sobre la esquiva caja de fósforos. Rápidamente y temblando de miedo, abrí la caja, saqué un fósforo y lo raspé contra el costado, logrando que emita un par de chispas pero sin prender.
Escuché pasos acercándose y la respiración entrecortada con un leve matiz de excitación.
Probé encender el fósforo una vez más, raspando la colorada cabeza contra el costado de la caja. Emitió nuevamente un par de chispas y, de repente, un halo de luz se formó milagrosamente alrededor de la cerilla. El pequeño fuego ardió parpadeante.

Una rápida brisa, como si alguien ─O algo─ hubiera soplado, apagó mi intermitente salvación.
Retrocedí temblando buscando otro fósforo en la pequeña caja. Tirando varios en el intento, logré finalmente agarrar uno con mis dedos y rápidamente lo raspé, prendiéndolo al instante. Instintivamente lo solté y repetí la acción.
Una y otra vez hice lo mismo; dejando en mi caótica huida migajas de fuego.

Muerto de miedo y temblando ante el horror desconocido, subí a la cama y choque contra la pared.
El fuego se aferró a algo (creo que a la agujereada frazada que abandoné en mi retirada) y las llamas se extendieron hacia las paredes del altillo.
El lugar se iluminó, pero sólo hasta donde estaba trazado el mayor de los círculos en el piso. Detrás de la pared oscura; podía escuchar pasos que iban y venían ansiosos.
El fuego alcanzó el techo, y excepto la cama donde estaba, las llamas estaban consumiendo prácticamente todo lo que había dentro de los círculos.
La única salida posible era la pequeña ventana que estaba sobre la cama y, sin realmente pensarlo, salté al vacío atravesando los cristales.
La caída de tres pisos era mejor que el descubrir lo que respiraba en las sombras de esa inmensa casa abandonada.

Cuando llegué al piso, sentí los huesos de mis piernas doblarse y reventar. El dolor fue terrible, pero en parte fue amortiguado porque no caí sobre la dura tierra, sino sobre unas maderas cubiertas de musgo y pasto.
Pasé a través de los tablones cayendo sobre la roca desnuda. Rodé un par de metros golpeándome una y otra vez, hasta que finalmente todo se detuvo.
Terminé tendido sobre el piso rocoso, sin poder mover ningún músculo debajo de mi cuello. El resto de mi cuerpo yacía inerte, sin responderme.

Logré mirar hacia el hueco que abrí al caer, y con horror observé que las maderas que había traspasado no eran otra cosa que el techo del sótano. Salté al vacío para terminar nuevamente dentro de esta abominable casa.

Fue en ese momento que escuché detrás de mí un ruido agudo, y al voltear vi en la otra punta del sótano una vieja puerta que se abría lentamente.

Enfermo

Carlos era deportista, o al menos lo deportista que podía llegar a ser alguien que trabaja detrás de un escritorio. Pero para la clase de oficio que tenía, él salía a correr bastante. Además, los viernes jugaba con sus amigos al fútbol y, hasta hace poco, iba al gimnasio del barrio. A decir verdad, no eran pocas las miradas que robaba: un hombre soltero cerca de los treinta años y en buen estado era codiciado por ambos sexos.

Un viernes, faltó al partido semanal con sus amigos sin avisar. A ellos le pareció extraño, pero no le dieron mayor importancia y acomodaron los equipos para jugar. El lunes siguiente faltó al trabajo sin previo aviso, y Recursos Humanos mandó, como suele hacer, un médico a su domicilio. El clínico estaba a punto de irse después de tocar el timbre varias veces, cuando Carlos abrió la puerta.

Buenos días, soy el Doctor González se presentó intentando descubrir entre las sombras al dueño de la casa.

Pero el paciente no le respondió, tan sólo se corrió y lo dejó pasar. Cuando el doctor González estuvo adentro, y sus ojos se acostumbraron a la poca luz, descubrió que el lugar era un desastre: basura por todos lados, ropa sucia tirada por encima de los muebles, y un olor nauseabundo que inundaba el lugar. Pero lo que más perturbó al médico fue el estado de Carlos: el hombre estaba muy ojeroso, casi blanco, encorvado y con una pequeña joroba a la altura de los omóplatos.

Le tomó la temperatura y la presión. La primera dio bien, pero la presión estaba muy baja. Le recetó un paquete de vitaminas y que saliera un poco de la casa (intentó no hacer mención al estado en que vivía). Aliviado, el médico salió de ese lugar lo más rápido que pudo.

Pasaron dos semanas sin que se supiera nada de Carlos. Preocupados, algunos de sus compañeros se juntaron y fueron a Recursos Humanos a pedir la dirección del desaparecido. En un principio, RRHH no quería darles información por considerarla personal, pero la pobre empleada del sector se vio doblegada por la pequeña muchedumbre, y luego de un rato cedió ante el pedido.

Al día siguiente, la pequeña caravana se encaminó hacia el domicilio de Carlos. Golpearon la puerta varias veces, hasta que escucharon ruido adentro. El hombre que abrió la puerta no se parecía en nada al recuerdo que tenían de su compañero. La persona que estaba en el umbral era muy pálida, encorvada de una forma grotesca con los hombros casi a la altura del estómago, y una gigante y horrible joroba que se alzaba en mitad de la espalda.

Carlos reconoció a más de uno en forma instantánea e intentó sonreír sin lograrlo, y con un gesto los invitó a pasar. El lugar era como una gran bolsa de residuos: Comida podrida dejada sobre la mesa donde las cucarachas disfrutaban a lo grande, ropa sucia tirada por el piso bajo una nube de moscas zumbando, y varias cosas que nadie sabía como catalogar.

Carlos se mostraba animado, como si fuera un niño que recibe amigos. Sin previo aviso, su emoción fue interrumpida por convulsiones, y el jorobado comenzó a sacudirse violentamente echando espuma por la boca. Cuando su cuerpo cayó al piso, ya no respiraba. Carlos tenía los ojos totalmente blancos clavados en un punto lejano, mientras su renegrida lengua viscosa se dejaba ver afuera de la boca.

A pesar del horror de la situación, Miguel, uno de los compañeros de trabajo de Carlos, se acercó lentamente al cuerpo inmóvil y estiró la mano para tomarle el pulso. Cuando sus dedos estaban a tan sólo unos centímetros de Carlos, notó que la joroba del caído se movió rápidamente.

Miguel saltó hacia atrás presa del terror.

¿Alguno vio eso?

…La joroba… está viva tartamudeó alguien desde atrás.

En efecto, la joroba de Carlos se había sacudido y, muy despacio, se arrastró un poco hacia arriba y un poco hacia abajo de la espalda. Uno del grupo no pudo aguantar y vomitó. La joroba se quedó quieta de repente. Nadie entre los visitantes respiraba, aunque tampoco podían despegar la vista del cuerpo en el piso.

La remera de Carlos se abrió por la espalda, desde el cuello hasta la cintura. La rasgó un dedo en extremo fino y cubierto de horribles pelos negros. Acto seguido aquel dedo salió muy despacio, dejando al descubierto que era muy largo, casi de un metro hasta donde se podía ver.

Uno del grupo logró salir de su estupor y, en forma muy lenta, empezó a caminar hacia la puerta sin dejar de mirar aquel abominable dedo. Cuando una segunda falange se asomó, su horror fue tal que giró y corrió hacia la salida. Otros comenzaron a imitarlo, aunque eran ya cinco los dedos negros que habían aparecido. Cuando estaban a punto de cruzar la puerta, un golpe seco los detuvo. Se volvieron a mirar y observaron que Miguel estaba parado en una posición extraña, y sus ojos ahora completamente blancos, miraban al vacío. En su pecho, una horrible araña se acomodaba aferrándose fuertemente.

La ahora espalda desnuda de Carlos, mostraba las vértebras de la columna expuestas y toda la piel alrededor era de un color rosado blancuzco.

El hombre que estaba más cerca de la puerta le gritó a sus compañeros que huyeran, cuando otra araña que caminaba por el techo lo aferró por la cabeza. Una mujer comenzó a gritar desesperada sin darse cuenta de que más bestias habían aparecido en la sala.

El hombre que había caído en la entrada se puso de pie, se asomó a la vereda y miró con sus ojos blancos hacia ambos lados de la calle. Luego, medio encorvado, cerró la puerta.

En la casa ya no se escuchaban más gritos.

Susto

Con mis hijos inventamos un juego, se llama El Susto. Al principio era simplemente corrernos entre nosotros y cuando estabas cerca de alguien le decías ¡Bu! y seguías corriendo.

Ahora Martín tiene casi cinco años y Sofía había cumplido tres años dos meses atrás; por lo que el juego se adaptó a sus nuevas cualidades: Había que esconderse y uno buscaba. Si lo llegaban a encontrar, se tenía que decir el ¡Bu!, salir corriendo a esconderse y el asustado tenía que buscar al resto.

Ese día en particular llevábamos largo rato jugando y Sofía nos estaba buscando a Martín y a mi. Yo me había escondido detrás de las cortinas del pasillo (siempre me escondía ahí, así que los chicos ya sabían donde buscarme). No pasó mucho tiempo hasta que escuché los pequeños pasos de Sofi acercándose, me toca la pierna a través de la cortina y escucho el clásico BU pero un poco disfónico. Considero la posibilidad de darle ibuprofeno o tomarle la temperatura. En el jardín había una epidemia de diferentes virus y hasta el momento, por suerte, ninguno se había agarrado nada.

Corro la cortina para abrazar a mi hija, pero ya no se encontraba ahí. Los llamo a los dos y es Martín el que me responde desde el cuarto. Cuando llego a la puerta, para mi sorpresa, me encuentro a los dos jugando tranquilamente en el piso.

—¿No estábamos jugando a el susto?

—Si, pero nos aburrimos y vinimos a jugar al cuarto.

Un escalofrío recorrió mi nuca

—¿Hace cuanto están acá?

—Un ratito.

¿Entonces que fue lo que me tocó la pierna? La idea aún no se había disipado en mi cerebro que veo, en las sombras que formaban la cortina del pasillo. Un par de ojos que me observaban. Incluso podría jurar que debajo de ellos se formaba una tenue sonrisa.

Comida

Kleh camina junto a su manada, como hace todos los días. Sus pasos son lentos, pues su cuerpo también lo es. En sus seis patas se distribuye todo su enorme peso: Tres de ellas resisten, mientras el resto avanza.

Como todos los días, están buscando alimento: La dulce y tierna Hji. La hierba, que antes se encontraba en abundancia, exige caminar largos trechos para hallarla en esta época de escasez.

Por supuesto que hay otras cosas para comer, pero no son tan sabrosas como el Hji. Kleh sabe, por ejemplo, que la Gbu es muchísimo más nutritiva… Pero es áspera y no tiene muy buen sabor. También está la flor del Cfrty que, si bien es deliciosa, no le alcanza ni para llenarle una muela. Y la cantidad necesaria para saciarlo… Bueno, simplemente le da pereza pensar en todo el esfuerzo que eso llevaría.

El día de hoy han caminado un buen trayecto, pero ninguno de la pequeña manada muestra signos de desgaste.

Kleh se aleja unos momentos del sendero porque ve algunas Cfrty a pocos metros, y nunca se desprecia un bocadillo entre comidas. Cuando está a punto de dar el primer bocado, siente como todo el piso tiembla. Mira en todas direcciones buscando alguna respuesta, pero solo observa que su manada se ha reducido de tres integrantes… A solo dos.

Para el cerebro de Kleh eso no es problema, un animal con su tamaño tiene pocos depredadores y ellos no atacan a la manada, solo lo hacen cuando encuentran alguna víctima solitaria y desprotegida. Pero Kleh está acompañado. No hay peligro.

¿En que estábamos? Ah, sí. La flor de Cfrty…

Kleh abre nuevamente su boca para degustar aquel dulce, cuando la tierra vuelve a temblar. Mira a su alrededor y, con horror, se da cuenta que se encuentra absolutamente solo.

Siente el miedo en todo el cuerpo. El terreno es desconocido y, para colmo de males, hay demasiadas rocas desde las cuales los depredadores pueden atacarlo.

Kleh avanza a pasos rápidos, al menos tan rápidos como su masa lo permite. A los pocos metros siente como el piso tiembla una vez más. Presa del pánico mira en todas direcciones esperando una emboscada: Adelante, detrás, arriba y a los costados. Sus ojos corren de una posición a otra con miedo.

El piso sigue retumbando en un segundo final y Kleh observa resignado como la roca que está a su lado se abalanza sobre él con la boca abierta.

Escondidas

El juego preferido de Martina era, por lejos, el de las escondidas. Le encantaba tener que ocultarse y esperar que otro la busque incansablemente.

Con el correr de los años se había vuelto bastante buena en el arte de camuflarse entre los objetos que la rodeaban. O al menos, eso es lo que ella se decía. El truco consistía en mantenerse perfectamente quieta, evitando de esa manera, producir cualquier sonido que delate su posición.

Esa mañana de sábado iba a jugar a la casa de Julieta, que era una de sus mejores amigas. Le gustaba ir porque Julieta tenía una hermana llamada Victoria, de tan solo dos años menor que ellas, que podían incluir en los juegos.

Los padres de su amiga la pasaron a buscar por su casa y ya en el auto las tres jugaban a las adivinanzas. Mientras manejaba, el padre les informó que tendrían que pasar por su trabajo unos minutos. Llegaron al gran edificio y las tres niñas rogaron a la Madre si podían bajar.

—Ignacio, quieren ir con vos ¿Se te complica mucho si las llevas?

—Ehhh. Sólo si prometen portarse bien y no hacer lío. Y ustedes dos cuidan a Victoria que es más chica ¿Entendido? —las tres niñas asintieron contentas.

—Yo me quedo en el auto que está lindo a la sombra —agregó la madre y rápidamente sacó la biografía que estaba leyendo.

Los cuatro bajaron del auto. El padre de Julieta las dejó en una sala de espera mientras entraba en una oficina a verse con alguien.

Las tres niñas aprovecharon para investigar. El lugar era increíble para jugar. Julieta pronto reconoció la puerta que daba al pasillo donde trabajaba su padre. Sabían que tenían prohibido entrar ahí, pero los adultos no estaban en ese momento.

—3,2,1… ¡Ahi voy! —avisó con todas sus fuerzas Julieta.

Frente a ella tenía el gran pasillo. Dos puertas a cada lado y una al fondo. Julieta tenía miedo que al estar ocupada en una de las habitaciones, su amiga o su hermana salgan corriendo de otra y lleguen a salvarse tocando la pared antes que ella.

Decidió que lo mejor era asomarse a cada una de las oficinas y ver que posibilidades había de que alguien este escondido ahí. Satisfecha con su táctica empezó por la primera puerta de la derecha: Se asomó y prendió la luz. Era el cuarto de archivos, cajas con papeles del piso al techo. Ahí no había lugar posible para esconderse. En cuanto Julieta se dio vuelta para encarar hacia la oficina del otro lado del pasillo vio, por el rabillo de su ojo, un movimiento detrás de la otra puerta de la izquierda.

Corrió y la abrió de un tirón. Justo para ver que alguien se ocultaba detrás del gran escritorio de su padre. Pisando apenas con la punta de los pies se acercó lo suficiente para descubrir a su hermana Victoria acuclillada.

—¡Piedra libre para Victoria detrás del escritorio! —las palabras no habían terminado de hacer eco en la habitación que las dos niñas ya estaban corriendo.

Julieta, al querer salir de la oficina, enganchó su vestido con el picaporte y casi la tiró al piso. Esto fue aprovechado por Victoria para llegar antes a la pared y salvarse. La pequeña no podía contener la sonrisa en su rostro de haber vencido, aunque con ayuda, a su hermana mayor.

Julieta debería encontrar si o si a Martina. De otra forma le tocaría contar de nuevo.

Quedaban dos puertas: la segunda de la derecha y la del fondo. Como la primera estaba cerrada con llave, Martina tendría que estar escondida en la habitación del fondo.

Julieta abrió la puerta y encendió la luz. Esa era la habitación más grande del lugar y donde su padre pasaba la mayor parte del tiempo.

—¡Julieta! ¿Qué te dije de jugar acá? —la voz resonó tanto que la pequeña tuvo que ahogar un grito.

—Pero Papá, no estábamos haciendo nada…

—Ya les dije que es peligroso. Salgan las dos, vayan con su madre. Termino un trabajo atrasado y estoy con ustedes.

—Esperá que le… —pero su padre no la dejó terminar.

—SALGAN, AHORA.

Julieta sabía que era imposible discutir. Ya su padre encontraría a Martina y la mandaría también afuera.

Tomó de la mano a su hermana y cruzaron la puerta.

Ignacio bufó, no le gustaba estar tan atrasado en su trabajo.

Prendió la radio y se relajó un poco al escuchar que pasaban una canción de su juventud. Ya más tranquilo, accionó el interruptor que habría la puerta del gran horno y empujó el féretro hacia adentro. Prendió las potentes llamas y se sentó a llenar los papeles de la cremación que si bien era simbólica, ya que había sólo objetos y no un cadáver, el papelerío era el mismo.

Nunca escuchó los gritos de Martina escondida adentro del ataúd.

Lechuga

Miguel volvía, como todos los miércoles, de hacer sus compras semanales en la verdulería que quedaba a la vuelta de su casa.

Como tantas otras veces, volvía con bolsas en ambas manos que le marcaban hasta dejarle unos surcos color bermellón que tardaban varios minutos en disiparse.

Con destreza guardó todo en la pequeña heladera de su departamento y, con satisfacción, observó el placer de no ver ningún espacio sin ocupar. Sabía que el efecto duraría sólo dos días, tres como mucho, pero no podía evitar sentir ese calor en el pecho que tan bien le hacía.

Un par de días después, Miguel se dispuso a hacerse una ensalada de lechuga, tomate y repollo colorado. Sacó los elementos y cortó varias hojas de lechuga, las tiró en la pileta para lavarlas. En ese momento notó un repugnante y gigantesco hongo en una de las hojas.

Apuntó el chorro de agua directamente hacia la verde-azulada asquerosidad con la esperanza de que salga en su mayoría por la presión del agua.

—¡Hey!¡Hey! ¡Eso duele!

Miguel se dio vuelta presa del susto ante la inesperada voz.

—Che, Roberto. Acá abajo. Sacame el agua de la cara.

Miguel miró hacia el hongo sobre la hoja de lechuga. Sin realmente pensarlo, cerró la canilla de agua.

—Gracias, mucho mejor Roberto. Mi nombre es Trix. Un gusto.

—Mi… mi nombre es Miguel, no Roberto —las palabras apenas se escuchaban.

—¿Estas seguro? Tenes cara de Roberto. Para mi sos un Roberto.

—Si, si… seguro.

—¿Seguro que sos Roberto?

—No, seguro que soy Miguel…

—Quien soy yo para juzgar la cara de las personas. Si decís que te llamas Marcos, sos Marcos.

—Miguel

—Es lo que dije, Miguel

—¿Cómo…? ¿Cómo es que podes hablar?

—No lo sé ¿Cómo podes vos?

Miguel no sabía como contestar a eso.

—Entonces… ¿Qué hago? ¿Esta hoja de lechuga es tu territorio…?

—Toda la planta de lechuga que tenes en la mano es parte de mi cuerpo, vivo en armonía con toda su esencia.

—Pero… hace dos minutos corté esta hoja para lavarla. Me estaba haciendo una ensalada

—¿¡QUÉ!? ¿¡POR QUÉ CORTASTE LA HOJA?! ¿QUÉ CLASE DE SÁDICO SOS?

—¡POR QUE ME IBA A HACER UNA ENSALADA!

Trix no respondió, comenzó a balbucear hasta que finalmente exhaló por última vez.

Miguel se quedó mirando la hoja de lechuga por más de media hora, después fue al fondo de su casa y la enterró a pocos centímetros de profundidad. No dio ningún discurso, simplemente volvió a la cocina, tiró al tacho de basura las otras hojas de lechuga, los dos tomates y el repollo colorado. Abrió un paquete de galletas de agua y las comió despacio sentado en un rincón.

No volvió a comer una ensalada.

Oráculo

Después de caminar innumerables días finalmente llegó. La gran montaña donde vivía el oráculo se alzaba delante de él.

Cuando entró a la caverna, inmensa por donde se la mire, un frío recorrió todo su cuerpo. En el medio del recinto unas escaleras se alzaban, grandiosas y majestuosas, hasta el gran trono donde una figura lo observaba con ojos profundos.

—Disculpe ¿Es usted el oráculo? —la voz del visitante hizo eco en toda la caverna.

—Por supuesto, de otra manera no estaría aquí.

La figura del trono se veía agotada, cansada. Su voz era rasposa, pero imponente.

—Es que… tenía entendido que el oráculo era… bueno, un unicornio.

—Es verdad lo que dices, pero los poderes que en mí viven, más allá de mostrarme el tiempo sin tiempo, permiten cambiar mi apariencia a voluntad. En esta era, mi elección es la que ves: un centauro.

El visitante asintió un par de veces, aunque estaba convencido que había apariencias más cómodas para estar sentado todo el día.

—¡Oh, Gran oráculo! Vengo desde muy lejos para consultarte por mi pueblo —el centauro comenzó a toser— ¿Oráculo? ¿Or…?

La gran figura del trono se desplomó en el suelo. El visitante, después de unos segundo de incertidumbre, comenzó a subir uno a uno los grandes escalones hasta llegar a la cima. Encontró al oráculo arrastrándose hacia la parte posterior del trono, pero cuando aún quedaban sus patas traseras a la vista, exhaló una última vez y dejó de moverse.

El visitante se acercó y descubrió, para su asombro, que detrás del trono emergía una nueva caverna más grande incluso que la primera. Esta segunda gruta estaba repleta de esqueletos hasta donde llegaba la vista.

Tomó al centauro por sus patas delanteras y con gran esfuerzo lo arrastró hasta el montículo más cercano de cadáveres. No sabía muy bien porque lo había hecho, simplemente parecía lo correcto. Estaba a punto de emprender el camino de regreso cuando uno de los cuerpo en descomposición llamó su atención. Obviamente era el más reciente de ellos: un unicornio.

Cuando emergió otra vez desde la parte posterior del trono, una voz retumbó en la caverna principal.

—Disculpe ¿Es usted el oráculo?

Observó al nuevo visitante desde las alturas. Sacudió sus ropas y sin pensarlo mucho se sentó en el trono.

—Por supuesto, sino no estaría aquí.

—Pensaba que el oráculo era una… hidra.

—Verdad, pero mis poderes del tiempo… ejem, me permiten cambiar mi apariencia a voluntad ¿Y que mejor elección que la de un grifo?

Pequeña Modificación

—¿Cuál es el problema? —pregunta de mala manera Morris.

Aclaro que Morris es un tipo corpulento, algo no habitual en ese trabajo, pero sus extensos conocimientos en física, mecánica y química le valieron un lugar adelante de muchos otros candidatos.

—¿Entonces? —volvió a inquirir.

—Nada, es que simplemente no estoy conforme.

La otra voz es de González, un tipo que parece haber nacido con ojeras y una voz rota.

—Con vos es siempre lo mismo, sos un quejoso que nunca va a estar conforme.

—Puede ser, pero no veo en que te afecta.

—¡Que yo soy el que tengo que escucharte!

González no le responde, sabe que cuando Morris grita es mejor no hacer nada. El último que le devolvió el grito gastó una fortuna en el dentista.

Morris bufa y se va de la habitación, González se sumerge entonces en sus pensamientos. Ninguno se vuelve a dirigir la palabra hasta la cena.

Después de varias tareas de mantenimiento la mesa esta puesta y el chef ya tiene todo listo.

González entra en el salón y mira pensativo por la ventana, en eso ingresa Morris.

—¿Y a este que le pasa? —pregunta el chef a Morris.

—Tiene otra crisis existencial: No le gusta su trabajo.

—Le gusta una semana, no le gusta otra semana. Me parece que no sabe lo que quiere.

—No es eso —responde Gonzáles medio entre lágrimas— Es que… Este trabajo no me hace feliz.

—¿Feliz? ¡Pero si vos no te dejas ser feliz! Siempre vas a encontrar algo para joderte la existencia.

—Puede ser, sin embargo no puedo dejar de buscar.

—Hay un chiste viejo —comienza el chef— Que contaba que había un edificio, donde podías ir a conseguir trabajo, el trabajo que quisieras. El asunto era que si lo que había en ese piso no te gustaba, podías ir un piso arriba, pero nunca bajar. Entonces este hombre va al primer piso donde dice “Acá hay trabajo digno”, él da su aprobación pero decide subir un piso más…

—¿Es muy largo? —pregunta Morris con pocas pulgas.

—No. Entonces al llegar al segundo piso donde dice “Acá hay trabajo digno y bien remunerado”, el hombre suspira pero de todas formas decide subir un piso más. En el tercer piso el cartel dice “Acá hay trabajo digno, bien remunerado y con jornada reducida”. El hombre aplaude pero le intriga saber que hay en el piso superior, así que sube otro piso más donde dice…

—Usted es el hombre treinta y ocho millones que llega a este piso, lo cual comprueba que jamás se puede satisfacer a una persona —termina de decir Gonzalez con su voz monótona.

—Pero mirá que hay que ser pelotudo para cagarle un chiste a alguien ¿Eh? Y no eran treinta y ocho millones, eran cuarenta y dos.

El Chef tira los platos con comida sobre la mesa de mala gana y vuelve a la cocina. Morris se ríe por lo bajo. No por el chiste en si, sino porque le agrada cuando el chef se enoja.

Los tres comen sin hablar, intentando hacer que los bocados lleguen a sus estómagos.

—Bueno ¿Y que tal estaba la comida? —el intento de sonrisa del Chef da miedo.

—Comible —es la seca respuesta de González.

Morris ni se molesta en responder, solamente se levanta y se va. Los pasos lentos y pesados se escuchan incluso después que la puerta ya se cerró. Cuando el Chef vuelve a salir de la cocina González yo no esta ahí, había desaparecido sin hacer ruido.

—Malagradecidos —refunfuña entre dientes y vuelve a la cocina.

Gonzáles llega al puesto de comando, una serie interminable de botones titilantes. Él sabe exactamente que función cumple cada uno de ellos, él ahí es un Dios. La pantalla sobre la gran consola muestra las estadísticas de las cuatrocientas dieciséis variables que maneja, si lo desea puede examinar de a una, dos o cuatro al mismo tiempo con un detalle de una milésima de segundo. Aunque realmente jamás necesito ser tan específico. Se recuesta en la silla y pulsa play en el equipo de música, la melodía invade todo el lugar y poco a poco González se deja caer en los dominios de Morfeo.

Tres módulos más abajo Morris bufa por la música que le llega por los conductos de ventilación, odia esa música. Conecta los motores y el ruido que hacen es tan intenso que deja de oírla, a decir verdad deja de oír cualquier otra cosa.

Cuando González se despierta la música ya no esta sonando, en cambio un pitido acompañado de una luz roja intermitente baña todo el lugar. Rápidamente se acerca a la consola y comienza a apretar una serie predefinida de botones. A los pocos segundos la pequeña luz roja deja de parpadear, pero a González no le preocupa eso, sino la gráfica que muestra la pantalla: una de las variables crece lento pero inexorablemente.

Corriendo sale del puesto de comando.

—¡Morris! ¡Chef!

—¿Qué? ¡Mi comida no te hizo eso! —se ataja de antemano el Chef.

—¡Que no es nada con tu comida! ¿Dónde esta Morris?

—Con las máquinas ¿Dónde más?

—Preparate para abandonar la base.

—¿Qué?

—¡Lo que oíste mierda!

El Chef corre de nuevo a la cocina mientras González desciende por la escalera en busca de Morris. Las escaleras resuenan a cada paso.

—¿Morris? ¿Dónde estas? ¡¡Morris!!

—Acá estoy cabrón, no grites —su voz era tranquila, pausada.

—Tenemos que huir, antes que sea tarde.

—¿Huir? ¿Para que?

—¿Cómo para que? Si nos quedamos vamos a morir.

—No lo creo.

—¿Eh?…

—El sistema no se está desestabilizando porque sí, fui yo el que lo causó.

La estructura entera retumba y se sacude, presa de las fuerzas exteriores.

—¡Detuviste la fusión de hidrógeno! ¡La gravedad nos va a matar a todos!

—Quizás si… Quizás no.

González no sabe si pegarle. Opta por volver a subir corriendo las escaleras mientras todo se sacude por las grandes explosiones exteriores.

—¡Chef! ¡Nos vamos!

—¿Y Morris?

—Él se queda.

El Chef iba a preguntar algo pero una nueva sacudida lo levanta del suelo, ambos se ponen a correr hacia la cápsula de emergencia. Cuando llegan el botón de apertura no responde. González presiona histéricamente el interruptor una y otra vez.

—¡Mierda! ¿Porque no responde?

La pantalla sobre la pared le responde automáticamente: “La puerta fue clausurada debido al excesivo calor exterior: Trece millones de grados Kelvin”

De repente todo se detiene, todo se silencia. González y el Chef se miran sin entender, ambos corren hacia la ventana más cercana.

Afuera el espectáculo es hermoso: un océano de colores en movimiento.

—Pero… —el Chef no puede terminar la frase sin quedarse con la boca abierta.

—Te dije que no iba a pasar nada.

Ambos se dan vuelta asustados para encontrar a Morris con una sonrisa enorme.

—¿Qué hiciste?

—Lo que dijiste: detuve la fusión de hidrógeno —tanto González como el Chef se miran— Es una teoría que tenía, esta estrella se mantenía estable porque la gravedad y nuestra fusión emitían las mismas energías, pero nosotros estábamos encerrados acá desde hace veinticinco millones de años y la verdad ya estaba cansado. Al detener la fusión, la gravedad fue la fuerza superior y comprimió toda la estrella…

—Eso lo sabía pedazo de loco ¡Pensé que íbamos a morir! —interrumpe González.

—Eso es lo que te enseñan. Pero hace años que vengo juntando información que me indicaba lo contrario. Nosotros, si bien manejamos la fusión del hidrógeno en helio, hacemos solo eso: la controlamos, la mantenemos estable. Pero no la creamos.

—¿Y?

—Gonzáles, la física es mucho más sabia. Al dejar de controlar la fusión, la estrella siguió su siclo natural: se convirtió en una gigante roja.

—¿Pero las gigantes rojas no son diferentes?

—Nuevamente Chef: eso es lo que te enseñan. Pero no significa que sea verdad.

—¿O sea que ahora vamos a ver todo rojo en vez de amarillo?

—¿Vos crees que hubiera arriesgado todo solo para ESE cambio?

—No… no creo que hayas arriesgado nada —reflexiona en voz alta González— Creo que sabías lo que iba a pasar.

—Finalmente me vas conociendo cabrón. ¿Porque no miran por la ventana?

González y el Chef no pueden creer los hermosos colores que ven. Y menos aún la cantidad de estrellas que se van colando en los espacios negros en los cuales el gas no logra ya llenar.

—Muchachos, les presento nuestro nuevo hogar: Una nebulosa planetaria.

Los tres sonríen con agrado, cada uno por su propio motivo: González porque pudo encontrar nuevamente algo que lo hace feliz, Morris por sentirse útil después de tanto tiempo y el Chef simplemente porque le gustan las cosas bellas.

La Foto

Tenía tan sólo seis años cuando falleció su abuelo. Si bien no tenía muchos recuerdos con él, una sensación de incomodidad lo acompañaría por el resto de su vida. Las pocas veces que estuvieron juntos en la misma habitación, el anciano lo observaba con una intensidad en sus ojos que sólo era comparable al odio. Por supuesto que eso llenaba de completo terror al pequeño.

Sus padres no le permitieron ir al funeral aduciendo que no lo entendería y él les creyó (¿Por qué no iba a hacerlo?) De alguna forma guardó una foto de su abuelo parado delante de un gran cortinado, con un enorme sombrero y su larga barba cayendo hasta la cintura.

Veinte años después, ya convertido en hombre, fallece su Mamá. Sus padres se habían separado hace tiempo y Papá estaba con su nueva familia. En otras palabras: era su trabajo ocuparse de las cosas en el departamento de su Madre.

Era un inmueble enorme con cuatro habitaciones más una dependencia de servicio devenida en una especie de taller de costura abarrotada de cosas. Decidió empezar por lo más difícil y encaró hacia el taller.

Tres días después llegó hasta el guardarropa que estaba en el fondo de la habitación, para su suerte no se encontraba tan repleto. Al mover una vieja valija descubrió una pequeña puerta falsa. Movido por la curiosidad intentó abrirla de varias formas, todas sin resultado. Incluso llegó a usar una barreta, pero todo parecía indicar que los años —y las sucesivas capas de pintura— habían sellado la puerta de tal forma que iba a ser imposible abrirla. Resignado aceptó su derrota y continuó con las tareas.

A la mañana siguiente advirtió que la pequeña puerta en el fondo del guardarropa estaba abierta. Su primer instinto fue mirar hacia todos lados, como si buscara al responsable de aquel milagro. Pronto se convenció de que sus esfuerzos del día anterior habían logrado su cometido, sólo que no instantáneamente.

El compartimento era más chico de lo que habían imaginado y sólo contenía una vieja caja en muy mal estado. Con cuidado la retiró del escondite y al quitar la tapa descubrió, para su asombro, que adentro había un enorme sombrero que rápidamente identificó como el de su abuelo. Lo sacó con mucho cuidado, tratándolo como una reliquia. Debajo había una mata de pelo que retiró con asco y al desenrollarse comprendió lo que realmente era: una larga barba.

Así se encontraba, con el sombrero en una mano y la barba falsa en la otra cuando notó algo más pegado en el interior de la caja. La acercó a la ventana para tener más luz y ahí estaba la vieja fotografía de su abuelo parado delante del cortinado, con su sombrero y su barba.

El espejo que había en la puerta de un armario le devolvió su imagen, había algo extraño en el reflejo. Sus manos se movieron automáticamente, llevando el sombrero a la cabeza y la barba postiza a su rostro.

En ese momento comprendió, mientras fruncía sus cejas, que la persona en aquella vieja fotografía era él.